DF
Estoy en una ciudad a la que quiero y que me quiere. Una ciudad pomposa, esquizofrénica, intensa. Estimulante. También contradictoria: a la mega-urbe más grande del planeta se le conoce por la nomenclatura más corta: DF. Aquí la vida fluye a raudales; en medio de la muchedumbre surge una conversación, de repente, en un re-encuentro inesperado. Me pasó ayer con un amigo al que le perdí el rastro hacia tiempo. Toparse con un conocido en una ciudad de 20, 30 ó 40 millones de habitantes (depende del taxista que los cuente) tiene connotaciones cosmológicas, motivo sin duda para celebrarlo,… nos fuimos a tomar unas chelas y así empezó mi andadura por el DF, ciudad en la que aterricé el viernes por sexta vez. Es la ciudad que más he visto desde el cielo, imponente e inabarcable (el cielo y la ciudad)
Quiero estar sólo, lo necesito para retomar el pulso al chilango. Me despido del cuate y camino desnortado camino del Zócalo, en busca del epícentro del universo. Evito a la muchedumbre, mirada horizontal, reconozco mismos rostros en puestos callejeros (tanta quietud me inquieta, la misma gente en el mismo lugar viendo las mismas caras y haciendo las mismas cosas). Me fascina la rutina (como me fascinaría escribir una novela de 3.000 páginas o dedicarme exclusivamente al estudio de las moscas: me fascina lo que se me hace incomprensible). Me fui hace un año de aquí, convertido en ciudadano chilango y regreso ahora como visitante temporal. Estoy desentrenado: he perdido argot (¡yo que ya sabía conjugar a la perfección el verbo chingar!) y reflejos: nada más llegar al aeropuerto me dejé timar por un taxista, aquí hay que estar a las bravas en el regateo, la diplomacia callejera y la negociación constante (el “ponerse de acuerdo” es posible hasta con la persona que, con cuchillo en mano, está insinuando que quiere asesinarte).
Por la tarde, presentación de LA VIDA PÓSTUMA. Con los amigos de verdad (cómplices, apoyo incondicional, fascinación compartida) la distancia temporal se esfuma de un plumazo. Albeliz Córdoba (mi editora) y Alejandro Morales (animal poético) me hacen que todo sea más fácil. Como diría Pablo, me siento cómodo (aunque no consigo remediar ese cosquilleo escénico). Abrazos, risas, contactos de aprobación. Vendemos unos libros, también unos bostezos (aunque, como intuía, también los cambio según el sistema de trueque). El momento cumbre es cuando Alejandro Morales se sube a cantar uno de mis textos (con cara de sátiro, voz desencajada). Admiro a mi gente en el DF, su capacidad de supervivencia en esta selva humana (por cierto amigos, creo que a Occidente le vendría bien que impartieran unos “talleres para sobrevivir en tiempos de crisis”). Porque el que siempre ha estado jodido, no nota el cacareado decrecimiento. Cada vez estoy más convencido que en una cuarta guerra mundial sobrevivirían cuatro especies: las cucarachas, Manuel Fraga, los saharauis y los chilangos.
Dicen que el país está en la ruina, que vive en estado de guerra no reconocida entre el gobierno y los carteles de la droga (para ser más precisos: entre los narcotraficantes que apoya el gobierno y los narcotraficantes que se sienten jodidos por estar excluidos de ese tácito acuerdo gubernamental con determinados mandamases de la droga. Esto no lo leerán en ningún medio y el periodista que se atreva a airearlo tiene dos opciones: o esconderse para siempre (como el italiano de la Mafia, ¿cómo se llama?) o descansar bajo tierra. La noche antes de mi partida, Nacho Messeguer me apuntó un dato que había leído: “cada día muere más gente por muerte violenta en el DF que en Bagdad”, una estadística que aquí provoca sorna e incredulidad. Las cifras de asesinados en lo que va de año oscilan entre 4.000 y 8.000 personas en todo el país. “Si no somos capaces de contar a los vivos, para qué vamos a contar a nuestros muertos”, me apunta Sarai, periodista del CANAL 11. Y es que en esta ciudad todo adquiere una magnitud desorbitada, exagerada, la monstruosidad genera más monstruosidad: 2.000 personas sobreviven bajo las alcantarillas, 50.000 en poblados surgidos en el interior de los vertederos y unos sesenta idiomas se pueden escuchar en la ciudad (en México hay 62 lenguas indígenas reconocidas).
La vida bulle en el Zócalo, se escapa por sus arterias. En una misma plaza coindicen una pista de hielo artificial, una manifestación del sindicato del gas, unos talleres para la prevención de la violencia intra-familiar, una exhibición post-moderna de break-dance (justo al lado de unas mujeres que ofrecen una limpia según el ritual azteca). ¡Bienvenidos al gran circo de la humanidad! Me hago unas quesadillas callejeras que me saben a Gloria, luego me refugio un momento en mi antigua azotea, donde recupero el prisma de mí mismo. Definitivamente, me hacía falta un golpe de chilango. Para posicionarme de nuevo como insignificante molécula particular en medio del cosmos. ¡Qué tranquilidad!

“DF”