Lecturas para bostezar (II)
Hoy, “Tempestades de Acero”, de Ernst Junger
Junger es Doña Perfecta: el más sabio, el más honesto, el más decidido. En consecuencia, el más antipático de los escritores del s.XX. En sus memorias de la guerra del 14 le tocó ser el más valiente. Lo cierto es que salió con vida casi de milagro en numerosas ocasiones, y que lo cuenta muy bien y es menos petulante (pero también menos profundo) que en “Radiaciones”, el dietario de sus experiencias de la Segunda Guerra Mundial. Además de la peripecia, lo más interesante son sus reflexiones sobre “la guerra de material”, sobre las fuerzas industriales que convietieron la guerra de trincheras en una “tempestad de acero” de munciones de todos los calibres que caían sobre los soldados enviados al matadero por carcamales que aún creían estar en la época napoleónica. Junger no habla de política (de política normal; a él le va la “gran política” nitzscheana), sólo de estrategia, de valor, de muerte heróica y de las revelaciones que se producen, misteriosamente, entre atronadoras descargas de las “jeringuillas de balas” de la artilleria. Para potenciales invasores de Polonia.
Daría Barbate
