Walter Buscarini

No nos puede ir mejor

2012 4 Mayo
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Aunque por los pírricos resultados pueda parecer lo contrario, lo cierto es que en Bostezo hemos emprendido varias intentonas para posicionar la revista en el exigente mercado internacional de publicaciones. No olviden que la hemos presentado en el Colegio de España de París, una librería en Berlín, otra en Copenhague, un cabaret en San Francisco, la Facultad de Lengua Española de Reikiavik, un bar en México D.F. y en una azotea en Guadalajara. Vivir para contarlo. Pero no se me impresionen: a pesar de este derroche de energía, tiempo y petróleo, no hemos conseguido establecernos en el mercado foráneo: apenas siete suscriptores en México, un suscriptor en Dublín, otra en París, un par de lectores en Bogotá, otro en Guatemala y Bostezos desparramados por Nepal, Portugal, E.E.U.U., Argentina, Argelia, Polonia, Francia, etc. En total no más de doscientos ejemplares de los siete mil impresos hasta ahora. Es evidente que algo estamos haciendo mal, no me pregunten el qué, cada mañana me despierto con intenciones de averiguarlo. Pero como no nos va el papel de víctimas cuando nos preguntan cómo nos va Bostezo, siempre respondemos que no nos puede ir mejor. Y cierto es: no nos puede.

Les suelto este rollo porque el pasado miércoles, día de abertura de la Feria del Libro de Bogotá, en un nuevo intento de colocar Bostezo más allá de Godella y alrededores, pude comprobar de nuevo la alergia que, en ciertos sectores de la distribución, producen las revistas. Hemos de asumirlo: son las hermanas pobres de los libros (algo así como comer de sobras en Biafra); todos los implicados en la cadena del mercado editorial huyen despavoridos de ellas, infectadas de una leyenda que las condena a morir pronto –milagro es la que supera el número tres- o reconvertirse en páginas web. Sus sambenitos son que dejan muy poco margen de beneficio, que es un engorro facturar para cifras tan raquíticas, que ocupan espacio y que los libreros las rechazan bajo la excusa de que “ya nadie compra revistas”, lo cual, hay que decirlo, es cierto. A las pruebas me remito.

Pero bueno, a lo que vamos. Apenas llevo veinte minutos en la Feria (acabo de recoger la acreditación de Bostezo en la sala de prensa) y en uno de los stands detecto unas revistas culturales españolas. Están las de toda la vida, supervivientes siempre a punto de cascarla: El Viejo Topo, Quimera, El Ciervo. Me encuentro en el stand de una de las más potentes editoriales y distribuidoras del mercado hispanohablante, con distribución de libros mexicanos, españoles, argentinos, chilenos, colombianos, etc. Veinte mil títulos a su alcance, reza uno de sus eslóganes publicitarios. ¿Y cómo es posible que con veinte mil títulos todavía no estemos nosotros? En un furibundo ataque de orgullo y pundonor considero imprescindible que Bostezo penetre en el mercado latinoamericano, no tanto por la revista como por el propio mercado. En Bostezo –una panda de flipaos, como dice la Barbate- funcionamos por arreones. Sin preocuparme que la Feria solo lleve media hora abierta y que la gente y los libros todavía se estén colocando en sus puestos, inicio una espontánea estrategia comercial. Me encuentro en la sala de máquinas de la industria editorial, así que me pongo manos a la obra. Establezco contacto con cuatro personajes del mundillo, que conozco bien por mi paso efímero (como todo por donde paso) por la Editorial Plaza y Valdés de México. Son estos:

a) La dependienta. La pobre tiene un papelón, la compadezco, pues estuve dos años donde ella está ahora: vendiendo libros cuyo contenido desconoce por completo. Seguramente la habrán contratado para la Feria y hace apenas tres días le habrán pasado el catálogo de la editorial “para que se lo estudie”. Es su primer día de trabajo y todavía tiene miedo de que sus jefes descubran que mintió en la entrevista, donde se definió de manera exagerada como una experta en editoriales universitarias y gran apasionada de la literatura latinoamericana. “Entonces, si eres tan buena, no te importará trabajar a comisión según lo vendido”, le habría chantajeado la gerente. Si hablamos de una distribuidora con veinte mil títulos en su catálogo, imagínense cuando alguien le pregunte: “perdone, ¿tienen algo sobre la colectivización en los kibutz? o ¿disculpe, lo último del poeta Agapito Flores? y cuidado no conozca al tal Agapito, referente de la literatura universal para el cliente que en ese momento busca afanosamente su poemario (no sería de extrañar que fuera un familiar suyo o el propio Agapito). La dependienta lo tiene jodido, mucho más si sus jefes rondan por el stand. Tendrá que ingeniárselas para aparentar conocer a fondo TODO el catálogo editorial, que encima se lo han pasado por orden alfabético, lo cual le impide diseccionarlo por temáticas o autores. Y ser capaz de vender un libro sobre la organización social de las hormigas al cliente interesado por la colectivización en los kibutz y decirle al otro: “De Agapito Flores no tenemos nada, pero él se considera alumno de Fernando Criollo, que sí lo tenemos”, sin que se le note demasiado que no se ha leído ni a uno ni al otro. Es lo que tiene trabajar a comisión.

Me lanzo sobre ella, que sigue acomodando libros sobre las estanterías. Debo de ser su primer cliente. Todavía se muestra confundida.

- “Oye, mira es que tenemos una revista en España y quería saber cuál es el canal de distribución de revistas acá en Colombia”, le inquiero.

- “Con gusto, tenemos algunas publicaciones españolas. ¿Cómo se llama la que busca?”, me pregunta amablemente.

- “Bostezo, pero no la busco”.

- “¿Y de qué va?”, me atiende ignorándome.

- “Bueno, son monográficos, cada número lo dedicamos a un tema y bla, bla, bla…”

- “Pues no sé, voy a preguntar, creo que no la tenemos”

- “No, no, si te estoy diciendo que la tenemos nosotros”.

- “Ah, entonces, si ya la tiene, ¿qué quiere? ¿Pagarla?”

Con tanto lío empiezo a dudar entre lo que quiero y lo que tengo.

La dependienta –que no acaba de entenderme del todo- reclama entonces la presencia del segundo personaje en el escalafón de la cadena: la jefa de ventas.

b) La jefa de ventas. La chica, diez años mayor que la dependienta, se acerca dispuesta a escuchar mi propuesta. Le vuelvo a soltar el rollo de Bostezo y bla, bla, bla. Le enseño el ejemplar de la revista que siempre llevo en la mochila. Se muestra entusiasmada. Le encantan las revistas culturales, la literatura, el perfil que tenemos como publicación (solo con tocarla ya ha adivinado el perfil). ¡La huele! Le encanta como huele. Eso sí que es tener olfato editorial. Se aventura a exclamar que es una revista muy chévere y que este tipo de publicaciones se merecen una oportunidad. ¡Toma ya! Contagiado por su delirante entusiasmo, yo también me envalentono, adopto un rol que no es el mío, me crezco: sí, señora, es una gran revista que se merece esto y lo otro, estar mejor posicionada en el mercado y tener más puntos de venta y todo eso y mucho más. Ella recoge el testigo para añadir lo bien que funcionaría en Estados Unidos, que allá el mercado hispano es muy demandante de este tipo de publicaciones. No tiene ninguna duda del éxito de la revista: en solo dos frases ya ha anticipado que venderán cientos de Bostezos en San Diego y Los Ángeles, que se los habremos facturado y que nos los habrán pagado. Alucinante, así de fácil. Solo falta una cosa: convencer a la gerente de la distribuidora. ¡Ay, no, la gerente, la gran piedra, nooooo, gerente, no!!!, grito para adentro.

- “Está ocupada, ¿quiere esperarla?”, me pregunta.

- “Sí, claro, estaré mirando libros”, le digo.

En esas que se cuela el cuarto personaje de la jerarquía, que aquí presentaré el tercero por orden de aparición: el dueño, el amo, el mandamás que nadie.

c) El dueño. En una empresa que edita y distribuye veinte mil títulos al año, cómo decirlo, el dueño, veinte años mayor que la jefa de ventas, es posible que conozca menos del catálogo editorial de su empresa que la propia dependienta. Él se dedica más a los contactos institucionales, a dejarse ver por donde se mueven las cuentas (y dejarse de cuentos), a cerrar acuerdos con políticos, rectores de universidades, entidades bancarias. Al dueño, sinceramente, la revista Bostezo se la pela. Pero da la casualidad que pasa por allí y la jefa de ventas -mi improvisada mentora- tiene a bien presentármelo.

- Señor, le presento al señor Walter, que trae una revista de España.

- ¿España? Vale tío, que viva España (imita el acento de manera exagerada)… ¿ya fue a la plaza de toros de Bogotá? ¿qué tal los toros por allá?

- ¿Los toros? Los toros bien, bueno, menos cuando los llevan a la plaza.

(No sonríe, cierto que mi comentario no tiene mucha gracia, pero no es por eso: detecto que no me escucha).

Entonces descubro algo que me suele pasar: hay gente que pregunta no para encontrar respuesta de su interlocutor si no para dar pie al tema del que quiere hablar. Así es como el dueño se pone a hablarme de toreros colombianos. Yo sigo la conversación con inusitado interés. Mirad, si esto sirve para que la revista se venda a cascoporro en San Diego estoy dispuesto a escuchar la historia completa de la tauromaquia colombiana. De los toreros se pasa a los ciclistas (no me pregunten el hilo conductor, pero los parlanchines tienen facilidad para brincar de un tema a otro sin que su pasmado interlocutor sepa cómo y cuándo dio el salto): me pregunta dónde está Indurain, qué hace ahora (”bien, estará en su casa, no sé”) y luego me cuenta las hazañas de ciclistas colombianos en Europa, los escarabajos, Lucho Herrera, el Parra, que si Perico Delgado se venía a Colombia a prepararse las etapas de montaña, que si las pilas Barta habían financiado el primer equipo amateur del muuuundo (recalca) que fue invitado por el Tour de Francia…. “Les jodimos a esa banda de europeos”, me comenta orgulloso para después recitarme de memoria el nombre de todos los componentes de aquel equipo que fueron a disputar el Tour en 1984. Es la segunda persona en menos de una hora que me habla de ciclismo con tanta vehemencia. El primero, el taxista que me ha traído hasta la feria, pero todavía es pronto para corroborar que el ciclismo sea asunto nacional en Colombia.

La chica de ventas se apiada de mí (y también de ella). Interrumpe a su jefe cuando me está contando el desarrollo de los piñones que empleó Lucho Herrera para ascender el Tourmalet, una cuestión que, sinceramente, excede a los conocimientos básicos que me gustaría tener de ciclismo colombiano y de ciclismo en general.

- Señor, el señor Walter trae esta revista, la revista Bostezo. Está buscando distribuidor en Latinoamérica.

- Bostezo, ¿y eso? ¿me voy a dormir mientras la lea?, bromea sin gracia.

- Posiblemente, le respondo con menos gracia todavía.

- Está bien –dice sin siquiera tocarla-, ¿ya hablaron con Juanita?

- Todavía no, está ocupada.

- Bueno, pues háblenlo con ella, tío, venga alegra esa cara, que esto es Colombia, joder, tío. ¿Le gusta escalar en bicicleta?

Me convenzo de que tengo dos opciones para camelarme a este señor, con el desgaste psico-físico que me supondría: o invitarle a una tarde de toros o acompañarle a un ascenso en bicicleta. Lo primero no me hace mucho y lo segundo, si al menos hubiese dicho pasear, pero es que ha dicho escalar. Ya me es suficientemente complicado sobrevivir en una ciudad a 2.200 metros de altura, para encima tener que escalarla unos cientos más. Desisto. El dueño se despide con un apretón de manos. Perdí mi oportunidad de granjearme sus simpatías.

Supongo que aquí es donde fallo. Que para los negocios de altura hay que invertir un 95% en reírse los chistes, en caerse bien, en salir en bici, en irse de copas (lo dejaremos en copas) y el 5% en cerrar el trato. Vamos que cuando el primer 95% ha funcionado, el 5% ya va rodado. Pero cuesta ponerse de acuerdo en ese 5% si en el 95% restante no existe ni un solo punto de conexión. Nuestras respectivas vestimentas ya funcionan como selección natural de la especie editorial, donde no es necesario que el pez grande se coma al chico. Basta con dejarlo morir desnutrido.

Y entonces aparece en escena el tercer personaje de la pirámide (cuarto por orden de aparición): la gerente. En el pasillo se cruza con el dueño, que le cuchichea algo al oído. Es aquí donde tengo que darlo todo.

d) La gerente. Lo reconozco: tuve mala experiencia con una gerente editorial. Vale que no está bien generalizar, pero es que Juanita, diez años mayor que la jefa de ventas, me recuerda demasiado a aquella: su gesto, su vestuario, su peinado, sus gafas de ver de cerca. Cómo explicarlo: son gente que, para defender su estatus, deben hacer dos cosas, bueno tres: loar al que está por arriba, aplastar al que está por abajo y abusar de su posicionamiento social para disimular su mediocridad. La política está llena de estos especímenes. Se les reconoce a leguas.

- Le presento al señor Walter, él viene con esta revista de España y le gustaría distribuirla acá en Colombia, le comenta la abnegada jefa de ventas.

- ¡¡Una revista!! –exclama como si le estuviese presentando un frasquito con el virus de la malaria- ¡Ay, qué pena! Ya no cogemos revistas, ya nadie las quiere vender. Además, no es como España, acá no hay quioscos. Son imposibles de distribuir.

- Ya, ya, en España es lo mismo, con quioscos y todo. Pero como he visto que tenían el Viejo Topo y Quimera en esa estantería.

- Sinceramente, no sabemos cómo deshacernos de ellas, las tenemos en stock desde hace años. Ya les dije a los de ARCE que por favor no me enviaran más revistas. Están condenadas a convertirse en publicaciones digitales. Al menos aquí, en la vieja Europa (así lo ha dicho) igual hay más tradición.

Es la segunda vez en dos meses que me toca escuchar que las revistas están condenadas a desaparecer: la primera fue la jefa de la biblioteca del Instituto Cervantes de París, que nos aconsejó que nos dejásemos de papel y subiéramos Bostezos al iPod. Paradójicamente, esta preveía que las revistas en papel acabarían siendo un reducto nostálgico del mercado latinoamericano.

Conclusión de ambas: las revistas cuanto más lejos mejor. Una por considerarlas viejas; la otra, anacrónicas.

En ese instante me entra el espíritu Bostezo (Daría, Carlota, ya sabréis de lo que estoy hablando): “A nosotros que se venda o no nos da igual, no he venido aquí a vender revistas”.

- “¿Y qué precio tiene?”, dice, obviando por completo mi anterior comentario.

- “Seis euros, bueno también le pusimos precio colombiano”, le digo más animado (no sé si os habréis fijado que en la portada colocamos los precios de venta de Bostezo en países latinoamericanos, otra flipada más, Daría).

- “¿Cincuenta mil pesos? Carísimo. Mire, el Viejo Topo cuesta doce mil pesos”.

- “Igual nos confundimos cuando calculamos el cambio, es que como hay tanto cero. Lo podemos bajar a lo que usted considere… quince, doce mil pesos. O cinco mil, da igual. Lo importante es que tenga presencia en la Feria”.

- “Ay, señor, ¡qué pena con usted! pero es que estamos hasta arriba de trabajo, habría que meter su revista en el sistema, fijarle un precio, darle un comprobante del depósito, ponerle una etiqueta…”, se excusa (“Señora, todo eso son diez minutos a ritmo caribeño”, pienso)

- “Ella me comentaba que podría moverse bien los en Estados Unidos”, digo buscando una complicidad que ya no encuentro en la jefa de ventas, que se mantiene callada. La entiendo. Bastante ha hecho con presentarme a su superiora. Pero asumo que no le puedo pedir que le lleve la contraria delante de sus narices. Si la gerente dice que no, es que no. Hago un último y desesperado intento:

- “Mire, yo le dejo las revistas sin compromiso ninguno y el último día de la Feria vemos cómo ha ido. Pero no para que me las pague, si no para ver si ha llamado la atención del público”.

En esos momentos ocurre un fenómeno muy latino: hay gente que prefiere ignorarte antes que negarte. En lugar de decirte un NO rotundo –que queda muy feo- prefieren hacer como que no les estás proponiendo algo que, por lo que sea, no podrán concederte. Es mejor pasar unos segundos de incómodo silencio que darte un NO por respuesta. Sucede así, en apenas cuarenta segundos de silenciosa tensión latente:

- “¿Entonces? ¿Les dejo las revistas?”, le insisto.

- “(…) (…)”, me contesta.

- “(…) (…)”, le imploro.

- “(…) (…)”, se excusa.

- “(…) (…)”, le suplico.

- “(…) (…)”, concluye.

-“(…) (…)”, suspiro.

- “(…) (…) Señor, eeeee…”, titubea.

- “Walter”, le apunta la jefa de ventas.

- “Disculpe, señor Walter, le tenemos que dejar que todavía tenemos que acomodar unos libros. Un gusto, espero que le vaya muy bien por Colombia. ¿Hasta cuándo se queda? ¿Nos dejaría un ejemplar de la revista? Con gusto, cualquier cosa nos estaríamos poniendo en contacto con usted. Que le vaya muy bien” (otro apretón de manos).

La jefa de ventas se despide con gesto resignado. San Diego tendrá que esperar.

- “¿Pero no era que íbamos a forrarnos vendiendo Bostezos en los Estados Unidos? ¿Acaso no era una revista muy chévere, que se merecía una oportunidad?”, le hubiese preguntado entre sollozos, si hubiésemos tenido un momento.

- “Ya, amigo, pero así es la vida, no le entraste por el ojo a la gerente. Te la tendrías que haber trabajado un poco más. Haberla seducido, no mirarla con esa cara apendejada. Además, te trastabillaste varias veces. ¿Y qué es eso de ir regalando revistas a distribuidoras? Ahí tiraste tu producto, cuando le suplicaste que te las cogiera gratis. Y la próxima vez que vengas a hablar con la responsable de una empresa que mueve veinte mil libros en su fondo editorial, haz el favor de vestirte mejor. O al menos, de atarte los cordones”, me hubiese recriminado.

Tampoco es para tanto: al menos esta vez llevaba subida la cremallera del pantalón, me digo no sin antes cerciorarme de que, efectivamente, es cierto.

Somos pobres, feos y nuestros contactos son como somos. No es casualidad que acabara el día departiendo alegremente en el stand de unos tipos –dizque independientes- que editan unas cosas demodé, nacidas para extinguirse. Les llaman revistas. ¿Qué cómo les va? No les puede ir mejor. Como a nosotros.

PD: Una semana más tarde me topé con una céntrica librería, ideal para vender Bostezos. Ellos todavía no lo saben. Estoy esperando al próximo arreón.

Clasificado como bostezo
5 comentarios en...
“No nos puede ir mejor”
Molly Cohaagen

Jolín Walter, yo no se como no estás en Esade o en alguna escuela de estas dando clases de marketing y comercio internacional!


Doctor Livingstone

Somos como somos.

Me encanta volver a tu blog, Walter.


Juntaletras de El Heraldo

“Ay, qué pena…”. Es taaaan colombiano


Picci

Cómo elefante en cacharrería!!…
de qué otra manera podría ser?


La ramera

Fantástico el texto. Una sinécdoque del mundo editorial.




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entre el estupor y el desenfado

© 2008-2010 (Revista Bostezo) - Actualizado: 07/07/2012