El fútbol se va a acabar
Oigan, ¿ya puedo salir de casa? ¿han acabado las celebraciones de La Roja? ¿Puedo encender la tele sin miedo a que aparezca una y otra vez el abuelo de Iniesta o alguna presentadora clonada con pintura de guerra en la cara? Decidí meterme el domingo por la noche en casa, con la tele y las ventanas cerradas. Tengo miedo… avisadme cuando todo haya pasado, por favor. Mientras tanto, escribo post- y me alimento de colillas y flanes caducados. Estoy bien, gracias. Muy contento por el triunfo de nuestra selección. En serio.
Pero soy de los que prefiere dosificar la alegría (cada día un cachito, casi imperceptible de cara a los demás, pero así la mantengo más rato, sostenida en el tiempo). La alegría desbordada me suena a catacrash asegurado. Toda esa gente que se dejaría garganta, piel y entrañas en la celebración (como si la victoria de la selección fuese lo más importante acontecido en sus vidas, después -supongo- de su nacimiento) me da a mí que, cuatro días después, cuando descrubran el bluff y el escaso impacto del triunfo futbolero sobre su micro-vida real, estarán sufriendo una fase de frustración e histeria. Un poquito de equilibrio emocional no viene mal en estos casos.
Pero que tiemblen, porque el fútbol se va a acabar. Sí, sí, eso que ahora mueve tanto dinero, decepciones y alegrías, llegará el día que aparecerá en la Historia convertido en reliquia ancestral. Actores frustrados se ganarán la vida disfrazados de futbolistas -con un extraño objeto ovalado en sus manos- en los alrededores de derruidos estadios de fútbol, convertidos en momumentos de pago para el goce de turistas que los fotografiarán con curiosidad y se preguntarán cómo deporte tan primitivo pudo tener tanta importancia entre sus antepasados.
No se lo creerán, pero la asunción de que llegará un día en que fútbol será una cuestión museística me hizo un hombre libre (no, no fueron ni la lectura de filósofos alemanes ni aquel chamán que me encontré en la selva Lacandona, fue el hecho de entender que el fútbol también tenía fecha de caducidad). Me desató de penurias mundanas y asideros mentales. Si el fútbol desaparecerá como deporte, es que nosotros sólo somos un rato. Pero no vaya estos días contando eso por ahí, y menos por bares o colas de supermercados, que hay gente que parece que ha centrado su felicidad en el fútbol y sólo falta un agorero que les vaya contando que el espectáculo sobre el que giran sus vidas tambíen se extinguirá. Como usted, como ellos. ¡No les joda, hombre!
Pero no solo me he encerrado por la desmedida celebración post-Mundial; también estoy aquí por culpa del sentimiento anti-futbolero que ha rodeado el triunfo de la selección. La antipatía futbolera se ha exacervado de modo tan vehemente (o más) como la euforia desatada. Procuro odiar muy poco -casi nada- las cosas que más odio. No sea que, dándoles excesiva importancia, esté contribuyendo a su enaltecimiento. No sé si me explico, no sé si me entiendo.
Oigan, ¿puedo salir ya?

“El fútbol se va a acabar”