Madrugar a las 11
Hay días que despierto pensando que soy otro (lo habéis probado?). Me aligero de preocupaciones y responsabilidades y, durante media hora, ensayo una bonhemia en los mismos lugares donde tengo que dar el callo con gesto agrio y formas hoscas. Luego se me pasa, sé que es una forma de abstraerme de mi entorno.
Me lo dijo Daría, la becaria más inteligente que conozco: “Jo, tío, elegimos el peor momento en el peor lugar”, lo siento pero -aunque quede altanero- sólo el convencimiento de poseer una superidad moral -individual y colectiva- entre tanta imbecilidad me permite seguir adelante con esto. De otra manera no podría explicar tanto derroche energético sin mercantilizar con una sola obsesión: que todo lo que nos acontezca contenga una dosis placentera que hoy, recién levantado, me hará rozar el universo entre tanto zombie preocupado por asuntos mundanos.
Ahora me vestiré, mis calzoncillitos (van tres días con los mismos, les estoy cogiendo cariño), mis pantaloncitos manchados de algo que pareciera semen. Luego, alguna ventanilla de la administración pública me devolverá a la realidad más grisacea. Volveré a ser uno de ellos. Pero, ya no hay marcha atrás, seguiremos buscando vías de escape (el domingo me piro al Ártico, ya os contaré).
