Viajar despacio
Me gusta viajar despacio, paulatinamente ir explorando territorios. En eso, soy como los gatos (la continua observación de Frida me ha ayudado a entender -incluso admirar- su comportamiento). Paso las primeras 24 horas de este viaje recorriendo una única calle, de arriba abajo. Me la conozco al dedillo: sus dos librerías, su edificio de correos, sus dos pubs (uno británico, el otro local), su supermercado, su galería de arte (una calle da para mucho, toda una vida si la quieres conocer a fondo). Camino por ella en breves cachos de tiempo, tratando de incorporarme a su ritmo, confundirme en él. Luego (como haría Frida) regreso a mi habitación, mi fortaleza, a descansar unos tres cuartos de hora. Después, más animado, la volveré a recorrer, buscando alguna novedad en sus adoquines o en el imperceptible respirar de los maniquís de sus escaparates. Así, hasta 7 ú 8 veces.
En general, los continuos reclamos publicitarios al viajero (!conozca las ballenas!, !siéntase como un vikingo! !coma cabeza de oveja!, !visite el glaciar más grande visto desde el cielo!) los veo más bien como una extorsión turística. Me recuerdan a los manuales de Aprenda inglés en tres meses o Entienda a Hegel en 90 minutos. Prefiero viajar sin planos ni planes. Ya irán surgiendo, de hecho ya surgieron: hoy participé en una sesión de meditación zen (la comunidad budista islandesa es de unos 70 miembros); ayer celebré a lo grande San Patricio -el patrón irlandés- con una banda de Valladolid, anteayer compartí vida con un traductor gallego-islandés e inventor de un idioma artificial que vino a Islandia para aprender italiano). Pero estos serían los momentos álgidos, los que os contaré, si se tercia, con un bocadillo de lomo con pimientos entre las manos; pero lo cierto es que la mayor parte del viaje invierto mi tiempo en perderlo, y encuentro un secreto goce al hacerlo: observo a unos adolescentes practicando skate, veo un partido en diferido de criket, leo de manera desordenada algunos panfletos o, simplemente, miro al techo… me gusta viajar despacio.
De nuevo, estoy en la habitación. Hoy me siento con fuerzas para explorar nuevos territorios (quizás incursione por la calle de abajo, donde el lago). Antes de salir preguntaré en recepción si las puertas del hotel permanecerán abiertas toda la noche. Lo mismo que, si estuviera aquí, hubiese exigido Frida. A su manera, claro.

“Viajar despacio”