El ánimo del viajero
Cambrils 8 de febrero
En cierto modo, el ánimo del viajero es infatigable. Estoy cansado -hastiado- de tanto trayecto, de mochilas deshilachadas, caras nuevas, guiones repetidos en diferentes situaciones. Pero sobre todo de cosas acumuladas en los bolsillos (por una razón que no alcanzo a comprender cuando viajo siempre acabo con los bolsillos llenos de material desechable: bolsa vacía de pipas, ticket caducado de metro, flyer de un lugar donde me prohibirían la entrada, monedas de dos céntimos…
Ya no sé por qué viajo y, sin embargo, sigo haciéndolo. Ahora mismo podría subscribir el discurso acomodaticio de que en casa se está como en ningún sitio. Desde que escapé el viernes voy maldiciendo el hecho de haber salido. He pasado toda la tarde del domingo pensando en regresar (podría volver en un par de horas, esta vez no me he ido tan lejos). Y sin embargo, una incomprensible condición de viajero (que se tiene o no se tiene, y es tan virtud como defecto) me obliga a seguir trayecto, tirando millas, desperdiciándolas. Llamo a una amiga en Tarragona, esta noche estaré por allí, otra vez, otra casa, otra cama, otra forma de encender el gas, otras llaves, otro gato al que aguantar… Manifiesto una habilidad que me agota: la de insertarme en un lugar con la sensación de que podría pasar allí el resto de mis días, para luego desaparecer… lo que podría ser fuente de placer me aboca a la ansiedad por querer ser uno en muchos lados.
Debe ser la curiosidad o esa lucha perdida por sentirme ubicuo. O que siempre tengo esa sensación de que habrá algo que me estaré perdiendo. Como la fábula de las matrioskas rusas que el otro día me explicaba Eva referida a las relaciones sentimentales: la incapacidad de centrarse en ninguna por la curiosidad por saber cómo será la siguente ‘matrioska’…
Viajo cansado, solo, de mal humor, sin pijama ni cepillo de dientes (los olvidé en un cuarto), lo cual acrecienta los estrupos que lanzo por mi boca pastosa. Observo la carretera como un túnel infinito, pienso en tomar todos los cambios de sentido. Quemo el CD de Charly García (incluso en los viajes busco generar síntomas de rutina). Añoro una partida a la play, un fogón donde María, una discursión con Paqui sobre la portada o una quedada con David o una visita rápida a la fustería. Mi entorno me aporta sosiego, pero de vez en cuando, contradiciendo mi bienestar, salgo a buscar algo que rara vez encuentro. Pero sé que lo seguiré buscando, así de infatigable es el ánimo del viajero. Aquí estoy, cerca-lejos con esa sonrisita que se me escapa al pensar que para dejar huella hay que levantar el pie del fango. Os echo de menos. Ahora vuelvo, que ya tengo ganas de echaros de más…

“El ánimo del viajero”