Los palmapasta
A veces nos juntamos, son reuniones secretas, a veces hay más gente, pero entonces callamos. Esperamos que se vayan los otros para compartir secretos… somos los palmapasta, una especie en extinción formada por editores, libreros, organizadores de ferias ambulantes, festivales de cine sin espectadores o poetas auto-editados sin lectores y algún que otro productor de música onírica para masturbarse… Si algo nos caracteriza es que no tenemos un hueco en el status quo cultural; no conocemos a nadie que sea alguien: somos pobres, feos y no tenemos contactos; aún así, seguimos adelante. Expulsados de los nichos del mercado, aspiramos a un mausoleo.
El palmapasta primero piensa qué quiere hacer y luego busca la manera de hacerlo: esto le convierte en un rara avis en un sistema donde las cuentas prevalecen sobre los cuentos. Los otros piensan primero en la pasta y luego en la manera más rápida de conseguirla. Los palmapasta no, son un lobbie a la inversa. Presionan para dar a luz proyectos suicidas, sin futuro, sin salida. Pero salir, salen, ¡coño!, como sea, ché! y siempre habrá gente dispuesta a dar la cara por un digno palmapasta; los palmapasta muestran una histriónica seguridad en sí mismos y están dispuestos a dejarse el pellejo en el intento, un rídiculo fulgor jamás refrendado en éxito ni beneficios pecuniarios,… pero tanto ímpetu destartalado resulta contagioso y siempre encuentran gente dispuestas a cubrirles las espaldas o apostar por ellos.
Somos palmapasta, pero tenemos un plan. Seguir haciendo lo que nos salga de los huevos; menos mal que todavía hay cosas que no se hacen por dinero, porque si no sería tremendamente insoportable (cualquier proyecto pensado para obtener beneficios munificientes en el aquí y en el ahora es otra aportación tediosa a la mediocridad reirante),… por suerte, siempre habrá alguien que secunde al palmapasta: “te vas a la mierda, pero me voy contigo”… gracias, gracias.
Al final, el palmapasta solo piensa en que pongan a su nombre una estatua ecuestre sin jinete en la plaza de su pueblo. A veces -cuando los demás se han ido- nos juntamos y nos contamos; compartimos estrategias y esfuerzos para seguir palmando. Decrecemos juntos y eso nos da fuerzas para el próximo intento. Entonces, ensoñamos nuestro entierro. Como nosotros pocos, y todos muertos. Somos los palmapasta, pero seguimos a lo nuestro. Y, lo peor de todo, es que, después de veinte años en esto, ya es difícil pensar que algún día nuestras madres -en ese duelo filicida con las madres de nuestros compañeros de colegio- se sentirán orgullosas de nosotros (eso les tocará a sus nietos). No podemos hacer otra cosa que seguir palmando y nos queda cuerda para rato. El éxito es efímero, el fracaso aguanta mejor el paso del tiempo. Nos vemos en tu entierro.
