Walter Buscarini

¿Se puede hacer una revista así?

2008 Febrero 27th
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Divulgativa sin ser banal
Instruída sin resultar petulante
Arriesgada sin ser pretenciosa
Crítica sin resultar quejumbrosa
Seria sin ser solemne
Entretenida sin resultar trivial.

Clasificado como bostezo

Apología del bostezo (Igor Sosa)

2008 Febrero 26th
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(Aunque la elección del nombre de la revista responde a otros criterios, encontramos este artículo de Igor Sosa por la güeb que nos reforzó la idea… aquí os lo presentamos)

A lo largo de toda nuestra cultura occidental, tan dada ella a la elucubración abstracta y la pirueta intelectual intrascendente, tan macerada en disquisiciones y descreída en sus principios, hay un damnificado de primer orden, un olvidado por teólogos y filósofos, por escritores y escultores, por políticos y periodistas: el bostezo. Porque, veamos, con la mano en el pecho: ¿qué sabemos del bostezo? ¿Se ha parado alguna vez usted, lector, a considerar el bostezo en su propia esencia, el bostezo sin adherencias, el bostezo, pues, en estado puro? Ni siquiera la Santa Madre Iglesia que durante tanto tiempo nos ha iluminado en los entresijos más estrambóticos de nuestra existencia parece haber tenido consideración alguna con el bostezo. Durante siglos la Iglesia condenó la risa y persiguió la comedia como prácticas peligrosas, tentadoras de los sentidos y poco proclives a inculcar la «contritio cordis» que de todo buen cristiano se espera. Pero ¿y el bostezo?, ¿algún padre de la Iglesia nos ha dejado algo escrito sobre achaques de bostezos? ¿Alguna página, alguna taxonomía de la «Summa theologica» de Santo Tomás dedicada al bostezo? Nada, absolutamente nada. La existencia ignorada del bostezo se demuestra sin ir más lejos en que ni siquiera los autores con páginas más rocambolescas le dedican un mísero relato. Kafka, que dedicó sabrosas páginas a «El artista del hambre», ¿se paró a escribir siquiera unas líneas al «artista del bostezo»? Es más: cuando «Tip y Coll» ideaban aquel «sketch» glorioso sobre las instrucciones para llenar un vaso de agua, ¿se les ocurrió elaborar también un manual para el bostezo? Y, sin embargo, la taxonomía del bostezo revela tipos variados y manifestaciones multiformes de una práctica que iguala razas, sexos, religiones y clases sociales; práctica, pues, ecuménica y democrática. Existe el bostezo tradicional, con su apertura desmesurada de boca, su exhibición de dientes, muelas, paladar, lengua y, en su caso, úvula, manifestación biológica de cansancio o sencillamente aburrimiento. Por si fuera poco, el bostezo es contumaz, transgresor, juguetón, inquietante y afanado en hacer acto de presencia en aquellos momentos donde su aparición es entendida lisa y llanamente como agravio imperdonable: esa conferencia sobre los beneficios de las aguas termales, ese concierto de música tradicional finlandesa al que nos han invitado, esa conversación con la novia sobre el color de los sofás del futuro hogar común… Y existe el bostezo de nerviosismo, bostezo postizo (postezo se podría llamar), especie de conato bostecil, cuya misión, liberarnos de las tensiones, le hace convertirse en el fondo en sombra de sí mismo… ¿Y qué decir del bostezo reprimido, atenazado? Ese suave vibrar de las aletas de la nariz, ese estirarse para controlar su descabalgamiento, esa boca apretada consiguen metamorfosear el rostro más adusto en una especie de gárgola de catedral gótica. Sinceramente, ¿se merece el bostezo este ninguneo secular?

Clasificado como bostezo

El futuro de África

2008 Febrero 24th
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Ya se sabe que el periodismo (y en especial el deportivo) está plagado de manidos clichés, afirmación que de algún modo supone un cliché per se. Como ese que desde hace dos décadas viene augurando que el futuro del fútbol se encuentra en África. Cada vez que se celebra una Copa africana o se avecina un Mundial de Fútbol se apunta hacia esa dirección. O sea, que mientras el futuro del continente se desparrama en baremos económicos, sanitarios, medioambientales o en esperanza de vida, resulta que el porvenir futbolístico es suyo. ¿Significa entonces que el futuro de África está en el fútbol? ¿Será cierto o nomás un guiño compasivo ante la agonía africana, como las aseveraciones de que las sonrisas de sus niños son especiales o que la dulzura de sus gentes es inigualable? Hasta donde yo sé ninguna selección africana ha realizado un papel estelar en ningún Mundial, salvo hazañas esporádicas juzgadas desde el exotismo más folklórico. Por otro lado si la Copa de África merece alguna cobertura mediática es porque nuestros clubes se ven obligados a ceder futbolistas a sus selecciones. El próximo mundial (FIFA mediante) se celebrará en Sudáfrica, un buen escaparate para que un puñado de futbolistas africanos puedan cumplir su sueño: marcharse de África. Ojalá algún día los niños europeos anhelen vestir los colores del club ghanés Asante Kotovo o el tunecino Etoile du Sahel y los principales medios de comunicación tengan a bien publicar la clasificación de potentes campeonatos como el nigeriano o el camerunés. Aunque quizás hubiéramos de ocuparnos primero del futuro de África, sinceramente, una cuestión que, a día de hoy, nos preocupa mucho menos que el futuro del fútbol. “¡Pues claro!” (con voz de hincha del Atleti).

Clasificado como bostezo

Arranca la campaña pre-electoral

2008 Febrero 21st
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Agotados de esperar el fin (himno)

2008 Febrero 21st
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Imagen y audio no coinciden, suenan desafinados, penosa grabación (que acaba antes de tiempo), volumen desfasado… aún así, flipad con el ambientillo en este concierto de Los Ilegales. ¿Cómo acabaría aquella noche la chica que grazna en primera fila? ¿Qué estará haciendo ahora?

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Tormenta de ideas

2008 Febrero 20th
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Uno de los insignes colaboradores de la revista nos ha enviado una serie de “ocurrencias”. Las publico aquí como posible abono de reflexiones al respecto…

1. ¿Para que otra cosa sirven los genitales además de para un uso históricamente normativo?
2. La institucionalización de la banalidad ¿el fascismo del futuro?
3. El aburrimiento como forma de lucha cultural
4..Louis Ferdinand Celine: el fascista inteligente
5. La tormenta de una escritura silenciosa: Julien Gracq
6. Todos imbéciles. Genealogía del poder cultural dominante
7. El cuerpo errante. Exilio, inmigración, enfermedad
8. Acerca del dolor
9. Patologías culturales del siglo XXI
10. El miedo y la nuevas membranas sociales del siglo XXI

Clasificado como bostezo

Rebuscado epígrafe para recapacitar

2008 Febrero 20th
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La bondad de una tragedia se comprueba por su contraposición a la ironía y la vulgaridad, pudiendo absorber dentro de ella alguna de estas cosas y continuar siendo tragedia (I.A. Richards)

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Despertares…

2008 Febrero 18th
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Hubo un tiempo (cuestión de meses) en los que me dio por pensar que cada vez que me dormía ya no despertaría. Intuición onírica, una mosca en mi almohada, cosquilleo ciclotímico del que no sabe si desea morir en la profundidad del sueño. Por si acaso, antes de dormirme, dejaba mis cachivaches ordenados (algo totalmente inaudito), una carta bajo la almohada con un pasatiempos incompleto dentro y la Biblia abierta por San Pedro (pensaba que le daría un toque excéntrico a mi obituario). Nunca le confesé a nadie aquel presagio, ni siquiera a Ariadna, la chilanga con la que por aquel entonces compartía cama y mal aliento. Eso sí: la penetraba como nunca, como si fuese la última vez que lo hiciera. Después me dormía, no sin antes fumarme un cigarro con sabor a despedida. En penumbra, imaginaba mi entierro con canciones de The Pogues en el sepelio. Cerraba los ojos sonriendo, y fingía mirada de ultratumba. Cruzaba los brazos sobre mi pecho, ridículo gesto que en aquel momento interpretaba como ritual adecuado. Imaginaba a Ariadna descubriéndome cadáver al amanecer, su cara estupefacta (qué fea eras por las mañanas), avisando a mi familia, y la ambulancia, y el juez, y la sospecha de que ella me hubiese envenenado, y mi tedioso entierro. Mira que les avisé que no quería sermón ni cura, sólo The Pogues, mucha sangría y pocos versos.
Despertaba de mal humor. Reconocerme vivo me provocaba un malestar que transportaba durante el día. Salía temprano a la calle, en pijama y coléricas legañas. Con gestos de superviviente y barbas de naufrago caminaba hasta el Zócalo (en aquella época rentábamos un cuarto en la calle Allende). Tocaba el cambio de turno del personal de limpieza, desayunando tequila en la ciudad de la esperanza. Buscaba que el ritmo de mis pasos fuera diferente a los de la muchedumbre, levantaba la falda con la mirada a las adolescentes, ignoraba a indios y mendigos. Repudiaba a los viejos que caminaban doblados, buscando en el concreto un lugar donde cavar su agujero. Me plantaba en medio de la plaza, centro energético del cosmos según las guías turísticas del Distrito. Y dudaba de seguir vivo, de que alguien lo hubiese estado en algún momento. ¿Y si todo fuese una ilusión óptica, un espectro gigantesco? En el siglo XVII unos escribas rumanos interpretaron el Génesis en versión somnolienta: cuando Dios descansó ya no se volvió a despertar. El resto sólo es el reflejo de su sueño infinito. Dios existe, ¿pero existimos nosotros?
La realidad se difuminaba, menguaba a cada paso. Hojeaba las portadas de los diarios, las noticias de siempre: marines en Irak, el fondo monetario internacional, el homicida múltiple de Manhatan, un terremoto al norte de Pakistán. Ficción. Entraba en la Catedral, clavaba la ojeriza mirada en sus paredes homicidas de templos aztecas que, a su vez, fueron construidos sobre las ruinas de civilizaciones anteriores. Ceremonia destructiva. Tautología de la Historia acontecida en capas superpuestas, donde idénticos zánganos crearon los mismos dioses con diferentes nombres para paliar la infinita zozobra de saberse suspendidos en la inconsistencia del vacío. Secuencias reincidentes, calcadas consecuencias. ¿La Historia se repite o fue siempre la misma? ¿Cuánto tiempo llevaba observando la bóveda de la Catedral: dos minutos, seis quizás, siete días, dos meses, un millón de años? Mil maha-yugas es un kalpa. Quietud cíclica como resultado de multiplicar el movimiento inerte por el tiempo dividido entre la velocidad empleada en enterarnos. Si lo pensó Borges lo pensamos nosotros, pensaría Borges y también nosotros (petulancia de falso erudito).
Recordaba entonces los senos de Ariadna, sus pezones de veinte pesos. Sería mejor si regresara a casa. Caminaba por calles con nombres de países centroamericanos, las más pestilentes del centro. Malolientes cantinas, mesalinas apestosas, tianguis atestados. Tanta hediondez calaba en mis agravios. Voces internas me exigían regresar al espacio exterior donde la razón todavía guardaba justificaciones y caían los días en el calendario. ¿Para qué?, les imploraba. Una picarona prostituta de doce años me aconsejaba que no les hiciera caso, que volviese a mi refugio. Agradecido, le prometía que un día emplearía el tiempo en crear un centro de apoyo a los irredentos que les ayudará en su reinserción social para convertirlos en serviles obreros o disciplinados soldados dispuestos a trabajar por cuarenta y ochos pesos diarios, salario mínimo regulado por el distinguido Ministerio del Trabajo. Hoy no, otro día, te lo prometo.
Cuando llegaba a casa, Ariadna ya había salido a su trabajo de mesera en un restaurante de comida libanesa en la calle Orizaba, chamba con la que mantenía mi neurastenia (¿dónde andarás mecenas? Si lees esto, por favor, llama). Pasaba las tardes en la estéril vorágine de las horas muertas. Me leía un libro, un café me sorbía, me consumían los cigarros, me escuchaba Iván Ferreiro. Me sobraban horas en el reloj estropeado. A través del microondas accedía a espacios fosforescentes donde estaba de moda decir la verdad y pasear en bicicleta. Una sociedad perfecta de seres esquilmados por la profusión sincera de sus más lóbregos pensamientos. El gobierno del lugar promovía la verdad como arma arrojadiza con la que mantenía atemorizada a la población. Revoltosos activistas eran encarcelados por promover cambios sociales a través de la recuperación de su restringido derecho a proferir mentiras. Grupúsculos armados combatían al ejército que defendía la verdad contra la mentira insurgente, que abogaba que otro mundo mejor todavía era posible. Aquel mismo día, un hombre había hecho estallar una bicicleta-bomba frente al Ministerio de la Certeza. Otros preferían pedalear hasta un acantilado cercano, incapaces de soportar la verdad constante, la verdad plúmbea, la incorruptible verdad. Hemos nacido para nada, deja lo que estés haciendo, se escuchaba en los altavoces colocados en las calles por el comité de la Sinceridad Suprema, órgano religioso de aquel espacio fosforescente del que regresaba cuando Ariadna entraba por la puerta.
“¿Qué? Otro día poniendo orden al Universo”, me decía con socarrona ternura mientras lanzaba su gabardina al suelo. Sin pedir permiso, se recostaba a mi lado en el diván. El molesto roce de su piel me devolvía a la vida por un momento. Cenábamos comida libanesa que ella robaba a unos cristianos de Beirut. Mientras, me narraba con ojos asustados su huída de aquel día. Ariadna sufría de manía persecutoria, una psicosis que me parecía divertida. Caminaba zigzagueante las aceras para despistar a sus fantasmas. Se sentía perseguida por fotógrafos de National Geografic, hordas de ambulantes o sucios gatos que le esperaban a la salida del trabajo. Le aconsejaba que anduviera de espaldas y que tuviera cuidado al doblar las esquinas. Después de cenar, Ariadna susurraba sus quejas por miedo a que las escucharan sus perseguidores. Levantaba discreta sus talones al caminar hasta la cocina donde, sin prender la luz, disolvía su vida en pastillas. Discreta presencia del que huye para no estar más consigo.
Después, otra noche: último polvo, último cigarro, mirada de ultratumba y la Biblia abierta por San Pedro. Mañana despertaría muerto. Aquella sensación fue pasajera -tres o cuatro meses- días felices comparados con éstos, en los que he aceptado el trato: yo ya no pienso y ellos me pagan un sueldo. Desde entonces sufro insomnio. No por miedo a dormir y morir en el sueño, si no por lo contrario: detesto asumir que muero y abrir los ojos de nuevo. Equilibrista dando brincos en cuerda floja sobre el abismo, la agridulce congoja de saberse vivo. Eso que otros llaman futuro.

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el lado más bestia de la vida

2008 Febrero 17th
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Sobre cócteles

2008 Febrero 17th
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Me gustaría saber fingir con mayor naturalidad. Esto que debiera sonar a oximoron (¿o será pleonasmo?) me vendría bien para soportar con arrojo una de las tareas menos gratificantes de este oficio en el que me he embaucado: la asistencia a cócteles de corte cultural, a los que tengo a bien acudir para la búsqueda de posibles colaboradores para la revista y hacer visible a la misma. Antes los soportaba adoptando una postura cínica-crítica, lo cual no deja de ser una pose apocalíptica para la única función que les otorga algún sentido práctico: en(tre)lazarse con gentes con parecidos (des)propósitos. No me será fácil vivir esa farsa con entusiasmo, mostrarme ante el escaparate cultural disfrazado de una apariencia que disimule debilidades. Tendría que comprarme un manual de saberse vender. Entre otras cuestiones, hace tiempo que las conversaciones colectivas me resultan triviales; le saco más jugo a un interlocutor en un careo. Por otra parte, sólo me interesa platicar con gente desenmascarada –despojada de oropeles- y este mundillo es uno de los más ornamentados que existen. Obligados a tomar posiciones, a trepar hacia una cúspide reservada para unos pocos (y somos muchos los escaladores), en esos ambientes se tiende a disimular carencias y exagerar virtudes.
¿Qué hacer pues? Una opción válida sería emborracharme cada vez que me viera obligado a asistir a alguno de ellos. Pero el alcohol suele sacar mi parte más batracia y sin duda sería un factor negativo para el-qué-dirán de la revista. Claro que, hasta ahora, el único placer que había sacado a los cócteles había sido el de ponerme hasta las chanclas de alcohol y atiborrarme de canapés. En el DF me estudiaba la lista de saraos culturales en una guía de la ciudad y acudía con la única intención de buscar algo de cenar; por suerte, vivía en la colonia Roma, atestada de museos y guettos artísticos. Casi siempre solía coincidir con una joven promesa literaria a la que admiraba por el desparpajo con el que se movía por aquellos andurriales. Mientras yo me dedicaba a lamer los culos de las botellas de champagne, él se ocupaba en lamer otros: aquéllos que aumentarían su estatus en el corral literario. Hace unos meses, acudí a la presentación de su primer poemario en una importante editorial mexicana. Aquella noche, atiborrado de tragos y desazón, con necio rostro en imbécil cara, me contenté con abordarle para solicitarle que autografiara una obra de otro autor e imploré (con voz trémula) a su editor que me publicara una antología de haikus de cuatro versos. Noté sus miradas estupefactas de efímera atención. Acabé vomitando onomatopeyas en los baños de un café al que no he vuelto desde entonces. Aunque lamentable aquello fue divertido. Sin embargo, a partir de ahora deberé de forzar cierta compostura que otorgue una apariencia respetable a la revista (apariencia, apariencia, ¡maldita apariencia!). ¿Se podrá editar una revista ignorando lo superfluo que rodea estos ambientes? No hay duda que en una atmósfera cultural saturada de propuestas, la visibilidad es una de las condiciones sin-las-cuales-no. Y sólo para eso existen los cócteles.

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entre el estupor y el desenfado

© 2008-2010 (Revista Bostezo) - Actualizado: 07/07/2012