Walter Buscarini

Me olvidé la carpeta

2010 6 Julio
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Cuando viví en Barcelona (un recuerdo que se ha difuminado: ya no sé si viví, pasaba por allí algunos ratos o lo he soñado mientras me fumaba un porro) solía acompañar a una amiga que, los fines de semana, trabajaba de camarera en horario nocturno (entre semana estudiaba para actriz). Compañera de pupitre en el instituto, ella formaba parte del nutrido grupo de muchachos periféricos que se van a probar suerte a la gran ciudad de las oportunidades y las frustraciones. Y allí se quedan, combinando ambas. 

Es bien conocida mi afición a los bares (y más a sus barras) y aquella gozosa labor de acompañamiento me sirvió para conocer la diversidad nocturna de la Ciudad Condal (eran otros tiempos, Barcelona todavía no se había convertido -aunque estaba a punto de hacerlo- en marca promocional de algo inexistente). Daba igual que ella trabajara en el bar alter-mega-guay (aquel del Raval donde hacían conciertos de rock and roll sobre un escenario no mucho más grande que una caja de cerillas; era ideal para percusionistas enanos), nice (aquel del Born que hacia esquina y que solo servían comida vegana), o pijo (aquel de Les Corts del que os hablaré ahora); el caso es que yo siempre acudía a la cita con mi colega. Ella curraba mientras yo me emborrachaba. En sus tiempos muertos, venía a la barra a compartir un cigarro o ver como me tragaba los cubatas.

Donde más tiempo estuvo (estuvimos) fue en el de Les Corts (hasta contrato le hicieron, algo inusual en el gremio de camareros). Le cogí cariño a aquel bar, a pesar de su música de fondo; es el único bar pijo que he conocido donde la peña entablaba conversación con extraños. Lo normal en estos lugares es que las tipas piensen que te quieres meter a través de su escote y los tipos te vean como un competidor en la selva hormonal; pero aquel de Les Corts -no recuerdo su nombre- era diferente; además, a través de mi amiga, entablé relación con el resto de camatas, incluso con los dueños. Acabé siendo uno más en el personal de servicio (llegaron a bromear con hacerme contrato) o, más bien, un objeto más del local (porque lo cierto es que nunca colaboraba; mientras ellos recogían, yo me pedía otra copa antes de que cerraran). A mi amiga -y a mí- nos despidieron porque el hijo del dueño se encaprichó de ella y no llevó del todo bien dos o tres noes. Nunca más volví a aquel lugar… De eso hará seis años, va para siete.

A mi amiga le perdí el rastro hace ya un tiempo. Aunque a través de su hermano, con el que de vez en cuando coincido en algún antro de mal aspecto, seguimos sabiendo una del otro. Por él sé que sigue en Barna, que estuvo en Cannes, que rodó en Shanghai, que ya no trabaja de camata, que ganó algún premio (supongo que las miserias o no las sabe o se las guarda). El otro día, ella me contactó por el facebook para contarme que una amiga suya que trabaja en una editorial le había contado que -en una conversación de bar con otras personas de su gremio- le habían enseñado una carpeta que contenía unos versos de un tal Estellés traducidos al euskera… Al parecer -teléfono rojo- uno de los presentes contó la anécdota de que en ese bar guardaban una carpeta con versos repartidos en catalán y vasco de un desconocido (?) poeta valenciano. Se la pidieron al camarero -que ni siquiera sabía que allí guardaban ese ‘tesoro’- y estuvieron un rato bromeando sobre la viabilidad económica del proyecto. Eso me contó que le contaron.

Lo fuerte del caso es que ¡esa carpeta es mía!, aunque también es cierto que no la había echado en falta en todo este tiempo; ahora que lo pienso sí que recuerdo que un día fui al bar después de tomarme algo con mi profesora de eusquera en la Escuela de Idiomas de Barcelona (cuando viví allí o soñé hacerlo, es evidente que disponía de mucho tiempo libre) a la que aquella tarde había ido a visitar para que nos asesorara en la cuestión lingüística de la traducción.

Mi amiga recordaba -le había contado- el proyecto de Estellés en eusquera y mi afición por olvidarme cosas en los bares, así que sospechó que sería yo el que se habría dejado allí la susodicha carpeta. Lo sorprendente es que la hubieran mantenido tanto tiempo en un bar pijo de Les Corts. “La tienen en una estantería, respaldada detrás de unas botellas de licores que nadie pide”, dice que le dijo la amiga que le contó la historia. Me ha dicho que igual pasa un día a recogerla o que si voy por Barcelona, le avise y vamos juntos a por ella. Seis o siete años después recuperaré una carpeta que nunca di por perdida.

El proyecto Estellés euskaraz es un sueño compartido con Héctor Arnau. La edición imposible al eusquera del poeta valenciano por excelencia. Una lengua desfallecida expresada en otra malherida. Lo iniciamos en los rescoldos de La Tapadera, y lo tenemos ya todo para su edición, aunque traspapelado: la necesaria autorización de la familia Estellés y Eliseu Climent (propietario de los derechos), la selección de los poemas que hizo Héctor, la traducción de Gerardo Markuleta, la portada de Luis Armengol, el prólogo de Salvador Salgueiro, y los ánimos y la pasión de Lluis Carmona, la única persona que nos ha prestado atención en este descacharrante proyecto. Y encima, para colmo, ahora vamos a recuperar la carpeta que contiene la única copia donde los poemas están compaginados (en valenciano, en página par; en eusquera en impar). Lo malo es que el archivo lo tengo en mi antiguo ordenador, que se me ha descacharrado (el otro día lo encendí para buscar unas fotos y se despidió con un último resuello). Habría que volver a ordenarlos…

Ya solo nos faltan los ánimos para invertir dinero en un proyecto a sabiendas que nos volverá en forma de una china de hachís a cambio de un ejemplar; libros regalados en ferias de saldo; abrazos industriales en txosnas y herrikos, y dolores de hígado en presentaciones de un poeta valenciano en el País Vasco… ¡otro exitoso fracaso!

Pero esa carpeta casualmente hallada en un bar de Les Corts después de tanto tiempo me ha revuelto muchas cosas. Sin duda, es un señal del cosmos para que lo echemos para adelante. Habrá que cerrar el círculo. Quizás sea el momento de editarlo, ¿no?

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3 comentarios en...
“Me olvidé la carpeta”
cerillín

Pedazo de historia.
Si no te importa la hago mía ¿vale?.


admin

Por supuesto, señor Cerillín, de eso se trata. Íbamos M.A. Blanco, Walter y yo por…
gracias por seguir ahí


picci

wooow! Qué bueno que regresaste! Cada historia mejor que la anterior…
me gusta que me comas la pelota :D
o lo que comes es la oreja?




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entre el estupor y el desenfado

© 2008-2010 (Revista Bostezo) - Actualizado: 06/09/2010