Auschwitz (yo también estuve aquí)
Varios city tours de Cracovia ofrecen visitas guiadas a los campos de concentración de Auschwitz, re-convertidos en parque temático de los horrores (aquí los fusilaban, aquí los quemaban, aquí les arrancaban la cabellera). “Con nosotros ¡siempre es posible!”, reza el eslógan de una las empresas que ofertan esta visita a precios económicos, junto a otros tours, como la ruta de Juan Pablo II, la ruta comunista, el distrito judío o un paseo por el río. Un autobús sale a las 8 de la mañana camino a Auschwitz. A bordo, personas de diferentes nacionalidades. Hora y media de recorrido. Una vez en el campo, los turistas son divididos en grupos lingüísticos y se les otorga un adhesivo de color que deberán llevar visible durante la visita (cada color representa una empresa turística). Una vez seccionados en grupos (aquí los teutones, aquí los latinos, aquí los anglosajones), el guía enunema las restricciones que sufrirán los turistas durante su visita: prohibido fumar, prohibido comer, prohibido usar el móvil, prohibido hacer fotos. Antes de empezar el recorrido, cada turista recibe unos cascos de audio desde donde escuchará únicamente la penetrante voz de su guía, para que la atención no se desvíe ni un instante entre el gentío. La comunicación entre los turistas desaparece a partir de ese momento. Se introducen en los barracones, donde se van cruzando con gente de otros grupos, con los que apenas cruzan miradas. El aire enrarecido se condensa en sus caras, que circulan entre el estupor y el fastidio. Hace calor. “Parece que se han dejado encendidas las estufas”, dice uno de ellos, ante ostensibles gestos de reprobación del resto. Luego, regresa el atronador silencio de cientos de turistas transitando mortecinos entre cámaras de gas y alambradas eléctricas.
Ante la desmedida cantidad de turistas, a veces resulta imposible no entorpecerse durante el trayecto. “Acerquense, acerquense, por favor, no abandonen el grupo, ¡dejen paso!”, inquiere el guía. En las pasillos más estrechos, los turistas deben circular por la izquierda, en fila india y con paso de pingüino. Si alguno de ellos se aleja del grupo recibirá señales auditivas de los guías de otros grupos (expresadas en lenguas diferentes), lo cual provocará mayor desconcierto. Una señora con cara de severa profesora comunista se encarga de que cada turista regrese a su grupo a la mayor celeridad posible. En sólo uno de los espacios está permitido hacer fotos: frente al paredón de fusilamientos,donde el guía señala que se calcula que unas 40.000 personas fueron asesinadas de este modo. Los turistas se agolpan con sus cámaras digitales, como si les fuese la vida en ello.
Después de una hora de recorrido, el grupo dispone de un descanso de diez minutos para orinar, comer algo y comprar algún souvenir en la tienda del campo. Aunque liberados de los cascos, los turistas permanecen en silencio. Parecen exhaustos. Vuelta al autobús y breve visita al campo de Birkenau -situado a unos dos kilómetros del primero- donde, esta vez sí, el turista podrá hacerse cientos de ansiadas fotografías, en diferentes poses y escenarios, que certifiquen el “yo también estuve aquí” ante familiares y allegados. Las más codiciadas son las que se pueden hacer desde lo alto de una torre donde, cada grupo, dispone de cinco minutos de tiempo. Arriba, los turistas compiten entre sí por hacerse la foto personal con barracones al fondo.
Al finalizar, regreso a Cracovia. En el autobús, una turista discute con otra, a la que acusa de haberle quitado el asiento. El guía, micrófono en mano, avisa que todos los pasajeros deberán ocupar el mismo lugar que utilizaron cuando vinieron. Fin del trayecto.
PD: Sólo en el 2008, Auschwitz recibió la visita de unos 1.300.000 turistas, afirma el guía. Cantidad que repetirá más tarde para cifrar el número de deportados que pasaron por este campo de concentración durante la segunda guerra mundial.

“Auschwitz (yo también estuve aquí)”