Walter Buscarini

Antropología de los bares

2012 4 Mayo
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Aquí surge otra reflexión y es la manera en la que interpretamos la información que nos llega –vaga, imprecisa, descontextualizada- de los rituales de otras culturas. Hace un par de años puse a prueba la veracidad de una leyenda urbana que sobre las costumbres musulmanas circula por los bares que frecuento. Fue durante una cena en los campamentos de refugiados saharauis, acompañado de dos muchachos argelinos, una chica saharaui y un amigo vasco. Estábamos cenando en la sala principal del cochambroso edificio de la ONU en Dajla, cuando sentí que un esplendoroso eructo se me gestaba donde se gestan los eructos. Como las pizzas y las coca-colas las habían pagado los argelinos, trabajadores de una ONG francesa, pensé que era el momento de aplicar mi sabiduría popular sobre el mundo musulmán: el eructo serviría para certificar mi inmensa gratitud por la invitación. Y cuanto más potente fuera más agradecimiento sentirían, pensé, así que decidí beber más y más coca-cola para acumular el mayor número de gases en mi interior. De esta manera quise estrechar los lazos interculturales con la población musulmana, como los hay que optan por fumar en cachimba o ponerse una túnica o una palestina. Ni el Manu Chao llegó tan lejos: el eructo como asimilación de la cosmovisión de la otredad. ¿No os parece maravilloso?

Atiborrado de gases, a punto de explotar de tanto aguantármelos, un estruendoso eructo rebotó en las paredes del edificio poniendo a prueba su endeble estructura. Tan espeluznante fue que dos guardias saharauis que custodiaban la entrada del recinto acudieron raudos al interior de la sala, temiendo un suceso de mayor calado al acontecido. Lo sostuve en el aire unos cuatro segundos, quizás cinco. Cuando finalicé tan generoso acto de agradecimiento descubrí el gesto pasmado de los dos argelinos. Uno, el que estaba sentado a mi lado, quedó petrificado, hasta que reaccionó para hacer ademán de vomitar (el eructo había impactado a escasos milímetros de su cara). El otro, más alejado de la zona cero, se levantó de la silla y profirió unas palabras en árabe que, a juzgar por su tono, no parecían expresar cordialidad, mucho menos agradecimiento ante semejante acercamiento a su cosmovisión personal. Traté de disculparme con ostentosos gestos. Esta vez la ausencia de un idioma en común acrecentaba la incomprensión, la perplejidad de los rostros. En un principio pensé que quizás me hubiese precipitado, que al menos debería haber esperado a que ellos también acabasen de cenar. Aquí pudiera ser que residiera el malentendido, en una cuestión de tiempos. Ciertamente, y esto era algo que debería haber previsto, desconocía en qué momento exacto había que emitir el eructo. A lo mejor me tendría que haber esperado a los cafés. Lo cierto es que algo había fallado, pero no sabía exactamente el qué.

En semejante estado de confusión, traté de acordarme en qué momento –en qué bar, en qué web- había interiorizado yo que a los musulmanes les parece de buena educación que les eructen después de comer. No pude recordarlo, quizás fuera a los chinos o a los chechenos. O puede que fuera a los afganos o a los malayos, que musulmanes los hay muchos y muy diversos (lúcida conclusión que llegaba a destiempo). Empecé a dudar seriamente. Busqué entonces la complicidad de mi amigo vasco, sentado en la otra esquina de la mesa. Por aquel entonces él vivía en Argelia, con lo que podría explicarme en qué me había equivocado. Pero el descojono le impedía articular palabra. Fue la chica saharaui –doce años tutelada por una familia santanderina, atea, hispanohablante- la que me explicó que, para empezar, los muchachos no eran musulmanes sino bereberes, una cultura que alardea de refinados hábitos afrancesados, lo cual lo explicaba todo por sí solo. Pero todavía había más: aun habiéndolo sido, un eructo no podía soltarse a las bravas. Debía hacerse en una atmósfera cálida, en un clima de confianza, comida casera y ambiente familiar y, aun así, había que ver con quién, el cómo y, sobre todo, el cuánto. Vamos, que nada más alejado que eructar despiadadamente a un par de desprevenidos argelinos con los que compartes una miserable pizza y unas coca-colas en un destartalado campamento de refugiados. De como un bien agradecido puede convertirse en un maldito desgraciado.

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No nos puede ir mejor

2012 4 Mayo
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Aunque por los pírricos resultados pueda parecer lo contrario, lo cierto es que en Bostezo hemos emprendido varias intentonas para posicionar la revista en el exigente mercado internacional de publicaciones. No olviden que la hemos presentado en el Colegio de España de París, una librería en Berlín, otra en Copenhague, un cabaret en San Francisco, la Facultad de Lengua Española de Reikiavik, un bar en México D.F. y en una azotea en Guadalajara. Vivir para contarlo. Pero no se me impresionen: a pesar de este derroche de energía, tiempo y petróleo, no hemos conseguido establecernos en el mercado foráneo: apenas siete suscriptores en México, un suscriptor en Dublín, otra en París, un par de lectores en Bogotá, otro en Guatemala y Bostezos desparramados por Nepal, Portugal, E.E.U.U., Argentina, Argelia, Polonia, Francia, etc. En total no más de doscientos ejemplares de los siete mil impresos hasta ahora. Es evidente que algo estamos haciendo mal, no me pregunten el qué, cada mañana me despierto con intenciones de averiguarlo. Pero como no nos va el papel de víctimas cuando nos preguntan cómo nos va Bostezo, siempre respondemos que no nos puede ir mejor. Y cierto es: no nos puede.

Les suelto este rollo porque el pasado miércoles, día de abertura de la Feria del Libro de Bogotá, en un nuevo intento de colocar Bostezo más allá de Godella y alrededores, pude comprobar de nuevo la alergia que, en ciertos sectores de la distribución, producen las revistas. Hemos de asumirlo: son las hermanas pobres de los libros (algo así como comer de sobras en Biafra); todos los implicados en la cadena del mercado editorial huyen despavoridos de ellas, infectadas de una leyenda que las condena a morir pronto –milagro es la que supera el número tres- o reconvertirse en páginas web. Sus sambenitos son que dejan muy poco margen de beneficio, que es un engorro facturar para cifras tan raquíticas, que ocupan espacio y que los libreros las rechazan bajo la excusa de que “ya nadie compra revistas”, lo cual, hay que decirlo, es cierto. A las pruebas me remito.

Pero bueno, a lo que vamos. Apenas llevo veinte minutos en la Feria (acabo de recoger la acreditación de Bostezo en la sala de prensa) y en uno de los stands detecto unas revistas culturales españolas. Están las de toda la vida, supervivientes siempre a punto de cascarla: El Viejo Topo, Quimera, El Ciervo. Me encuentro en el stand de una de las más potentes editoriales y distribuidoras del mercado hispanohablante, con distribución de libros mexicanos, españoles, argentinos, chilenos, colombianos, etc. Veinte mil títulos a su alcance, reza uno de sus eslóganes publicitarios. ¿Y cómo es posible que con veinte mil títulos todavía no estemos nosotros? En un furibundo ataque de orgullo y pundonor considero imprescindible que Bostezo penetre en el mercado latinoamericano, no tanto por la revista como por el propio mercado. En Bostezo –una panda de flipaos, como dice la Barbate- funcionamos por arreones. Sin preocuparme que la Feria solo lleve media hora abierta y que la gente y los libros todavía se estén colocando en sus puestos, inicio una espontánea estrategia comercial. Me encuentro en la sala de máquinas de la industria editorial, así que me pongo manos a la obra. Establezco contacto con cuatro personajes del mundillo, que conozco bien por mi paso efímero (como todo por donde paso) por la Editorial Plaza y Valdés de México. Son estos:

a) La dependienta. La pobre tiene un papelón, la compadezco, pues estuve dos años donde ella está ahora: vendiendo libros cuyo contenido desconoce por completo. Seguramente la habrán contratado para la Feria y hace apenas tres días le habrán pasado el catálogo de la editorial “para que se lo estudie”. Es su primer día de trabajo y todavía tiene miedo de que sus jefes descubran que mintió en la entrevista, donde se definió de manera exagerada como una experta en editoriales universitarias y gran apasionada de la literatura latinoamericana. “Entonces, si eres tan buena, no te importará trabajar a comisión según lo vendido”, le habría chantajeado la gerente. Si hablamos de una distribuidora con veinte mil títulos en su catálogo, imagínense cuando alguien le pregunte: “perdone, ¿tienen algo sobre la colectivización en los kibutz? o ¿disculpe, lo último del poeta Agapito Flores? y cuidado no conozca al tal Agapito, referente de la literatura universal para el cliente que en ese momento busca afanosamente su poemario (no sería de extrañar que fuera un familiar suyo o el propio Agapito). La dependienta lo tiene jodido, mucho más si sus jefes rondan por el stand. Tendrá que ingeniárselas para aparentar conocer a fondo TODO el catálogo editorial, que encima se lo han pasado por orden alfabético, lo cual le impide diseccionarlo por temáticas o autores. Y ser capaz de vender un libro sobre la organización social de las hormigas al cliente interesado por la colectivización en los kibutz y decirle al otro: “De Agapito Flores no tenemos nada, pero él se considera alumno de Fernando Criollo, que sí lo tenemos”, sin que se le note demasiado que no se ha leído ni a uno ni al otro. Es lo que tiene trabajar a comisión.

Me lanzo sobre ella, que sigue acomodando libros sobre las estanterías. Debo de ser su primer cliente. Todavía se muestra confundida.

- “Oye, mira es que tenemos una revista en España y quería saber cuál es el canal de distribución de revistas acá en Colombia”, le inquiero.

- “Con gusto, tenemos algunas publicaciones españolas. ¿Cómo se llama la que busca?”, me pregunta amablemente.

- “Bostezo, pero no la busco”.

- “¿Y de qué va?”, me atiende ignorándome.

- “Bueno, son monográficos, cada número lo dedicamos a un tema y bla, bla, bla…”

- “Pues no sé, voy a preguntar, creo que no la tenemos”

- “No, no, si te estoy diciendo que la tenemos nosotros”.

- “Ah, entonces, si ya la tiene, ¿qué quiere? ¿Pagarla?”

Con tanto lío empiezo a dudar entre lo que quiero y lo que tengo.

La dependienta –que no acaba de entenderme del todo- reclama entonces la presencia del segundo personaje en el escalafón de la cadena: la jefa de ventas.

b) La jefa de ventas. La chica, diez años mayor que la dependienta, se acerca dispuesta a escuchar mi propuesta. Le vuelvo a soltar el rollo de Bostezo y bla, bla, bla. Le enseño el ejemplar de la revista que siempre llevo en la mochila. Se muestra entusiasmada. Le encantan las revistas culturales, la literatura, el perfil que tenemos como publicación (solo con tocarla ya ha adivinado el perfil). ¡La huele! Le encanta como huele. Eso sí que es tener olfato editorial. Se aventura a exclamar que es una revista muy chévere y que este tipo de publicaciones se merecen una oportunidad. ¡Toma ya! Contagiado por su delirante entusiasmo, yo también me envalentono, adopto un rol que no es el mío, me crezco: sí, señora, es una gran revista que se merece esto y lo otro, estar mejor posicionada en el mercado y tener más puntos de venta y todo eso y mucho más. Ella recoge el testigo para añadir lo bien que funcionaría en Estados Unidos, que allá el mercado hispano es muy demandante de este tipo de publicaciones. No tiene ninguna duda del éxito de la revista: en solo dos frases ya ha anticipado que venderán cientos de Bostezos en San Diego y Los Ángeles, que se los habremos facturado y que nos los habrán pagado. Alucinante, así de fácil. Solo falta una cosa: convencer a la gerente de la distribuidora. ¡Ay, no, la gerente, la gran piedra, nooooo, gerente, no!!!, grito para adentro.

- “Está ocupada, ¿quiere esperarla?”, me pregunta.

- “Sí, claro, estaré mirando libros”, le digo.

En esas que se cuela el cuarto personaje de la jerarquía, que aquí presentaré el tercero por orden de aparición: el dueño, el amo, el mandamás que nadie.

c) El dueño. En una empresa que edita y distribuye veinte mil títulos al año, cómo decirlo, el dueño, veinte años mayor que la jefa de ventas, es posible que conozca menos del catálogo editorial de su empresa que la propia dependienta. Él se dedica más a los contactos institucionales, a dejarse ver por donde se mueven las cuentas (y dejarse de cuentos), a cerrar acuerdos con políticos, rectores de universidades, entidades bancarias. Al dueño, sinceramente, la revista Bostezo se la pela. Pero da la casualidad que pasa por allí y la jefa de ventas -mi improvisada mentora- tiene a bien presentármelo.

- Señor, le presento al señor Walter, que trae una revista de España.

- ¿España? Vale tío, que viva España (imita el acento de manera exagerada)… ¿ya fue a la plaza de toros de Bogotá? ¿qué tal los toros por allá?

- ¿Los toros? Los toros bien, bueno, menos cuando los llevan a la plaza.

(No sonríe, cierto que mi comentario no tiene mucha gracia, pero no es por eso: detecto que no me escucha).

Entonces descubro algo que me suele pasar: hay gente que pregunta no para encontrar respuesta de su interlocutor si no para dar pie al tema del que quiere hablar. Así es como el dueño se pone a hablarme de toreros colombianos. Yo sigo la conversación con inusitado interés. Mirad, si esto sirve para que la revista se venda a cascoporro en San Diego estoy dispuesto a escuchar la historia completa de la tauromaquia colombiana. De los toreros se pasa a los ciclistas (no me pregunten el hilo conductor, pero los parlanchines tienen facilidad para brincar de un tema a otro sin que su pasmado interlocutor sepa cómo y cuándo dio el salto): me pregunta dónde está Indurain, qué hace ahora (”bien, estará en su casa, no sé”) y luego me cuenta las hazañas de ciclistas colombianos en Europa, los escarabajos, Lucho Herrera, el Parra, que si Perico Delgado se venía a Colombia a prepararse las etapas de montaña, que si las pilas Barta habían financiado el primer equipo amateur del muuuundo (recalca) que fue invitado por el Tour de Francia…. “Les jodimos a esa banda de europeos”, me comenta orgulloso para después recitarme de memoria el nombre de todos los componentes de aquel equipo que fueron a disputar el Tour en 1984. Es la segunda persona en menos de una hora que me habla de ciclismo con tanta vehemencia. El primero, el taxista que me ha traído hasta la feria, pero todavía es pronto para corroborar que el ciclismo sea asunto nacional en Colombia.

La chica de ventas se apiada de mí (y también de ella). Interrumpe a su jefe cuando me está contando el desarrollo de los piñones que empleó Lucho Herrera para ascender el Tourmalet, una cuestión que, sinceramente, excede a los conocimientos básicos que me gustaría tener de ciclismo colombiano y de ciclismo en general.

- Señor, el señor Walter trae esta revista, la revista Bostezo. Está buscando distribuidor en Latinoamérica.

- Bostezo, ¿y eso? ¿me voy a dormir mientras la lea?, bromea sin gracia.

- Posiblemente, le respondo con menos gracia todavía.

- Está bien –dice sin siquiera tocarla-, ¿ya hablaron con Juanita?

- Todavía no, está ocupada.

- Bueno, pues háblenlo con ella, tío, venga alegra esa cara, que esto es Colombia, joder, tío. ¿Le gusta escalar en bicicleta?

Me convenzo de que tengo dos opciones para camelarme a este señor, con el desgaste psico-físico que me supondría: o invitarle a una tarde de toros o acompañarle a un ascenso en bicicleta. Lo primero no me hace mucho y lo segundo, si al menos hubiese dicho pasear, pero es que ha dicho escalar. Ya me es suficientemente complicado sobrevivir en una ciudad a 2.200 metros de altura, para encima tener que escalarla unos cientos más. Desisto. El dueño se despide con un apretón de manos. Perdí mi oportunidad de granjearme sus simpatías.

Supongo que aquí es donde fallo. Que para los negocios de altura hay que invertir un 95% en reírse los chistes, en caerse bien, en salir en bici, en irse de copas (lo dejaremos en copas) y el 5% en cerrar el trato. Vamos que cuando el primer 95% ha funcionado, el 5% ya va rodado. Pero cuesta ponerse de acuerdo en ese 5% si en el 95% restante no existe ni un solo punto de conexión. Nuestras respectivas vestimentas ya funcionan como selección natural de la especie editorial, donde no es necesario que el pez grande se coma al chico. Basta con dejarlo morir desnutrido.

Y entonces aparece en escena el tercer personaje de la pirámide (cuarto por orden de aparición): la gerente. En el pasillo se cruza con el dueño, que le cuchichea algo al oído. Es aquí donde tengo que darlo todo.

d) La gerente. Lo reconozco: tuve mala experiencia con una gerente editorial. Vale que no está bien generalizar, pero es que Juanita, diez años mayor que la jefa de ventas, me recuerda demasiado a aquella: su gesto, su vestuario, su peinado, sus gafas de ver de cerca. Cómo explicarlo: son gente que, para defender su estatus, deben hacer dos cosas, bueno tres: loar al que está por arriba, aplastar al que está por abajo y abusar de su posicionamiento social para disimular su mediocridad. La política está llena de estos especímenes. Se les reconoce a leguas.

- Le presento al señor Walter, él viene con esta revista de España y le gustaría distribuirla acá en Colombia, le comenta la abnegada jefa de ventas.

- ¡¡Una revista!! –exclama como si le estuviese presentando un frasquito con el virus de la malaria- ¡Ay, qué pena! Ya no cogemos revistas, ya nadie las quiere vender. Además, no es como España, acá no hay quioscos. Son imposibles de distribuir.

- Ya, ya, en España es lo mismo, con quioscos y todo. Pero como he visto que tenían el Viejo Topo y Quimera en esa estantería.

- Sinceramente, no sabemos cómo deshacernos de ellas, las tenemos en stock desde hace años. Ya les dije a los de ARCE que por favor no me enviaran más revistas. Están condenadas a convertirse en publicaciones digitales. Al menos aquí, en la vieja Europa (así lo ha dicho) igual hay más tradición.

Es la segunda vez en dos meses que me toca escuchar que las revistas están condenadas a desaparecer: la primera fue la jefa de la biblioteca del Instituto Cervantes de París, que nos aconsejó que nos dejásemos de papel y subiéramos Bostezos al iPod. Paradójicamente, esta preveía que las revistas en papel acabarían siendo un reducto nostálgico del mercado latinoamericano.

Conclusión de ambas: las revistas cuanto más lejos mejor. Una por considerarlas viejas; la otra, anacrónicas.

En ese instante me entra el espíritu Bostezo (Daría, Carlota, ya sabréis de lo que estoy hablando): “A nosotros que se venda o no nos da igual, no he venido aquí a vender revistas”.

- “¿Y qué precio tiene?”, dice, obviando por completo mi anterior comentario.

- “Seis euros, bueno también le pusimos precio colombiano”, le digo más animado (no sé si os habréis fijado que en la portada colocamos los precios de venta de Bostezo en países latinoamericanos, otra flipada más, Daría).

- “¿Cincuenta mil pesos? Carísimo. Mire, el Viejo Topo cuesta doce mil pesos”.

- “Igual nos confundimos cuando calculamos el cambio, es que como hay tanto cero. Lo podemos bajar a lo que usted considere… quince, doce mil pesos. O cinco mil, da igual. Lo importante es que tenga presencia en la Feria”.

- “Ay, señor, ¡qué pena con usted! pero es que estamos hasta arriba de trabajo, habría que meter su revista en el sistema, fijarle un precio, darle un comprobante del depósito, ponerle una etiqueta…”, se excusa (“Señora, todo eso son diez minutos a ritmo caribeño”, pienso)

- “Ella me comentaba que podría moverse bien los en Estados Unidos”, digo buscando una complicidad que ya no encuentro en la jefa de ventas, que se mantiene callada. La entiendo. Bastante ha hecho con presentarme a su superiora. Pero asumo que no le puedo pedir que le lleve la contraria delante de sus narices. Si la gerente dice que no, es que no. Hago un último y desesperado intento:

- “Mire, yo le dejo las revistas sin compromiso ninguno y el último día de la Feria vemos cómo ha ido. Pero no para que me las pague, si no para ver si ha llamado la atención del público”.

En esos momentos ocurre un fenómeno muy latino: hay gente que prefiere ignorarte antes que negarte. En lugar de decirte un NO rotundo –que queda muy feo- prefieren hacer como que no les estás proponiendo algo que, por lo que sea, no podrán concederte. Es mejor pasar unos segundos de incómodo silencio que darte un NO por respuesta. Sucede así, en apenas cuarenta segundos de silenciosa tensión latente:

- “¿Entonces? ¿Les dejo las revistas?”, le insisto.

- “(…) (…)”, me contesta.

- “(…) (…)”, le imploro.

- “(…) (…)”, se excusa.

- “(…) (…)”, le suplico.

- “(…) (…)”, concluye.

-“(…) (…)”, suspiro.

- “(…) (…) Señor, eeeee…”, titubea.

- “Walter”, le apunta la jefa de ventas.

- “Disculpe, señor Walter, le tenemos que dejar que todavía tenemos que acomodar unos libros. Un gusto, espero que le vaya muy bien por Colombia. ¿Hasta cuándo se queda? ¿Nos dejaría un ejemplar de la revista? Con gusto, cualquier cosa nos estaríamos poniendo en contacto con usted. Que le vaya muy bien” (otro apretón de manos).

La jefa de ventas se despide con gesto resignado. San Diego tendrá que esperar.

- “¿Pero no era que íbamos a forrarnos vendiendo Bostezos en los Estados Unidos? ¿Acaso no era una revista muy chévere, que se merecía una oportunidad?”, le hubiese preguntado entre sollozos, si hubiésemos tenido un momento.

- “Ya, amigo, pero así es la vida, no le entraste por el ojo a la gerente. Te la tendrías que haber trabajado un poco más. Haberla seducido, no mirarla con esa cara apendejada. Además, te trastabillaste varias veces. ¿Y qué es eso de ir regalando revistas a distribuidoras? Ahí tiraste tu producto, cuando le suplicaste que te las cogiera gratis. Y la próxima vez que vengas a hablar con la responsable de una empresa que mueve veinte mil libros en su fondo editorial, haz el favor de vestirte mejor. O al menos, de atarte los cordones”, me hubiese recriminado.

Tampoco es para tanto: al menos esta vez llevaba subida la cremallera del pantalón, me digo no sin antes cerciorarme de que, efectivamente, es cierto.

Somos pobres, feos y nuestros contactos son como somos. No es casualidad que acabara el día departiendo alegremente en el stand de unos tipos –dizque independientes- que editan unas cosas demodé, nacidas para extinguirse. Les llaman revistas. ¿Qué cómo les va? No les puede ir mejor. Como a nosotros.

PD: Una semana más tarde me topé con una céntrica librería, ideal para vender Bostezos. Ellos todavía no lo saben. Estoy esperando al próximo arreón.

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Concurso para la portada del Bostezo genital

2012 19 Abril
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Hemos convocado un concurso para el diseño de la portada del próximo Bostezo, que dedicamos a los genitales. Aquí están las bases de la convocatoria: http://www.revistabostezo.com/concurso/antropologiagenitales.php

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Atrapado por mi estulticia

2012 19 Abril
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Me despierto mi primer domingo en Bogotá con ganas de marcha. Considero que ya es el momento de desentumecer mis huesos tras pasar 56 horas encerrado en esta apacible habitación, con fugaces salidas al exterior para abastecerme de mi kit básico de supervivencia, a saber: prensa, tabaco, coca-cola y chocolatinas. Va siendo hora de averiguar qué demonios he venido a hacer aquí. Decidido, salgo a la calle. Colombia me espera, aunque todavía no lo sepa.

Desconozco si los relojes de mis aparatos electrónicos -computadora, celular, grabadora- todavía marcan la hora española o es que nunca los sincronicé. Lo cierto es que cada uno de ellos marca un horario distinto. Intuyo que debe de ser pronto por el helor y por las nubes. La ciudad me sorprende vacia, apenas unos vendedores ambulantes de periódicos, unos valientes haciendo footing (¡con el frío que hace!) y presencia policial en las esquinas. ¿Cómo es posible en una ciudad de siete millones de habitantes? Le pregunto la hora a un policía. Las siete y media. Un domingo. Vale, ya entiendo. Me pasé con el madrugón.

Aún así, me aventuro hacia cualquier dirección. Con lo que me ha costado salir a la calle, entenderán que no es el momento de retroceder. Emulando las fútiles prácticas situacionistas -legado de Valladares y el Bostezo psicogeográfico- lo hago acompañado de un plano de Madrid que alguien dejó olvidado en la casa de Dani, mi anfitrión ausente. No había pensado nada sobre Bogotá, prefiero encontrármela así, de golpe, un face to face sin expectativas ni planos ni intermediarios.

De momento me dejo guiar por los policías. Uno de ellos me aconseja que me dirija hacia la plaza Bolivar. Camino. Algunos mercachifles comienzan a montar sus puestos. Los señores que duermen y despiertan en la calle -cual simones del desierto- se arrancan de cuajo las legañas mientras guardan su vida en deshilachadas bolsas de tela. Compro el periódico El Tiempo (formato sábana para clases pudientes) que hojeo sentado en el banco de un parque. Sigo caminando en línea recta por la carrera séptima, llego al centro, donde empieza el control del ejército, que custodia el parlamento, el senado y el palacio presidencial.  Decenas de militares -todos morenos, todos chavos, todos con gesto serio- hacen guardia sobre los que deben ser edificios más vigilados de toda Colombia. En su perimetro de seguridad registran bolsos y mochilas, no permiten pasear por las aceras y, uno de ellos, me invita a que me saque las manos de los bolsillos. La calle permanece cerrada al tráfico, para disfrute de patinadores, ciclistas y peatones que comienzan a despertar Bogotá, para llenarla de música, palabras, ruidos. Vida al fin y al cabo. Me fijo en una pancarta que hay en uno de los balcones de la plaza Bolivar: “Amar, no matar” (extraigan sus propias conclusiones).

Comienza a chispear. Menos mal que me traje el chubasquero, pienso.

Encuentro un café abierto en la calle del Olivo, a media cuadra de un control militar. A estas horas está vacio. Buen momento para un desayuno a la irlandesa, frugal y holgado. Pido una coca-cola, un pastel de pollo y unos huevos al gusto. “¿Qué gusto?”, me pregunta la mesera. Claro, idiota de mí por haber pensado que habrían unos huevos que se llamaban así, al gusto (sufro de una conmoción similar que cuando me enteré que los huevos de Jaito Caer no existían). Me toca escoger un gusto, con lo poco que me entusiasma tomar este tipo de decisiones. ¡Olgaaaaaaaa!, ¿qué huevos quiero?

Mientras la mesera me recita los gustos de los huevos, trato de bajarme la cremallera de mi chubasquero y descubro, despavorido, que no puedo. Encima la muy canalla me tiende una trampa: sí que cede hacia arriba, así lo hago hasta que se atora a la altura del cuello, con lo que quedo atrapado en sus garras, sin posibilidad siquiera de sacármelo por la cabeza. Sufro un repentino ataque de claustrofobia ante la mirada impasible de la mesera, que espera que le responda si los quiero fritos, con tomate y cebolla o revueltos. Lo siento, no puedo, no soporto la sensación de estar embutido en el interior de mi chubasquero. Hago varios desesperados intentos de bajarme la cremallera, sin éxito. Como para tantas otras cosas, me declaro incompetente. Le pido ayuda a la mesera que, timorata, solicita auxilio a la jefa de cocina. Esta, más resuelta, jala con fuerza la cremallera, con formas tan toscas que es más posible que me provoque una lesión de cervicales antes que desatascarla.

Mi sensación de ahogo se acentua. Me maldigo, no es la primera vez que me pasa ni tampoco con este mismo chubasquero. He vuelto a caer en sus redes. Necesito resolver esto antes de continuar con la escena dominical de una mesera que recita los gustos de unos huevos y un cliente que escoge estos o aquellos. No soy muy tolerante a las situaciones incómodas y esta es una de ellas. Tengo que actuar rápido. Salgo a la calle, me precipito sobre los primeros humanos con los que me topo: dos militares que hacen guardia frente al puesto de control del parlamento. Les explico mi dramática situación, pero no acaban de entender mis súplicas. Uno me mira como si la cosa no fuera con él y el otro pone la cara del poema (por sus desconcertados balbuceos me recuerda a uno de Jesús Gé). Ninguno de los dos se atreve a tocarme. El primero agarra un walkie-talkie y emite unas coordenadas indescifrables. ¡No me puedo creer que esté pidiendo refuerzos! Igual la maniobra requiere de alguna unidad de élite del ejército o quizás exista algún cuerpo dedicado expresamente a liberar personas atrapadas en sus chubasqueros. No sé.

Una señora que vende jugos en la esquina de enfrente se apiada de mí. “¿Qué le pasa, vecino?”, me dice desde la otra acera. Me acerco desesperado, necesito una solución inmediata. No aguanto la sensación de estar atrapado. Ella empieza a maniobrar con un cuchillo sobre mi cuello. Me dejo hacer. Es la segunda vez en mi vida que me ponen un cuchillo en el cuello, la primera fue en Guatemala, pero eso es otra historia (primera conclusión precipitada del viajero: no siempre que te pongan un cuchillo en el cuello ha de ser con malas intenciones).

Esta mujer parece tener más práctica y arrojo que las dependientas del café. Intenta desatascar el trozo de poliéster que ha quedado pellizcado por la cremallera. De repente una patrulla militar dobla una esquina, encara la estrecha calle a gran velocidad y se detiene frente a nosotros. Del vehículo bajan otros dos  militares, algo más mayores, que en lugar de ofenderse por haber sido avisados por asunto tan banal, optan por forzar una solemnidad castrense que, sinceramente, las circunstancias no requieren. Estos sí que portan armas de fuego (los anteriores no tenían). Por la forma de tratar a los anteriores soldados, deben formar parte de un cuerpo superior. Por un momento, imagino que pertenecen a las Fuerzas Especiales del ejército, a las que, justo hoy, el suplemento dominical de El Tiempo dedica el reportaje que me estaba leyendo antes de quedar atrapado. Un ejército preparado para los más sanguinarios combates, para sobrevivir a las condiciones más adversas, atravesar selvas, pasar hambre, comer bichos, dormir a la intemperie, preparar emboscadas. Adiestrados para participar en una guerra que no es la mía (ni seguramente la suya), parecen ahora ignorar cómo actuar ante un desgraciado secuestrado por su chubasquero. De tan pequeña, la misión parece venirles grande.

“¿Qué sucede?”, pregunta uno con tono grave. Ni la señora ni yo contestamos. Ella prosigue con sus intentonas de liberación como si la presencia militar no fuese con ella. El compañero que les ha avisado a través del walkie les explica la situación en voz baja. Espero que no tomen la decisión de llamar a la comandancia mayor del ejército, me parecería demasiado. De momento, me abstraigo de lo que estos señores uniformados se traigan entre manos, mi supervivencia es ahora prioritaria, asunto internacional si hiciese falta. Respiro con esfuerzo, qué jodida es la sugestión, mi mente comienza a convencerse de que estoy perdiendo aire, de que en breves momentos caeré al suelo inconsciente. La señora trata de tranquilizarme, pero no puedo. Me asfixio, mientras los militares, malencarados, mantienen sus manos colocadas sobre sus fusiles de asalto. Me temo que sospechan de algo. De mí, está claro.

Finalmente, después de quince o cien minutos de angustia. la señora logra liberarme de mi chubasquero. Aliviado, le abrazo con tanta vehemencia que pareciera que me hubiese rescatado de unos escombros tras un terremoto. Le ofrezco mil pesos de recompensa por su hazaña, que acepta sin remordimientos. Todavía me falta solventar la presencia de esos cuatro militares, que parecen necesitar más explicaciones de las que tengo. Me solicitan la documentación (que no llevo) mientras uno de ellos me pide que me coloque de espaldas sobre una pared mientras inicia un toqueteo sobre mi cuerpo, con brusco apretón genital incluido. Me muestro colaboracionista, al fin y al cabo no tengo nada que ocultar, salvo mi reconocida torpeza (quienes me conocen, saben de lo que estoy hablando). Apenas llevo dos horas pisando Bogotá y ya estoy siendo registrado (debo de estar batiendo algún tipo de récord). Una vez convencidos de que no guardo explosivos en el interior de mi ropa ni que pienso autoinmolarme frente al palacio presidencial, me dejan libre con un seco ¡circule!. Pues eso, circulo. Me pregunto qué tono utilizarán para redactar el acta correspondiente: “sospechoso de portar un artefacto es cacheado a escasas cuadras del palacio presidencial” o quizás “español imbécil atrapado por su propio chubasquero nos hace perder el tiempo en la calle del Olivo”. Más certera esta, sin duda.

Regreso al café. La mesera y la jefa de cocina, que han seguido los acontecimientos desde la puerta de su establecimiento, me dan de nuevo la bienvenida. Vuelvo a sentarme en el mismo sitio, tratando de recuperar el estado sosegado anterior al incidente. La mesera también colabora en ello; actua como si nada hubiese sucedido, como si todo hubiese sido un breve descanso de la representación teatral que habíamos iniciado.

- “¿Qué gusto?”, me dice, recuperando la pregunta anterior a mi ataque de histeria. Aparenta normalidad, como si yo ya no fuese el tipo que hace unos minutos le imploraba auxilio mientras ella me recitaba el nombre de unos huevos.

- “Ni que lo digas”, le respondo.

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Se busca defensor/a del lector/a

2012 4 Marzo
1 comentarios

Estamos rediseñando tanto la página web como la revista. El séptimo número tendrá un aspecto diferente. De momento estamos re-pensando nuevas secciones, así que admitimos sugerencias, ¿qué contenidos/secciones echas de menos en Bostezo?? (nos los puedes enviar a editor@revistabostezo.com)

De momento, hemos abierto una convocatoria de DEFENSOR/A DEL LECTOR/A, una persona cercana a Bostezo que se encargue de elaborar una página ofreciendo una lectura crítica de la revista (de algún artículo o articulos) y de recoger los comentarios que los lectores envíen sobre los contenidos de la revista. La idea es que con la figura del DEFENSOR/A DEL LECTOR/A se pretende que los artículos de la revista sirvan para fomentar el debate, el diálogo sobre sus contenidos. El DEFENSOR/A DEL LECTOR/A sería la persona que canalizaría dicho debate/diálogo con un texto en cada uno de los números de la revista.

De alguna manera, este cargo fiscalizaría a la revista a través de los comentarios de los lectores/as y los suyos propios. ¿te animas??

Los interesados solo tienen que hacérnoslo saber…

Clasificado como bostezo
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Blog en ruina

Escrito el 16 Febrero 2012 Ι 4 comentarios »

¡Qué sensación tan rara entrar en este blog, mi antigua casa digital! La sensación es parecida a la de visitar un departamento en ruinas tras el paso de un terremoto (en Tegucigalpa).
Bueno, que no sé qué hago aquí. Ya no escribo, he sido absorvido por ese modelo de vida “haztelo tú mismo”, me gestiono pero [...]

Pensé en vuestras rutinas

Escrito el 12 Octubre 2011 Ι Sin comentarios »

Hoy comí con mi padre. No suelo hacerlo a menudo, aunque cuando lo hago me pregunto precisamente eso: porque no lo hago más a menudo. No me sería muy difícil, a veces es por pereza o por falta de tiempo (¿cómo me puede faltar el tiempo, si es lo único que tengo?).
Pasé la tarde pensando [...]


entre el estupor y el desenfado

© 2008-2010 (Revista Bostezo) - Actualizado: 04/05/2012