La música clásica es un fraude
Ahora que con lo de Cristiano Ronaldo parece que nos vamos dando cuenta de que la industria del fútbol es una aberración inadmisible, puede que sea un buen momento para revisar otra institución sumamente dañina, en este caso residuo ponzoñoso del Antiguo Régimen: los conciertos de música clásica. Una ciudad como Valencia -con un servicio de transporte público equiparable al de Namibia- sufraga la vida social de su más bien cateta burguesía con varias mastodónticas calatravadas que la han incluido en “la champions league de la música clásica europea”, según Ricardo Costa. Pagar los munificentes honorarios de los hasta 30 violinistas de los que se compone una orquesta sinfónica para que toquen LA MISMA nota (normalmente barroca, para que nos imbuyamos del ambiente de corte absolutista) incurre en diversas afrentas al buen juicio. No sólo nos referimos a la ridícula superstición de que un señor pulsando una cuerda ‘suena mejor’ (o más ‘orgánico’, o más ‘vivo’, o baratijas metafísicas del estilo) que un pc y un software gratuito; porque es que además, si uno sugiere que desde hace 100 años o así el sonido puede amplificarse para evitar tanto dispendio y tanto esmoquin, le aconsejan que se vuelva al árbol del que no debía haber bajado.
Pero mientras los melómanos oficiales entran en éxtasis con sus degenerados y faraónicos montajes, en Brighton un chaval feúcho y desgarbado sólo necesita de unas cuantas pedorretas y un equipo de dj normalito para hacer música en directo. Roll over glissando, y llévate contigo a las pantomimas reaccionarias.

“La música clásica es un fraude”