Zelig
Algunas tardes, todavía con las legañas de la siesta instaladas en los ojos, salgo a pasear con Daría por las calles valencianas en busca de dinero para financiar la revista. Sin ton ni son, con alguna vaga referencia obtenida de manera casual, sin GPS, a tumba abierta, sin más lustre que nuestras sonrisas bobaliconas y aspecto descuidado. Allá que vamos, visitamos galerías de la high culture, abordamos a miembros de los apellidos más ilustres de la clase ociosa valenciana o nos colamos en los cocktails de los salones donde se reparte el pastel (en el epicentro del meollo).
El resultado es estupendo. Nos da fuerzas saber que Bostezo ha llegado a oídos de esas alturas. Saben del proyecto (lo cual facilita el encuentro). Departimos un momento, lo saboreamos (Daría y yo coindicimos en esa curiosidad extrema por los ambientes más distantes), llegamos a acuerdos, proponemos proyectos, se nos ve ilusionados (¡nos escuchan!), no se nos hace difícil aparentar ser como ellos, permanecer a su estirpe, ser aceptados… Para eso nos funciona el síndrome de Zelig, que ambos padecemos de manera acusada. Saber decir lo que nuestro interlocutor quiere escuchar, adaptarse a su ritmo, imitar sus gestos, dejar caer una sonrisa cómplice -incluso algún atisbo de carcajada- en instante preciso (y el tono adecuado). Daría -con su fino verbo y capacidad para hablar de cualquier cosa en cualquier momento- dirige con un deje socrático el diálogo.
Pero luego, incomprensiblemente (o no), nos flaquean las fuerzas. Salimos con la frente alta de esos solemnes y suntuosos salones alfombrados (símbolos de extraños conceptos expresados en lengua extranjera que en esta ciudad provinciana suenan descontextualizados) para regresar a lugares de estraperlo -zona franca desposeída-, donde nos ofrecen vino barato y cacahuetes rancios. Es extraño. Damos el paso, entramos por la puerta de invitados y luego abandonamos la partida, como si nos cansara el juego que, aquella misma tarde, habíamos iniciado. No volvemos a saber más de ellos (ni ellos de nosotros). Quizás porque sería muy cansado dejar de ser nosotros mismos tanto rato. Zelig también acababa harto.
