Tertulia literaria
Y se pasaron la noche hablando de los fichajes de invierno del Real Valladolid y la última sensación blanca del Racing de Santander (ese chaval de la cantera cuyo nombre nadie acertó a recordar); jugaron a imaginar cómo serían los apocalípticos de la rueda (aquellos señores prístinos que advirtieron del final del humanismo por la invención de la rueda, como ahora otros lo advierten con el advenimiento de la era digital). Jugaron al monopoly sobre la ciudad real; buscaron en el facebook a un profesor boliviano a punto de palmarla (sino la palmó ya) por un cáncer de garganta (desde antes de navidad no contesta a los mensajes de sus amigos en el muro, lo cual les hizo sospechar). Y hablaron de cómo nos inventamos ante la imagen que inventamos de los demás (resultado: seres escondidos, nadie conoce a nadie). Escrutaron la definición de algún concepto como escaramuza o blandir (¿sólo se blanden las armas como si el único arciprestre fuese el de Hita y la única comisura fuera la de los labios?). Alguien, sin saber por qué (o quizás por eso) habló de la tienda de muebles que abrió su padre, de peleas por herencias y de algo más. No se quién propuso subirse al Miguelete y lanzar mil euros al viento (como forma de presentación del Bostezo dedicado a la economía).
Y luego, luego, hablaron de lo difícil que resulta renunciar a lo que los demás esperaban de ti y, peor aún, a lo que uno mismo piensa que los demás esperan de él y, ¡oh dios mío!, a lo que uno mismo esperaba de sí mismo. Cada uno habló de lo que hubiese querido ser. Resignarse no es lo mismo que aceptar. Y entonces callaron en un lánguido silencio. Al rato, alguien se lanzó un sonoro pedo. Aquello les relajó bastante. Volvieron a reir, hablar, fumar, brindar…

“Tertulia literaria”