Walter Buscarini

Las crónicas de lo que fue y sigue siendo…

2011 10 Marzo
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No hay manera. Dos presentaciones y ninguna foto. Definitivamente, publicamos una revista llena de palabritas porque no tenemos otro remedio. Por suerte, dos amigos y bostezantes, Javier Gascón y Abelardo Muñoz, utilizan las palabras para explicar su relación con el proyecto. Quede aquí como testimonio…

Bostezo: escritura viva, baile visual

Abelardo Muñoz (Periodista)

21 de febrero 

 Centro cultural Arte&Facto, Valencia

Todavía tengo en la retina el escenario de ayer tarde en ese artefacto desolado en apariencia pero repleto de energía y humanismo presocrático. Como unas Meninas del año 3010. Los asistentes componían un fresco velazqueño, o goyesco, y el lugar y lo que se dijo bien podrían pertenecer a una reunión de dadaístas del siglo XX que de monjes amanuenses del Medievo. Incluidos los tipos que se hallaban reunidos en torno a una mesa, alejados de la movida. Los asistentes eran fastuosamente inclasificables y el contraste producido en mi espíritu entre la berrea política de la plaza de La Seu, las masas, y la charla atemporal, de intercambio, la ironía… pucha, buey, ¡eso vale mucho! Mi espíritu y mi voluntad de poder y de escritura se elevan en una euforia narcótica al comprobar la cantidad de inteligencia que hay entre treintañeros, treintañeras y más. Mis 59 años en los Idus de Marzo, no tienen ya sentido. En una conspiración literaria y estética como la de Bostezo no hay edad. Como los ancianos rifeños que no saben, ni les importa, la edad que tienen.

Antes que nada mi felicitación más efusiva por el acabado, diseño y sobre todo, contenido de la revista que quiere ser muchas revistas. Sobre todo es una publicación de combate, armada hasta los dientes de talento; heraclitiana y epicúrea por no decir nietzschiana. Esos escritores, diseñadores y articulistas pelean por la defensa del pensamiento libre; la maravillosa libertad de la escritura. Oportuno, ¡pardiez!, trabajar una línea de periodismo de fondo, hecho para aquellos que gustan de lo complejo, lo raro, lo abstracto, la sencillez del discurso libre y creativo.

Es una revista en guerra contra la Academia y el periodismo inculto que azota el papel. Hace poco Juan Goytisolo se ciscó en la puntuación en un texto sobre crímenes mexicanos publicado en El País. Era un escrito magnífico porque su sentido anidaba por igual en las frases y en las formas de escribirlas. La anti-sintaxis que logra el clímax.

Aún no he entrado a saco en lecturas del último número pero lucen frescas. La ironía y el sarcasmo, el humor forma parte de la Ilustración. Prefiero hablar de humanistas ilustrados que de intelectuales.

Mi corazón se llena de gozo por lo que estáis consiguiendo. Un saludo, un abrazo y un respeto por esta tenaz publicación.

Vuestro

Abelardo

 

¿Cómo nace un bostezante?

Javier Gascón (artista y documentalista)

25 de febrero

Centro Social La Pantera Rossa, Zaragoza

Los artistas somos gente que, a veces, nos dedicamos a recoger basura de los contenedores y otros materiales de desecho, y, también a veces, con no se sabe qué clase de magia, conseguimos transformarlos en objetos, en imágenes con las que intentamos transmitir nuestros sentimientos, nuestros estados de ánimo o nuestras ideas.

Los documentalistas somos gente que también nos dedicamos a la recolección de desechos, en este caso informativos, para intentar ponerlos en orden; clasificarlos, organizarlos utilizando ciertos códigos misteriosos, para poder encontrarlos cuando a alguien o a nosotros mismos nos hacen falta.

Así que son dos profesiones bastante parecidas. Las dos se basan en el principio del reciclaje, que cualquier cosa puede llegar a tener utilidad, y que para ello deben aplicarse unas artes más o menos oscuras.

Cuando yo tenía tres años, mi padre tuvo la ocurrencia (no sé si feliz o desdichada, pero por la que le estoy muy agradecido), de enseñarme a leer en casa; es decir, antes de ser escolarizado (como llaman ahora a ir al colegio). Como aprendí pronto a leer, también perdí pronto el interés por seguir haciéndolo. O, por lo menos, perdí la constancia necesaria para soportar la lectura de libros de 100, 200 o incluso más páginas. Y si bien es cierto que durante unos cuantos años fui el primero de la clase, al cabo del tiempo llegué a convertirme en el último de la fila, en las oficinas del INEM. Pero bueno, al menos tuve una infancia en la que sentí que se podía ser un líder sin ser competitivo, sin ser arrogante y sin conseguir que los demás te odiaran por ello.

Otro hecho importante de mi infancia es que mi padre compraba de vez en cuando El Heraldo de Aragón, el más antiguo de la región aragonesa (como rezaba su cabecera por aquel entonces). El Heraldo de Aragón era hace cuarenta años un diario de esos de formato sábana. En mi caso, podía abrirlo en el suelo de la tienda de mi abuela (que luego fue de mi madre) y subirme en él a leer las noticias. Esto provocaba la sorpresa de las clientas que venían a comprar calzoncillos para sus maridos, camisetas interiores o colonia a granel. Según me han contado, decían: “¿Pero qué hace ese crío con el periódico?”. Otra anécdota de la que sí tengo recuerdo es que los domingos, Armando (o Liborio, porque en los pueblos muchas veces se llama a las personas con el nombre de sus padres), que aparte de peluquero era el único quiosquero del pueblo, dejaba El Heraldo en la escalera de mi casa. Y entonces se organizaba una competición nada amistosa entre mi yaya y yo para ver quién madrugaba más y bajaba primero a coger la prensa y ser el primero en leerla.

Supongo que estas cosas y otras parecidas han influido en mi afición por lo que los bibliotecarios llaman ‘publicaciones periódicas’, o sea, prensa y revistas. También me acuerdo que un poco más adelante me gustaba ver como pasaban los días de la semana y asociar cada uno a la compra de algún material impreso: los lunes (que no había Heraldo), el Zaragoza Deportiva; los jueves, una colección de libros juveniles editada por Bruguera, con títulos de Julio Verne, Isaac Asimov y otros autores clásicos. Son los libros que ahora mismo tengo en mi mesilla porque en su día no leí. Hay un libro maravilloso de Gabriel Said, titulado Los demasiados libros, en el que habla de la explosión editorial (no informativa) y de la obsesión por acumular y acumular, materiales impresos, no con el afán de leerlos, sino de hacer de ellos un entorno amigable. Citando a José Gaos, dice que “Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”, y añade que “un libro no leído es un proyecto no cumplido”. También dice que “La personalidad única de cada lector florece y se refleja en su biblioteca personal: su genoma intelectual.”

Quizás estas cosas tan bien expresadas y mi propia experiencia de infancia me han llevado a ser un buscador compulsivo de joyas en forma de revista. Hoy en día, esta es una afición de alto riesgo, porque en los quioscos ya no hay periódicos amontonados y revistas colgadas con pinzas, sino coleccionables apelotonados a los pies de quiosqueros desquiciados. Los clientes de los quioscos ya no son lectores en busca de la actualidad de uno u otro tema, sino compradores compulsivos de cupones para hacerse con la sudadera oficial del Real Madrid, la cazadora oficial de Ferrari o completar la colección de cuchillos de cocina o de minerales con que los periódicos tradicionales ‘obsequian’ a sus clientes.

Pero cuanto más difícil se hace encontrar publicaciones que se salgan de la norma, más excitante se hace para mí. Cuando tenía quince años encontré una papelería en el pueblo donde estudiaba bachillerato que, Dios sabe por qué motivo, vendía el periódico Liberación. Me compinché con la dependienta para que me guardara el ejemplar de los domingos. Fui conociendo los suplementos culturales que la prensa diaria publicaba, como el Culturas, de Diario 16. Luego llegaron Babelias, ABCs Culturales, Cultura|s, de La Vanguardia y muchos más. Pero muchos se convirtieron en los órganos propagandísticos de las editoriales, canales televisivos y distribuidoras cinematográficas a las que estaban asociados.

En los años ochenta, hubo una saludable cultura del fanzine que hacía que cualquier chalado consiguiera poner en marcha una publicación, sin darle depósito legal, sin buscar un canal de distribución, más o menos convencional. Solo por el placer de comunicar y de compartir inquietudes. Yo mismo hice el mío propio, escrito a mano, compuesto con recortes pegados y fotocopiado.

A finales de la década, en cambio, lo que se produjo es un boom de publicaciones parcialmente contra-culturales, herederas de algunas revistas históricas (como La Luna, de Madrid), o directamente sucesoras de anteriores etapas (como Ajoblanco o Makoki). Muchas surgieron con ambición de calidad tanto en sus contenidos como en su presentación (y pienso en El Europeo, en Sur Express, en El Paseante, en Los Inrockuptibles, versión hispana de la francesa aún viva…).

Pero hoy la realidad es otra. Hoy una revista es toda una aventura colectiva que requiere una infraestructura humana notable (aunque las técnicas de autoedición estén al alcance de cualquiera). Hoy para editar una revista hace falta una subvención del Ministerio de Cultura o unos anuncios fijos de El Corte Inglés o de MoviStar. Si no, mal lo tiene esta gente.

No me acuerdo muy bien cómo conocí Bostezo, aunque sí me acuerdo que conocí la iniciativa antes de la publicación de su primer número (a lo mejor porque nació en una ciudad a la que yo, por razones de estudios, me siento muy unido). Si recuerdo que compré el primer número por Internet y que no me defraudó. Luego vi que se distribuía en las tiendas de las estaciones de autobuses de Madrid, que yo, por razones personales, frecuentaba. Así que Bostezo se convirtió en una revista de esas que son difíciles de encontrar pero que siempre sabes de algún sitio donde conseguirla. Aunque yo echaba de menos poder verla en alguna librería o quiosco de mi ciudad.

Para colmo, hace poco más de dos años tuve la ocasión de inaugurar (a título póstumo, porque dos meses después el edificio fue demolido) una exposición en la vieja facultad de Bellas Artes de Valencia, donde yo estudié. Y de que Paco Inclán se dignara a aparecer por allí. Por eso y por muchas más cosas, me convertí en “bostezante”: porque me gusta una revista en la que su nombre no da pistas de lo que te va a contar; porque no tiene una periodicidad que te haga saber que el día uno de cada mes la vas a encontrar en el quiosco; porque tiene unos colaboradores y unas secciones que sería imposible imaginar en cualquier revista al uso, por muy alternativa que fuera. En fin, si como dice la Real Academia Española de la Lengua, bostezar es hacer involuntariamente, abriendo mucho la boca, inspiración lenta y profunda y luego espiración, también prolongada y generalmente ruidosa. Es indicio de tedio, debilidad, etc. y más ordinariamente de sueño”, creo que un bostezo es la mejor manera de expresar el descontento, la indiferencia y el desprecio hacia una sociedad que no ofrece motivos para otra cosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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entre el estupor y el desenfado

© 2008-2010 (Revista Bostezo) - Actualizado: 07/07/2012