Walter Buscarini

Antropología de los bares

2012 4 Mayo
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Aquí surge otra reflexión y es la manera en la que interpretamos la información que nos llega –vaga, imprecisa, descontextualizada- de los rituales de otras culturas. Hace un par de años puse a prueba la veracidad de una leyenda urbana que sobre las costumbres musulmanas circula por los bares que frecuento. Fue durante una cena en los campamentos de refugiados saharauis, acompañado de dos muchachos argelinos, una chica saharaui y un amigo vasco. Estábamos cenando en la sala principal del cochambroso edificio de la ONU en Dajla, cuando sentí que un esplendoroso eructo se me gestaba donde se gestan los eructos. Como las pizzas y las coca-colas las habían pagado los argelinos, trabajadores de una ONG francesa, pensé que era el momento de aplicar mi sabiduría popular sobre el mundo musulmán: el eructo serviría para certificar mi inmensa gratitud por la invitación. Y cuanto más potente fuera más agradecimiento sentirían, pensé, así que decidí beber más y más coca-cola para acumular el mayor número de gases en mi interior. De esta manera quise estrechar los lazos interculturales con la población musulmana, como los hay que optan por fumar en cachimba o ponerse una túnica o una palestina. Ni el Manu Chao llegó tan lejos: el eructo como asimilación de la cosmovisión de la otredad. ¿No os parece maravilloso?

Atiborrado de gases, a punto de explotar de tanto aguantármelos, un estruendoso eructo rebotó en las paredes del edificio poniendo a prueba su endeble estructura. Tan espeluznante fue que dos guardias saharauis que custodiaban la entrada del recinto acudieron raudos al interior de la sala, temiendo un suceso de mayor calado al acontecido. Lo sostuve en el aire unos cuatro segundos, quizás cinco. Cuando finalicé tan generoso acto de agradecimiento descubrí el gesto pasmado de los dos argelinos. Uno, el que estaba sentado a mi lado, quedó petrificado, hasta que reaccionó para hacer ademán de vomitar (el eructo había impactado a escasos milímetros de su cara). El otro, más alejado de la zona cero, se levantó de la silla y profirió unas palabras en árabe que, a juzgar por su tono, no parecían expresar cordialidad, mucho menos agradecimiento ante semejante acercamiento a su cosmovisión personal. Traté de disculparme con ostentosos gestos. Esta vez la ausencia de un idioma en común acrecentaba la incomprensión, la perplejidad de los rostros. En un principio pensé que quizás me hubiese precipitado, que al menos debería haber esperado a que ellos también acabasen de cenar. Aquí pudiera ser que residiera el malentendido, en una cuestión de tiempos. Ciertamente, y esto era algo que debería haber previsto, desconocía en qué momento exacto había que emitir el eructo. A lo mejor me tendría que haber esperado a los cafés. Lo cierto es que algo había fallado, pero no sabía exactamente el qué.

En semejante estado de confusión, traté de acordarme en qué momento –en qué bar, en qué web- había interiorizado yo que a los musulmanes les parece de buena educación que les eructen después de comer. No pude recordarlo, quizás fuera a los chinos o a los chechenos. O puede que fuera a los afganos o a los malayos, que musulmanes los hay muchos y muy diversos (lúcida conclusión que llegaba a destiempo). Empecé a dudar seriamente. Busqué entonces la complicidad de mi amigo vasco, sentado en la otra esquina de la mesa. Por aquel entonces él vivía en Argelia, con lo que podría explicarme en qué me había equivocado. Pero el descojono le impedía articular palabra. Fue la chica saharaui –doce años tutelada por una familia santanderina, atea, hispanohablante- la que me explicó que, para empezar, los muchachos no eran musulmanes sino kaibiles, una cultura que alardea de refinados hábitos afrancesados, lo cual lo explicaba todo por sí solo. Pero todavía había más: aun habiéndolo sido, un eructo no podía soltarse a las bravas. Debía hacerse en una atmósfera cálida, en un clima de confianza, comida casera y ambiente familiar y, aun así, había que ver con quién, el cómo y, sobre todo, el cuánto. Vamos, que nada más alejado que eructar despiadadamente a un par de desprevenidos argelinos con los que compartes una miserable pizza y unas coca-colas en un destartalado campamento de refugiados. De como un bien agradecido puede convertirse en un maldito desgraciado.

Clasificado como bostezo
3 comentarios en...
“Antropología de los bares”
Efrén

Viajar es necesario…


Johnb593

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Yvette

zalomero 22 noviembre, 2011 Para med, desde luego, lo fanico que se salva de la peledcula es la esenca de la pezonera. Creo que la moraleja es: nunca te cases con una teda que este1 como un cencerro, por muy buen tetamen que tengan.Lo del planeta no me gustf3. Me parece que le quita mucho realismo a la peledcula.




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entre el estupor y el desenfado

© 2008-2010 (Revista Bostezo) - Actualizado: 07/07/2012