Berlín no cierra nunca
Me dio la impresión de que Berlín es una ciudad donde cualquier actividad es posible en cualquier lugar y hora del día: viviendas amuebladas en vagones abandonados de la época comunista, borrachera al mediodía, mercaditos de madrugada, night tours por el canal en bote salvavidas, concierto punk en las vías del tranvía. De cualquier lado surge un museo, un bosque o un centro de arte post-contemporáneo… donde ustedes imaginan que viviría Pepita -la vecina del quinto- allá surge un concierto de música africana. Y una modelo somalí te expulsa del bar (con la autoridad que le da estar liada con el dueño) o un neo-zelandés deja que le beses la calva. Y al doblar la esquina encontrarán un tablao flamenco, un silence room o una manifestación contra el genocidio indio en Colombo. Etiopes hablando italiano y esquimales con pasaporte danés pidiendo limosna a la salida del metro.
La ciudad brota, sin cierto orden aparente… no hay medida. Además, tiene la ventaja de que está densamente poco poblada, lo que aumenta la sensación de que cada persona está siendo cada persona en todo momento en medio de un espacio inmenso: aquí cabemos todos (algo que se desvanece en la masificación de otras grandes ciudades). Me dijeron que me quedara pero, después de escapar del DF, me asustan un poco las ciudades donde tengo la sensación de que no saldría vivo de ellas. Con tanta vida, Berlín me mataría.
