Walter Buscarini

Hachas por micros

2012 7 Julio
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Cuando, desde la ensoñación cybernética de mi escritorio de Benicalap, redactaba el proyecto radiofónico que me ha traído hasta la frontera colombo-ecuatoriana, me inquietaba pensar que, como parte del trabajo, tendría que intervenir en algunas emisoras comunitarias. Me asaltaban las dudas: cómo sería el primer día, quién sería el técnico, si me temblaría la voz, si me quedaría en blanco, si funcionaría el micrófono. Nunca se me ocurrió pensar en un hacha.

Pienso en ello ahora que, como primera experiencia radiofónica, colaboro en la tala de un eucalipto de doce metros en medio de un bosque andino. Me encuentro en Santa Rosa, una vereda de casas desperdigadas situada a unos cincuenta kilómetros de la ciudad colombiana de Pasto, en el área de la laguna de La Cocha, intersección hidráulica de la Amazonia, los Andes y el Pacífico. He llegado hasta aquí acompañando a varios miembros de la ADC, una organización que lleva más de treinta años en la capacitación y asesoramiento de comunicadores sociales en comunidades campesinas.

“Esto es un acto político de resistencia”, me dice Ricardo, responsable de comunicación en ADC, mientras arranca la corteza del eucalipto, cuyo tallo ha quedado atrapado al caer sobre una frondosa maleza boscosa. Hace varios años que la organización optó por instalar altoparlantes -altavoces sobre la copa de árboles- ante la negativa gubernamental de otorgarles la licencia de emisión de su radio Las Brisas de la Cocha. A pesar de que su proceso comunitario es notorio –o precisamente por eso- las autoridades prefieren conceder licencias a emisoras que, desarticuladas de carga crítica, ocupan su parrilla con inofensivos programas de salsa, chismorreos y felicitaciones de cumpleaños.

Hoy se organizó una minga (trabajo comunitario) en la vereda para colaborar en el relevo de la persona encargada de trasmitir comunicados desde un altoparlante. Después de diez años, Carmina dejará este cargo. El puesto será ocupado por su vecino Risaldo. El eucalipto que ahora talamos será ubicado en su terruño, desde donde seguirá emitiendo comunicados: proclamas ambientalistas, consejos sanitarios, recados, arribos a la comunidad del médico y el cartero o mensajes que los propios vecinos solicitan que sean emitidos a través del altoparlante.

Mientras tiro con fingida fuerza de una cuerda para extraer el eucalipto de la maleza, meto los pies en profundos charcos ante las risas de mis compañeros de minga, que me advierten que hubiese sido más apropiado traerme unas botas. Desconocen que soy hombre de un solo par de zapatillas (apenas habré calzado seis pares en los últimos veinte años, con las que he caminado por embajadas, barrizales, afters y acantilados). Entre el tira y afloja, me narran hazañas de otros extranjeros que les acompañaron en algún momento: el australiano que trepaba los árboles para colocar altavoces, el italiano que les colaboró en la instalación de transmisores o el belga que, además de aderezarles la página web, colaboró en el parto de una vecina.

(¿Y tú? ¿pero qué coño haces tú aquí?, me pregunta el ego. Lo ignoro).

La mañana salió lluviosa, lo cual aumenta el carácter épico de la minga. El eucalipto se resiste a salir de la enroscada broza, así que habrá que tirar con más fuerza, con más hombres y con más cuerdas. Risaldo se marcha a por refuerzos, pero reaparece con rudimentarios instrumentos, cada uno más inservible que el anterior. Su demora va in crescendo: la primera vez tarda cinco minutos en volver; la segunda, diez; la tercera, no regresará. Otro muchacho sale en su búsqueda. No volveremos a verlo. Me pregunto si la estrategia del escaqueo también la trajeron los conquistadores españoles a estas tierras. Quedamos solo cuatro en la minga, tirando de las cuerdas atadas al eucalipto, así que habrá que multiplicar esfuerzos. Jadeo, sudo como un marrano bajo mi chubasquero, que me acompaña en todo momento. La extracción del eucalipto se complica, en su caída ha quedado perfectamente encajado sobre amazónicos matorrales. En mi vida pensé que un acto de comunicación popular supusiera tirar de un árbol bajo un aguacero. Pienso en los insípidos temarios de mi facultad, en sus aulas tan alejadas de la praxis, en clases magistrales impartidas por trajeados profesores desde aquellos inodoros pulpitos universitarios. Pienso en el título de una tesis de maestría: El empleo de hachas en procesos de comunicación popular. Alguien debería abordarlo como objeto de estudio.

Por fin, Risaldo regresa con refuerzos: dos palos y otro vecino. Ahora soy yo el que, exhausto, se evade de la minga. Me doy una vuelta por los alrededores para fumar compulsivamente. El cansancio me hace delirar. Imagino qué pasaría si nunca lográramos extraer el eucalipto de la espesura donde quedó atrapado, si todo nuestro esfuerzo fuera en vano y, aún así, estuviésemos por siempre enfrascados en esta tarea. Pasaríamos allí todo el día, tendríamos que hacer noche al raso, mojados, helados. Tras varias semanas sin lograr nuestro propósito, mujeres de aldeas cercanas empezarían a traernos mantas y alimentos. Los primeros días regresarían al anochecer a sus casas, pero paulatinamente se irían quedando. Con los meses, surgirían las primeras parejas, nacerían los primeros hijos, que heredarían el trabajo de sus padres: tratar de extraer el eucalipto. Las nuevas familias construirían sus primeras viviendas de madera alrededor del árbol. Se convocarían asambleas, se organizarían turnos, comenzarían los cultivos, se elegiría el nombre de la comunidad resultante: El Eucalipto. Con el tiempo, el trabajo se convertiría en tradición: los descendientes de aquellos fundadores olvidarían el motivo prístino que les obligaba a tratar de extraer aquel árbol, pero continuarían haciéndolo en homenaje a sus ancestros. Se convertiría en fiesta de carácter popular. Miles de turistas llegarían cada año para registrar el momento en el que los lugareños imitarían a sus antepasados tirando infructuosamente de unas cuerdas amarradas al eucalipto, que permanecía inamovible desde tiempos remotos. Asarían cui, beberían hervido. Investigadores becados por universidades europeas llegarían a estudiar el origen de la tradición, encontrando semejanzas antropológicas con costumbres autóctonas de algunas islas índicas. La leyenda contaría que bajo las raíces del árbol enterraron a un valenciano que durante la fundación de la comunidad falleció mientras colaboraba torpemente en desatascar el eucalipto. Al parecer, contará la futurista mitología oral, sus manos se soltaron de la cuerda y cayó de frente, quedando su cabeza atrapada varias semanas bajo el lodazal. Nada pudieron hacer por salvarle.

II

Cuando regreso, los compañeros han logrado extraer el eucalipto. Llego para celebrarlo. Lo enganchamos a un pick-up para transportarlo a la parcela de Risaldo. Luego pasamos por casa de Carmina para derribar su altoparlante, que ella quiere reconvertir en leña. Aprovechamos para entrevistarla. Nos muestra un desordenado archivo –guardado en una caja de zapatos- donde almacena algunos de los mensajes transmitidos desde su eucalipto en la última década: consejos de remedios naturales, poemas, peticiones varias, los recados, los entierros. Decidió no propagar afectos desde que un vecino de la vereda se puso celoso al escuchar que, desde el altoparlante, su pretendida era saludada con un beso de otro vecino.

En el proceso de bajar el eucalipto de Carmina, este queda atrancado a media altura para que un voluntario lo trepe y desenganche el altavoz, que será ubicado en el nuevo altoparlante. La imagen de ese hombre suspendido en la cima de un árbol sin más protección que su destino me hace pensar en el burócrata que, desde un remoto escritorio institucional, desatiende las solicitudes de legalización de la emisora comunitaria que tanto facilitaría las labores de comunicación de esta gente. Al fin y al cabo, el esfuerzo de hoy solo supone un cambio de dial: lo que usted y yo haríamos cómodamente en nuestras casas apretando un botón o girando una ruedecita.

Cuando abandonamos la vereda, ya entrada la noche, Risaldo emite su primer comunicado desde el altavoz del eucalipto. En su mensaje inaugural, agradece a Carmina la prestación de servicios comunitarios durante los últimos diez años. Luego, el silencio. Alcemos las hachas antes de prender los micros.

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Antropología de los bares

2012 4 Mayo
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Aquí surge otra reflexión y es la manera en la que interpretamos la información que nos llega –vaga, imprecisa, descontextualizada- de los rituales de otras culturas. Hace un par de años puse a prueba la veracidad de una leyenda urbana que sobre las costumbres musulmanas circula por los bares que frecuento. Fue durante una cena en los campamentos de refugiados saharauis, acompañado de dos muchachos argelinos, una chica saharaui y un amigo vasco. Estábamos cenando en la sala principal del cochambroso edificio de la ONU en Dajla, cuando sentí que un esplendoroso eructo se me gestaba donde se gestan los eructos. Como las pizzas y las coca-colas las habían pagado los argelinos, trabajadores de una ONG francesa, pensé que era el momento de aplicar mi sabiduría popular sobre el mundo musulmán: el eructo serviría para certificar mi inmensa gratitud por la invitación. Y cuanto más potente fuera más agradecimiento sentirían, pensé, así que decidí beber más y más coca-cola para acumular el mayor número de gases en mi interior. De esta manera quise estrechar los lazos interculturales con la población musulmana, como los hay que optan por fumar en cachimba o ponerse una túnica o una palestina. Ni el Manu Chao llegó tan lejos: el eructo como asimilación de la cosmovisión de la otredad. ¿No os parece maravilloso?

Atiborrado de gases, a punto de explotar de tanto aguantármelos, un estruendoso eructo rebotó en las paredes del edificio poniendo a prueba su endeble estructura. Tan espeluznante fue que dos guardias saharauis que custodiaban la entrada del recinto acudieron raudos al interior de la sala, temiendo un suceso de mayor calado al acontecido. Lo sostuve en el aire unos cuatro segundos, quizás cinco. Cuando finalicé tan generoso acto de agradecimiento descubrí el gesto pasmado de los dos argelinos. Uno, el que estaba sentado a mi lado, quedó petrificado, hasta que reaccionó para hacer ademán de vomitar (el eructo había impactado a escasos milímetros de su cara). El otro, más alejado de la zona cero, se levantó de la silla y profirió unas palabras en árabe que, a juzgar por su tono, no parecían expresar cordialidad, mucho menos agradecimiento ante semejante acercamiento a su cosmovisión personal. Traté de disculparme con ostentosos gestos. Esta vez la ausencia de un idioma en común acrecentaba la incomprensión, la perplejidad de los rostros. En un principio pensé que quizás me hubiese precipitado, que al menos debería haber esperado a que ellos también acabasen de cenar. Aquí pudiera ser que residiera el malentendido, en una cuestión de tiempos. Ciertamente, y esto era algo que debería haber previsto, desconocía en qué momento exacto había que emitir el eructo. A lo mejor me tendría que haber esperado a los cafés. Lo cierto es que algo había fallado, pero no sabía exactamente el qué.

En semejante estado de confusión, traté de acordarme en qué momento –en qué bar, en qué web- había interiorizado yo que a los musulmanes les parece de buena educación que les eructen después de comer. No pude recordarlo, quizás fuera a los chinos o a los chechenos. O puede que fuera a los afganos o a los malayos, que musulmanes los hay muchos y muy diversos (lúcida conclusión que llegaba a destiempo). Empecé a dudar seriamente. Busqué entonces la complicidad de mi amigo vasco, sentado en la otra esquina de la mesa. Por aquel entonces él vivía en Argelia, con lo que podría explicarme en qué me había equivocado. Pero el descojono le impedía articular palabra. Fue la chica saharaui –doce años tutelada por una familia santanderina, atea, hispanohablante- la que me explicó que, para empezar, los muchachos no eran musulmanes sino kaibiles, una cultura que alardea de refinados hábitos afrancesados, lo cual lo explicaba todo por sí solo. Pero todavía había más: aun habiéndolo sido, un eructo no podía soltarse a las bravas. Debía hacerse en una atmósfera cálida, en un clima de confianza, comida casera y ambiente familiar y, aun así, había que ver con quién, el cómo y, sobre todo, el cuánto. Vamos, que nada más alejado que eructar despiadadamente a un par de desprevenidos argelinos con los que compartes una miserable pizza y unas coca-colas en un destartalado campamento de refugiados. De como un bien agradecido puede convertirse en un maldito desgraciado.

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No nos puede ir mejor

2012 4 Mayo
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Aunque por los pírricos resultados pueda parecer lo contrario, lo cierto es que en Bostezo hemos emprendido varias intentonas para posicionar la revista en el exigente mercado internacional de publicaciones. No olviden que la hemos presentado en el Colegio de España de París, una librería en Berlín, otra en Copenhague, un cabaret en San Francisco, la Facultad de Lengua Española de Reikiavik, un bar en México D.F. y en una azotea en Guadalajara. Vivir para contarlo. Pero no se me impresionen: a pesar de este derroche de energía, tiempo y petróleo, no hemos conseguido establecernos en el mercado foráneo: apenas siete suscriptores en México, un suscriptor en Dublín, otra en París, un par de lectores en Bogotá, otro en Guatemala y Bostezos desparramados por Nepal, Portugal, E.E.U.U., Argentina, Argelia, Polonia, Francia, etc. En total no más de doscientos ejemplares de los siete mil impresos hasta ahora. Es evidente que algo estamos haciendo mal, no me pregunten el qué, cada mañana me despierto con intenciones de averiguarlo. Pero como no nos va el papel de víctimas cuando nos preguntan cómo nos va Bostezo, siempre respondemos que no nos puede ir mejor. Y cierto es: no nos puede.

Les suelto este rollo porque el pasado miércoles, día de abertura de la Feria del Libro de Bogotá, en un nuevo intento de colocar Bostezo más allá de Godella y alrededores, pude comprobar de nuevo la alergia que, en ciertos sectores de la distribución, producen las revistas. Hemos de asumirlo: son las hermanas pobres de los libros (algo así como comer de sobras en Biafra); todos los implicados en la cadena del mercado editorial huyen despavoridos de ellas, infectadas de una leyenda que las condena a morir pronto –milagro es la que supera el número tres- o reconvertirse en páginas web. Sus sambenitos son que dejan muy poco margen de beneficio, que es un engorro facturar para cifras tan raquíticas, que ocupan espacio y que los libreros las rechazan bajo la excusa de que “ya nadie compra revistas”, lo cual, hay que decirlo, es cierto. A las pruebas me remito.

Pero bueno, a lo que vamos. Apenas llevo veinte minutos en la Feria (acabo de recoger la acreditación de Bostezo en la sala de prensa) y en uno de los stands detecto unas revistas culturales españolas. Están las de toda la vida, supervivientes siempre a punto de cascarla: El Viejo Topo, Quimera, El Ciervo. Me encuentro en el stand de una de las más potentes editoriales y distribuidoras del mercado hispanohablante, con distribución de libros mexicanos, españoles, argentinos, chilenos, colombianos, etc. Veinte mil títulos a su alcance, reza uno de sus eslóganes publicitarios. ¿Y cómo es posible que con veinte mil títulos todavía no estemos nosotros? En un furibundo ataque de orgullo y pundonor considero imprescindible que Bostezo penetre en el mercado latinoamericano, no tanto por la revista como por el propio mercado. En Bostezo –una panda de flipaos, como dice la Barbate- funcionamos por arreones. Sin preocuparme que la Feria solo lleve media hora abierta y que la gente y los libros todavía se estén colocando en sus puestos, inicio una espontánea estrategia comercial. Me encuentro en la sala de máquinas de la industria editorial, así que me pongo manos a la obra. Establezco contacto con cuatro personajes del mundillo, que conozco bien por mi paso efímero (como todo por donde paso) por la Editorial Plaza y Valdés de México. Son estos:

a) La dependienta. La pobre tiene un papelón, la compadezco, pues estuve dos años donde ella está ahora: vendiendo libros cuyo contenido desconoce por completo. Seguramente la habrán contratado para la Feria y hace apenas tres días le habrán pasado el catálogo de la editorial “para que se lo estudie”. Es su primer día de trabajo y todavía tiene miedo de que sus jefes descubran que mintió en la entrevista, donde se definió de manera exagerada como una experta en editoriales universitarias y gran apasionada de la literatura latinoamericana. “Entonces, si eres tan buena, no te importará trabajar a comisión según lo vendido”, le habría chantajeado la gerente. Si hablamos de una distribuidora con veinte mil títulos en su catálogo, imagínense cuando alguien le pregunte: “perdone, ¿tienen algo sobre la colectivización en los kibutz? o ¿disculpe, lo último del poeta Agapito Flores? y cuidado no conozca al tal Agapito, referente de la literatura universal para el cliente que en ese momento busca afanosamente su poemario (no sería de extrañar que fuera un familiar suyo o el propio Agapito). La dependienta lo tiene jodido, mucho más si sus jefes rondan por el stand. Tendrá que ingeniárselas para aparentar conocer a fondo TODO el catálogo editorial, que encima se lo han pasado por orden alfabético, lo cual le impide diseccionarlo por temáticas o autores. Y ser capaz de vender un libro sobre la organización social de las hormigas al cliente interesado por la colectivización en los kibutz y decirle al otro: “De Agapito Flores no tenemos nada, pero él se considera alumno de Fernando Criollo, que sí lo tenemos”, sin que se le note demasiado que no se ha leído ni a uno ni al otro. Es lo que tiene trabajar a comisión.

Me lanzo sobre ella, que sigue acomodando libros sobre las estanterías. Debo de ser su primer cliente. Todavía se muestra confundida.

- “Oye, mira es que tenemos una revista en España y quería saber cuál es el canal de distribución de revistas acá en Colombia”, le inquiero.

- “Con gusto, tenemos algunas publicaciones españolas. ¿Cómo se llama la que busca?”, me pregunta amablemente.

- “Bostezo, pero no la busco”.

- “¿Y de qué va?”, me atiende ignorándome.

- “Bueno, son monográficos, cada número lo dedicamos a un tema y bla, bla, bla…”

- “Pues no sé, voy a preguntar, creo que no la tenemos”

- “No, no, si te estoy diciendo que la tenemos nosotros”.

- “Ah, entonces, si ya la tiene, ¿qué quiere? ¿Pagarla?”

Con tanto lío empiezo a dudar entre lo que quiero y lo que tengo.

La dependienta –que no acaba de entenderme del todo- reclama entonces la presencia del segundo personaje en el escalafón de la cadena: la jefa de ventas.

b) La jefa de ventas. La chica, diez años mayor que la dependienta, se acerca dispuesta a escuchar mi propuesta. Le vuelvo a soltar el rollo de Bostezo y bla, bla, bla. Le enseño el ejemplar de la revista que siempre llevo en la mochila. Se muestra entusiasmada. Le encantan las revistas culturales, la literatura, el perfil que tenemos como publicación (solo con tocarla ya ha adivinado el perfil). ¡La huele! Le encanta como huele. Eso sí que es tener olfato editorial. Se aventura a exclamar que es una revista muy chévere y que este tipo de publicaciones se merecen una oportunidad. ¡Toma ya! Contagiado por su delirante entusiasmo, yo también me envalentono, adopto un rol que no es el mío, me crezco: sí, señora, es una gran revista que se merece esto y lo otro, estar mejor posicionada en el mercado y tener más puntos de venta y todo eso y mucho más. Ella recoge el testigo para añadir lo bien que funcionaría en Estados Unidos, que allá el mercado hispano es muy demandante de este tipo de publicaciones. No tiene ninguna duda del éxito de la revista: en solo dos frases ya ha anticipado que venderán cientos de Bostezos en San Diego y Los Ángeles, que se los habremos facturado y que nos los habrán pagado. Alucinante, así de fácil. Solo falta una cosa: convencer a la gerente de la distribuidora. ¡Ay, no, la gerente, la gran piedra, nooooo, gerente, no!!!, grito para adentro.

- “Está ocupada, ¿quiere esperarla?”, me pregunta.

- “Sí, claro, estaré mirando libros”, le digo.

En esas que se cuela el cuarto personaje de la jerarquía, que aquí presentaré el tercero por orden de aparición: el dueño, el amo, el mandamás que nadie.

c) El dueño. En una empresa que edita y distribuye veinte mil títulos al año, cómo decirlo, el dueño, veinte años mayor que la jefa de ventas, es posible que conozca menos del catálogo editorial de su empresa que la propia dependienta. Él se dedica más a los contactos institucionales, a dejarse ver por donde se mueven las cuentas (y dejarse de cuentos), a cerrar acuerdos con políticos, rectores de universidades, entidades bancarias. Al dueño, sinceramente, la revista Bostezo se la pela. Pero da la casualidad que pasa por allí y la jefa de ventas -mi improvisada mentora- tiene a bien presentármelo.

- Señor, le presento al señor Walter, que trae una revista de España.

- ¿España? Vale tío, que viva España (imita el acento de manera exagerada)… ¿ya fue a la plaza de toros de Bogotá? ¿qué tal los toros por allá?

- ¿Los toros? Los toros bien, bueno, menos cuando los llevan a la plaza.

(No sonríe, cierto que mi comentario no tiene mucha gracia, pero no es por eso: detecto que no me escucha).

Entonces descubro algo que me suele pasar: hay gente que pregunta no para encontrar respuesta de su interlocutor si no para dar pie al tema del que quiere hablar. Así es como el dueño se pone a hablarme de toreros colombianos. Yo sigo la conversación con inusitado interés. Mirad, si esto sirve para que la revista se venda a cascoporro en San Diego estoy dispuesto a escuchar la historia completa de la tauromaquia colombiana. De los toreros se pasa a los ciclistas (no me pregunten el hilo conductor, pero los parlanchines tienen facilidad para brincar de un tema a otro sin que su pasmado interlocutor sepa cómo y cuándo dio el salto): me pregunta dónde está Indurain, qué hace ahora (”bien, estará en su casa, no sé”) y luego me cuenta las hazañas de ciclistas colombianos en Europa, los escarabajos, Lucho Herrera, el Parra, que si Perico Delgado se venía a Colombia a prepararse las etapas de montaña, que si las pilas Barta habían financiado el primer equipo amateur del muuuundo (recalca) que fue invitado por el Tour de Francia…. “Les jodimos a esa banda de europeos”, me comenta orgulloso para después recitarme de memoria el nombre de todos los componentes de aquel equipo que fueron a disputar el Tour en 1984. Es la segunda persona en menos de una hora que me habla de ciclismo con tanta vehemencia. El primero, el taxista que me ha traído hasta la feria, pero todavía es pronto para corroborar que el ciclismo sea asunto nacional en Colombia.

La chica de ventas se apiada de mí (y también de ella). Interrumpe a su jefe cuando me está contando el desarrollo de los piñones que empleó Lucho Herrera para ascender el Tourmalet, una cuestión que, sinceramente, excede a los conocimientos básicos que me gustaría tener de ciclismo colombiano y de ciclismo en general.

- Señor, el señor Walter trae esta revista, la revista Bostezo. Está buscando distribuidor en Latinoamérica.

- Bostezo, ¿y eso? ¿me voy a dormir mientras la lea?, bromea sin gracia.

- Posiblemente, le respondo con menos gracia todavía.

- Está bien –dice sin siquiera tocarla-, ¿ya hablaron con Juanita?

- Todavía no, está ocupada.

- Bueno, pues háblenlo con ella, tío, venga alegra esa cara, que esto es Colombia, joder, tío. ¿Le gusta escalar en bicicleta?

Me convenzo de que tengo dos opciones para camelarme a este señor, con el desgaste psico-físico que me supondría: o invitarle a una tarde de toros o acompañarle a un ascenso en bicicleta. Lo primero no me hace mucho y lo segundo, si al menos hubiese dicho pasear, pero es que ha dicho escalar. Ya me es suficientemente complicado sobrevivir en una ciudad a 2.200 metros de altura, para encima tener que escalarla unos cientos más. Desisto. El dueño se despide con un apretón de manos. Perdí mi oportunidad de granjearme sus simpatías.

Supongo que aquí es donde fallo. Que para los negocios de altura hay que invertir un 95% en reírse los chistes, en caerse bien, en salir en bici, en irse de copas (lo dejaremos en copas) y el 5% en cerrar el trato. Vamos que cuando el primer 95% ha funcionado, el 5% ya va rodado. Pero cuesta ponerse de acuerdo en ese 5% si en el 95% restante no existe ni un solo punto de conexión. Nuestras respectivas vestimentas ya funcionan como selección natural de la especie editorial, donde no es necesario que el pez grande se coma al chico. Basta con dejarlo morir desnutrido.

Y entonces aparece en escena el tercer personaje de la pirámide (cuarto por orden de aparición): la gerente. En el pasillo se cruza con el dueño, que le cuchichea algo al oído. Es aquí donde tengo que darlo todo.

d) La gerente. Lo reconozco: tuve mala experiencia con una gerente editorial. Vale que no está bien generalizar, pero es que Juanita, diez años mayor que la jefa de ventas, me recuerda demasiado a aquella: su gesto, su vestuario, su peinado, sus gafas de ver de cerca. Cómo explicarlo: son gente que, para defender su estatus, deben hacer dos cosas, bueno tres: loar al que está por arriba, aplastar al que está por abajo y abusar de su posicionamiento social para disimular su mediocridad. La política está llena de estos especímenes. Se les reconoce a leguas.

- Le presento al señor Walter, él viene con esta revista de España y le gustaría distribuirla acá en Colombia, le comenta la abnegada jefa de ventas.

- ¡¡Una revista!! –exclama como si le estuviese presentando un frasquito con el virus de la malaria- ¡Ay, qué pena! Ya no cogemos revistas, ya nadie las quiere vender. Además, no es como España, acá no hay quioscos. Son imposibles de distribuir.

- Ya, ya, en España es lo mismo, con quioscos y todo. Pero como he visto que tenían el Viejo Topo y Quimera en esa estantería.

- Sinceramente, no sabemos cómo deshacernos de ellas, las tenemos en stock desde hace años. Ya les dije a los de ARCE que por favor no me enviaran más revistas. Están condenadas a convertirse en publicaciones digitales. Al menos aquí, en la vieja Europa (así lo ha dicho) igual hay más tradición.

Es la segunda vez en dos meses que me toca escuchar que las revistas están condenadas a desaparecer: la primera fue la jefa de la biblioteca del Instituto Cervantes de París, que nos aconsejó que nos dejásemos de papel y subiéramos Bostezos al iPod. Paradójicamente, esta preveía que las revistas en papel acabarían siendo un reducto nostálgico del mercado latinoamericano.

Conclusión de ambas: las revistas cuanto más lejos mejor. Una por considerarlas viejas; la otra, anacrónicas.

En ese instante me entra el espíritu Bostezo (Daría, Carlota, ya sabréis de lo que estoy hablando): “A nosotros que se venda o no nos da igual, no he venido aquí a vender revistas”.

- “¿Y qué precio tiene?”, dice, obviando por completo mi anterior comentario.

- “Seis euros, bueno también le pusimos precio colombiano”, le digo más animado (no sé si os habréis fijado que en la portada colocamos los precios de venta de Bostezo en países latinoamericanos, otra flipada más, Daría).

- “¿Cincuenta mil pesos? Carísimo. Mire, el Viejo Topo cuesta doce mil pesos”.

- “Igual nos confundimos cuando calculamos el cambio, es que como hay tanto cero. Lo podemos bajar a lo que usted considere… quince, doce mil pesos. O cinco mil, da igual. Lo importante es que tenga presencia en la Feria”.

- “Ay, señor, ¡qué pena con usted! pero es que estamos hasta arriba de trabajo, habría que meter su revista en el sistema, fijarle un precio, darle un comprobante del depósito, ponerle una etiqueta…”, se excusa (“Señora, todo eso son diez minutos a ritmo caribeño”, pienso)

- “Ella me comentaba que podría moverse bien los en Estados Unidos”, digo buscando una complicidad que ya no encuentro en la jefa de ventas, que se mantiene callada. La entiendo. Bastante ha hecho con presentarme a su superiora. Pero asumo que no le puedo pedir que le lleve la contraria delante de sus narices. Si la gerente dice que no, es que no. Hago un último y desesperado intento:

- “Mire, yo le dejo las revistas sin compromiso ninguno y el último día de la Feria vemos cómo ha ido. Pero no para que me las pague, si no para ver si ha llamado la atención del público”.

En esos momentos ocurre un fenómeno muy latino: hay gente que prefiere ignorarte antes que negarte. En lugar de decirte un NO rotundo –que queda muy feo- prefieren hacer como que no les estás proponiendo algo que, por lo que sea, no podrán concederte. Es mejor pasar unos segundos de incómodo silencio que darte un NO por respuesta. Sucede así, en apenas cuarenta segundos de silenciosa tensión latente:

- “¿Entonces? ¿Les dejo las revistas?”, le insisto.

- “(…) (…)”, me contesta.

- “(…) (…)”, le imploro.

- “(…) (…)”, se excusa.

- “(…) (…)”, le suplico.

- “(…) (…)”, concluye.

-“(…) (…)”, suspiro.

- “(…) (…) Señor, eeeee…”, titubea.

- “Walter”, le apunta la jefa de ventas.

- “Disculpe, señor Walter, le tenemos que dejar que todavía tenemos que acomodar unos libros. Un gusto, espero que le vaya muy bien por Colombia. ¿Hasta cuándo se queda? ¿Nos dejaría un ejemplar de la revista? Con gusto, cualquier cosa nos estaríamos poniendo en contacto con usted. Que le vaya muy bien” (otro apretón de manos).

La jefa de ventas se despide con gesto resignado. San Diego tendrá que esperar.

- “¿Pero no era que íbamos a forrarnos vendiendo Bostezos en los Estados Unidos? ¿Acaso no era una revista muy chévere, que se merecía una oportunidad?”, le hubiese preguntado entre sollozos, si hubiésemos tenido un momento.

- “Ya, amigo, pero así es la vida, no le entraste por el ojo a la gerente. Te la tendrías que haber trabajado un poco más. Haberla seducido, no mirarla con esa cara apendejada. Además, te trastabillaste varias veces. ¿Y qué es eso de ir regalando revistas a distribuidoras? Ahí tiraste tu producto, cuando le suplicaste que te las cogiera gratis. Y la próxima vez que vengas a hablar con la responsable de una empresa que mueve veinte mil libros en su fondo editorial, haz el favor de vestirte mejor. O al menos, de atarte los cordones”, me hubiese recriminado.

Tampoco es para tanto: al menos esta vez llevaba subida la cremallera del pantalón, me digo no sin antes cerciorarme de que, efectivamente, es cierto.

Somos pobres, feos y nuestros contactos son como somos. No es casualidad que acabara el día departiendo alegremente en el stand de unos tipos –dizque independientes- que editan unas cosas demodé, nacidas para extinguirse. Les llaman revistas. ¿Qué cómo les va? No les puede ir mejor. Como a nosotros.

PD: Una semana más tarde me topé con una céntrica librería, ideal para vender Bostezos. Ellos todavía no lo saben. Estoy esperando al próximo arreón.

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Concurso para la portada del Bostezo genital

2012 19 Abril
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Hemos convocado un concurso para el diseño de la portada del próximo Bostezo, que dedicamos a los genitales. Aquí están las bases de la convocatoria: http://www.revistabostezo.com/concurso/antropologiagenitales.php

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Se busca defensor/a del lector/a

2012 4 Marzo
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Estamos rediseñando tanto la página web como la revista. El séptimo número tendrá un aspecto diferente. De momento estamos re-pensando nuevas secciones, así que admitimos sugerencias, ¿qué contenidos/secciones echas de menos en Bostezo?? (nos los puedes enviar a editor@revistabostezo.com)

De momento, hemos abierto una convocatoria de DEFENSOR/A DEL LECTOR/A, una persona cercana a Bostezo que se encargue de elaborar una página ofreciendo una lectura crítica de la revista (de algún artículo o articulos) y de recoger los comentarios que los lectores envíen sobre los contenidos de la revista. La idea es que con la figura del DEFENSOR/A DEL LECTOR/A se pretende que los artículos de la revista sirvan para fomentar el debate, el diálogo sobre sus contenidos. El DEFENSOR/A DEL LECTOR/A sería la persona que canalizaría dicho debate/diálogo con un texto en cada uno de los números de la revista.

De alguna manera, este cargo fiscalizaría a la revista a través de los comentarios de los lectores/as y los suyos propios. ¿te animas??

Los interesados solo tienen que hacérnoslo saber…

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Blog en ruina

Escrito el 16 Febrero 2012 Ι 4 comentarios »

¡Qué sensación tan rara entrar en este blog, mi antigua casa digital! La sensación es parecida a la de visitar un departamento en ruinas tras el paso de un terremoto (en Tegucigalpa).
Bueno, que no sé qué hago aquí. Ya no escribo, he sido absorvido por ese modelo de vida “haztelo tú mismo”, me gestiono pero [...]

Pensé en vuestras rutinas

Escrito el 12 Octubre 2011 Ι Sin comentarios »

Hoy comí con mi padre. No suelo hacerlo a menudo, aunque cuando lo hago me pregunto precisamente eso: porque no lo hago más a menudo. No me sería muy difícil, a veces es por pereza o por falta de tiempo (¿cómo me puede faltar el tiempo, si es lo único que tengo?).
Pasé la tarde pensando [...]


entre el estupor y el desenfado

© 2008-2010 (Revista Bostezo) - Actualizado: 07/07/2012