Experimento
Es curioso lo de los 24-25 de cada diciembre. Parece que se parara el tiempo, como si para llegar al 26 hubiésemos de atravesar una barrera de ultrasonido compuesta por chistes, empachos, turrones y licores. El país se paraliza, el tiempo se detiene, todo es más denso. ¡Qué sopor!
Son las 22.11 de la Nochebuena y he decidido pasar solo la típica cena de esta noche. No porque no tenga familia (la tengo y la adoro seguro que mucho más que algunos de los que ahora deben estar forzando gestos amables alrededor de la misma mesa) o porque no tenga con quien ir (varias familias me han invitado a sus cenas o si no lo han hecho estoy seguro que podría apalancarme,… los inclán cervera, los conejo llorens, los ferrando, los briseño, los bernabé),… no porque vaya de raro o de asocial, no. no. no es eso,…. pero habrá que dar el primer paso para acabar con las cíclicas tradiciones impuestas basadas en el disimulo histórico y la doble moral. En fin, que quien quiera cenar en compañía el 24 de diciembre es libre de hacerlo, pero es que hoy, entre el frío y lo bien que estaba en pijama y una buena lectura (Tinta del exotismo), no me apetecía salir de casa. He cenado bien (aunque reconozco un momento de bajón cuando he visto sólo mi cubierto y en la tele todo el mundo recordando que es nochebuena y bla, bla buenos sentimientos, bla, pobrecitos negros, bla, bla, la he tenido que apagar). Disculpen. Nos vemos mañana (la comida de Navidad no me la pierdo, me apetece, sólo es eso: cuestión de apetencias). A mí que me obliguen me provoca un fuerte dolor en la entrada del estómago (me gusta que mi cuerpo psicosomatice mis agobios, así no me queda otro remedio que hacerme caso)

“Experimento”