De cómo huyendo de un volcán me metí en un glaciar
Aprovechando que este blog -asfixiado por el facebook- ha quedado para colegas y tal os quería contar lo de hoy. Esta manhana me alquilé un cochecito por un par de días. La verdad que admiro la terquedad de mis pies o de una parte de mi espíritu que siempre me lleva a dar un paso más (llevaba cuatro días atrapado en un youth hostel de esos, ya había hecho amistades, esta manhana me hubiese quedado desayunando con Ceci, una canadiense, y James, un inglés. Buena onda). Me gustan estos youth hostels (aunque ya me estoy haciendo mayor para esto)… las chicas y los chicos comparten cuarto (no, Javi, no se montan grrandes orgías entre austriacas de pechos enormes y japoneses de polla chiquita y difuminada (-como en las pelis porno de los japos, que me lo han contado-, pero bueno, ya sabes, algo de alegría y despilfarro hormonal, sí que hay), el salón se convierte en un lugar de intercambio de frases sueltas y, lo que más me gusta, es que puedes estar rodeado de gente sin tener que decir nada a cambio.
Pero el caso es que me pillo un coche y !alá! vamos para allá, pa dónde? pa dónde sea! A mitad camino paro en una cafetería de carretera y la camarera me cuenta en inglés algo que parece muy terrible, pero que no acabo de entender del todo (mi inglés es algo paupérrimo, sobre todo si pierdo el contexto de la conversación). Lo que yo entiendo es que han raptado a una amiga suya y que las carreteras están cortadas y que hay helicópteros por todos lados. Cuando me cuenta que también han cerrado los aeropuertos, me digo: esto no puede ser, pero quién carajo es su amiga? Bjork? Ok, ok, sorry, moza, what happen exactly? I can´t understand! “Vulcano, vulcano is errupted”. Vale, entonces de amigas raptadas no se trata, es un volcán que ha empezado a vomitar. Me aconseja que no siga por ese way y le hago caso, por si las moscas (que aquí no hay, tampoco saltamontes,…)
Cambio de rumbo. Me dirijo entonces hacia el norte, sólo (así planeo mi hoja de ruta) porque hay un sitio que me hace gracia su nombre: Arnastrapi. Alá, pues vamos para allá! De repente, me meto en la Islandia profunda (una vez sales de Reykiavik, toda Islandia es profunda): que si viento, montaæanas, granjas desperdigadas, mucho musgo, lluvia, el cielo encapotado, gasolineras abandonadas, bares cerrados (sólo abren en temporada alta) y carreteras secundarias y algún caballito por ahí trotando (sin rastro de seres humanos).
De repente, me descubro escuchando un concurso radiofónico en islandés (lo intuyo porque son preguntas sobre los Simpson, hago aquí un inciso: me gusta escuchar idiomas que no entiendo porque siempre encuentro sonidos con significado en espanhol; os prometo que el locutor ha dicho en islandés una frase que sonaba: “este tío parece cordobés”) y subiendo una montaæa con mala pinta… pero, dónde voy?. Como la cosa se pone fea, pillo un desvio en dirección a un sitio que se llama Stykkishólmut, y la cosa se pone peor. Descubro entonces que las manchitas marrones que hay en los mapas de Islandia no son plantaciones de trigo. Son glaciares. Demasiado tarde…. en medio de una nevada, me veo rodeado de superficie de agua congelada. Sigo subiendo, cuando trato de frenar el coche derrapa. Me encuentro en un sitio espectacular, pero no lo estoy disfrutando (me entra algo de pánico, en lo único que pienso es en no frenar por si pierdo el control del coche y acabo bajo el glaciar). Lo positivo de los momentos de histeria vividos en soledad es que no necesitas escenificarla públicamente (lo cual sólo serviría para aumentarla); es como los ninhos cuando se meten un hostiazo: si nadie les ve, no lloran.
Así que por no querer usar el freno sigo subiendo y la cosa se pone cada vez más fea (empiezo a perder visibilidad de la que está cayendo y el asfalto empieza a desaparecer bajo la nieve y el hielo). Pasa algún coche, pero nada de coches pequeæitos como el mío, jeeps 4×4 con sus cadenas y ruedas más grandes se cruzan conmigo y me hacen luces que yo interpreto: dónde vas chiquillo con esa mierda de coche?
En un cruce intento parar (sacando mi brazo por la ventanilla) a un vehículo que parece de alguna institución salva-extranjeros-atrapados-en-un-glaciar. No me hace ni puto caso… decido jugármela (sí, amigos, yo no soy de ir a ver volcanes en erupción, pero sí de meterme en glaciares por pura dejadez)… allá que veo un jeep con una ruedas enormes que va en dirección contraria y cuando pasa a mi lado, !iiiiiiiiggggggg!, doy volantazo para dar media vuelta y seguir su estela (las huellas de sus super-ruedas con cadenas despejan algo el camino de nieve y escarcha)… por un instante pierdo la estabilidad del coche, pero consigo recuperarla con un acelerón. Y me pego a rueda del jeep hasta que vuelvo a respirar tranquilo (he parado en una granja a celebrarlo compartiendo un cigarrillo con unos tipos trajeados -con corbata y todo-, como si viniesen de una convención de mercadotecnia, que no sé muy bien qué carajo hacían ahí).
En fin, que ahora estoy en una mansión al lado del mar, haciendo balance de estos días. No sufráis por mí… Os quiero un montón (en la peor parte del trayecto me ha dado por pensar en positivo, siempre ayuda con los malos tragos). Arnastrapi puede esperar o, pensándolo bien, mejor me compro una postal.

“De cómo huyendo de un volcán me metí en un glaciar”