Pequeños apuntes para una biografía colectiva (I)
Había que estar, enfrentarse a eso. ¡Qué mejor escenario para presentar el Bostezo dedicado a las fronteras mentales que una residencia psiquátrica! ¿Dónde aplicar todo lo aprendido en este ligero paseo por la locura? (Bostezo no nace con voluntad enciclopédica sino como divertimento reflexivo sobre temas que nos conmueven de alguna manera).
Nos invitaron a esa fiesta navideña en aquel centro psiquiátrico moderno, adaptado -en el fondo y en la forma- para que la locura no inflinga un castigo superior al necesario (un centro acogedor diseñado por la mente despierta de una pareja de gays biblícamente aconsejados por el mismísimo Vicente Ferrer en un viaje místico por la India). Aceptamos la invitación, como casi siempre, con voluntad positiva y entusiasmo inquebrantable. Sería una nueva tarde donde regalaríamos cuatro bostezos, venderíamos uno y nos robarían otro (y así fue, es tranquilizador acudir a los sitios sin falsas expectativas). Otra tarde donde tampoco saldríamos a hombros, alejados de los focos donde nacen las GRANDES propuestas culturales (esa manía casi vicio de caminar por los márgenes con la cabeza alta, sin quejarse y sin perder la compostura, y siempre agradecidos de estar vivos para seguir contándolo).
La nutrida familia Bostezo así lo entendió. Estuvimos casi todos. Había un plan. Paco presentaría la revista, David declamaría en cuerpo y alma su performance, Sergio grabaría y haría las fotos, Montse maquillaría a Torrebruno, y Torrebruno (¡ay Torrebruno!) cantaría su afamado Tigres y Leones que tanto éxito obtuvo en plazas más próclives al reconocimiento social (después de esta, Torrebruno está preparado para actuar en medio de un bombardeo, en un desguace o en el Teatro Real, faltas no le tablan). Por esta vez (por una vez) Héctor -el hombre escenario- se dedicó a observar desde abajo con mirada tan atenta como turbia.
Empezó el show navideño, se sucedieron las actuaciones de los alumnos de los diferentes talleres del centro psiquiátrico. Hubo teatro, yoga, poesía, pase de diapositivas y videos. Una entrañable puesta en escena ante la aparente indiferencia de gran parte de los espectadores (como si no fuera con ellos, como si no quisieran estar ahí, como si la locura de los otros les enfrentara a las nociones de lo que entienden por su propia normalidad). Subió al estrado el padre militante de hija con enfermedad mental. Con voz envalentonada -y micro distorsionado- reclamó mayor implicación en la causa de los locos, en salir del armario, en abandonar esa resignación ante el dolor familiar y sacarlo hacia fuera con fuerza y sin temor al qué dirán. Recibió timoratos aplausos, alguien propuso ahorcarlo en el ágora pública, la mayoría no supo cómo reaccionar, algunos intentaron desaparecer en sus butacas, unos cuantos abandonaron sus asientos (más tarde, el padre militante se suscribiría a Bostezo -el único que lo hizo; seguramente empatizaría con la soledad del auto-héroe-villano-para-los-demás).
Como postre final (como elefantes en cacharrería), como apocalípsis y declive del espectáculo, la presentación del número 3 de Bostezo. Nosotros que tanto habíamos pensado en ese momento, que tanto habíamos dicho -en foros más próclives al desvarío filosófico y la paja mental- que la locura, la normalidad y el bla-bla-bla, ahí arriba en el estrado sometidos al juicio de familiares quemados, especialistas sabidos y locos inquietos. Es de agradecer que éstos al menos quisieran interactuar, mostraran una actitud juguetona ante nuestra asustadiza pose de seres socialmente normativizados inquiridos por el supremo desdén del respetable (tengo la sensación de que más de uno llegaría a casa pensando que formábamos parte de algún taller del centro psiquiátrico -el taller de las revistas-, no me extrañaría (y hasta me conmueve pensar que pudiese ser cierto). Para mayor escarnio, a Torrebruno vino con el CD estropeado, y tuvo que interpretar su Tigres y Leones a capella, sin música, sin aclamación colectiva, sin miradas cómplices más que la de los propios trastornados que en esos momentos, ya intuían que nosotros -aunque tratáramos de disimularlo, aunque no estuviésemos diagnosticados- también formábamos parte de su propia visión distorsionada de la realidad (la alimentábamos, se la sugeríamos como razón ineludible de que estaban en lo cierto: los locos siempre son los otros). Mientras los normales (asustados -o puede que hastiados-) abandonaban en masa la sala, los locos se arremolinaban ante Torrebruno, como si quisiesen abrazarlo con fiereza o machacarlo con ternura. Ellos -los únicos que parecieron entender el divertimento reflexivo de Bostezo- agitaban con ambas manos sus globos blancos de tigres y los rojos de leones. Torrebruno -¡qué campeón!!- finalizó su actuación en una sala parecida a un banquete de bodas en Beirut después de un bombardeo israelita. Difícil de explicar. ¿Fue bien o fue mal? Fue, y esto era -y sigue siendo- lo realmente importante. Porque había que estar, enfrentarse a eso. Gracias a los que compartieron ese momento y a los que me dejaron contárselo.

“Pequeños apuntes para una biografía colectiva (I)”