Reencuentro
Algo raro está sucediendo con el tema de las narraciones de las relaciones sexuales. Si las cuentan ellas, son mujeres liberadas (y cuanto más liberadas, más detalles y viceversa); si las contamos nosotros, somos unos cerdos salidos. Oye, pues yo os quiero contar esto (me la juego):
Hubo un tiempo en que estuve saliendo con una chica que tenía cara de actriz porno. Estuvimos poco tiempo, cinco o seis meses (aunque nos costó casi el doble dejarlo del todo, reconvertidos en irregulares amantes beodos). Nunca se lo confesé, pero me la imaginaba practicando cualquier tipo de fantasía sexual frente a la cámara, lo cual aumentaba considerablemente mi excitación cuando me acostaba con ella. Nos comprenetrábamos en la cama (mucho mejor que fuera); congeniábamos en el plano sexual, no tanto en el afectivo o en el mental (con lo cual tuvimos que dejarlo: los genitales no siempre salen ganando, menos mal, aunque por culpa de ellos tardamos bastante más de lo sanamente recomendable). Fuera de la cama, hablábamos por hablar, paseábamos por pasear, quedábamos por quedar; el sexo pasó a ser un recurso para disimular la incompatibilidad de nuestras almas. Pero en la cama, todo cambiaba: el guión de nuestras citas se repetía una y otra vez, como sucede en las pelis en las que yo te imaginaba.
Cuando amanecías (pasado el mediodía), me hablabas de emociones y sentimientos. Tenías esa doble cara: te acostabas como una perra jadeante que rogaba ser jodida; te levantabas como un blandito peluche pidiendo que te acurrucara). Pero, ni siquera con legañas, podía dejar de ver el porno en tu mirada: ese gesto de mujer fatal, esa cara de mujer deseosa y deseada, esa cara que yo veía en las pelis guarras de mi aletargada adolescencia. Te fantaseaba des-vestida de policía, de presa, de pirata, de lo que fuera y disfrutando con cada polvo, con cada lamida, con cada mamada. Mientras -agarrada a mi torso- me hablabas de futuro, de niños, de compartir casa, de cursos de bailes de salón, de un viaje a Senegal. Pero, al final de nuestra relación, nuestro único trayecto era del sofá a la cama (con excitantes paradas en el largo pasillo de tu casa, donde nos recreábamos en ridículas posturas imposibles, como esforzados actores pornográficos esperando que el director les gritara: ¡corten!). Sólo podía imaginarte en escenas porno: bragas destrozadas, tacones altos, cara desencajada, dejándose el sexo-alma en cada embestida; ofreciendo tu cuerpo a dos negros de rabo enorme o al niñato que repara el aire acondicionado; con gemidos en inglés mal doblado y música chill-out de fondo.
Estuve unos meses obsesionado con tu cara (sólo con ella, tu cuerpo se me olvidó antes). Incluso creí encontrármela en una de esas pelis: montada a caballo se te aparecía un tipo en medio de bosque, y os poniáis a follar sin preámbulos (con esa desquiciante facilidad que muestran las pelis porno para entablar relaciones sexuales, ¡con lo que cuestan en el mundo real!). Hace un par de años, un amigo me comentó que una de las chicas que posaba el mes de noviembre del calendario 2008 que tenían colgado en el baño de su taller de motocicletas le recordaba mucho a aquella chica con la estuve saliendo un tiempo. Cuando acabó el año, el colega me regaló noviembre (durante un tiempo fue recurso masturbatorio, luego se traspapelaría en alguna de mis interminables mudanzas o igual se iría a la basura junto al álbum de cromos de la Liga 87/88).
Después de varios años sin saber nada de ti, te vi el otro día; paseabas cogida de la mano con un tipo en la calle comercial de un pueblo periférico. Mirabáis un escaparate de bolsos. A pesar del tiempo (tu rostro se me presentó desdibujado: eras tú pero no lo eras), cuando focalicé mi mirada sobre la tuya, volví a adivinar esa cara. No me viste o fingiste no hacerlo. Cuando llegué a casa, volví a buscar el video de la chica montada a caballo que se encuentra, sin venir a cuento, con un hombre que paseaba por allí con ganas de follársela. Por un momento, creí ver la cara del tipo con el que te había visto cogida de la mano esa misma tarde.
Después de limpiarme con un calcetín, me entró bajón (casi siempre me pasa). Y recordé cuando me hablabas de futuro, de niños, de compartir casa, de cursos de bailes de salón, de viajes a Senegal. Pero, ¡ay!, esa cara…

“Reencuentro”