Un ratito
He perdido orden en mis noches. Ya no tengo referentes en cuanto a bares, compañías o mitos sexuales (de esos que, a los veinte años, te animaban a ir a algún sitio porque sabías que “te la ibas a encontrar allí”).
Ahora ya no salgo por las noches, deambulo. La inicio con unos, la acabo con otros. Puedo comenzarla en un concierto punk y terminarla bailando jota valenciana o en una improvisada tertulia sobre libros que no he leido. Empezar en un bar de periferia y acabar en la disco de moda (se nota por los 12 eurazos de entrada) bailando como un bonobo asexuado. Para acabar la noche, he cambiado las barras por las aceras; al menos de aquí no te tiran cuando lo dicta la normativa.
Han pasado más de 5.000 noches y las sigo pasando en la calle. Viéndolas venir, sin más expectativa que finalizarlas dignidamente (no siempre se puede) y sin potar la bebida. Veo las mismas caras en diferentes rostros. Me encuentro con las hermanas pequeñas de los que antes prometieron hacer de la noche su hábitat natural. Hoy, mientras me ahogo en tragos de cubata, otros descansan en sofás murcianos frente a teles de plasma. Ellos piensan que ahí fuera debe estar sucediendo algo realmente interesante; yo añoro el interior de casa pero, una fuerza indomable, me mantiene al raso.
Debe ser un síntoma de madurez democrática en los hábitos nocturnos. La noche acaba, vuelvo a casa. Sale el sol. No volveré a salir nunca más. Bueno, sí, mañana, pero solo un ratito…

“Un ratito”