Walter Buscarini

Divagaciones

2010 Enero 29th
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Llevo unas semanas participando en debates -sesudos y no- sobre si los blogs ya son algo desfasado que se acerca irremediablemente a su desaparición. Yo mismo soy buena prueba de ello, dejándome llevar más por la curiosidad a-lo-gran-hermano que provocan twitters y facebooks… mucho más dietéticos que el voraz blog, que exige algo más de alimentación.

Bueno, no desisto, aunque sea por los que os asomáis de vez en cuando. Os lo agradezco (ese feed-back es imprescindible). Eso sí, estoy pensando en mudarme. No he llegado a adaptarme a los lujos del wordpress, yo soy más de algo humilde como es el blogspot, a mí me ponen una “choza bien” y me pierdo. Ya estoy acicalando la nueva casita, más llevadera, en breve me traslado.

Mientras tanto aquí sigo, entre Godella y el mundo virtual. A veces me siento un poco (no sé cómo decirlo) extraño por mi comportamiento apático ante la vida pública, pero es cierto que cada vez me cuesta más interactuar. Y hay días que me acuesto con un sentimiento de congoja: no sé si estaré en el camino adecuado y de dónde saco las fuerzas para seguir interviniendo. Y esa isla, allá a lo lejos, todavía esperándome…

A mí lo que me gusta de verdad es colaborar en la construcción de bostezos, ofrecer junto a una panda de amigos una revista como divertimento reflexivo y cagarme de vez en cuando en la madre del cordero. En esto no desfallezco, me gusta la idea de que estemos haciendo crecer una revista de pensamiento en papel (algo que en los tiempos que corren, esconde un halo entre suicida, ingenuo, cómico y épico). Me gustaría colaborar desde la copa de un árbol. Pero el sendero no resulta sencillo y a veces hay que caminar hacia la dirección contraria con la esperanza de poder regresar luego por el otro lado. Pero, ¿y si fuese una trampa? ¿y si no fuese posible retroceder? Esta noche, pienso.

Clasificado como bostezo

Guerrero

2010 Enero 22nd
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Guerrero

Próximo fichaje para las fiestas Bostezo: “salgo en las noches/no quiero reproches”. Se nos han copiao la barba, by the way.

Clasificado como Daría Barbate

Rutinas

2010 Enero 20th
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Como el huevo y la gallina, me derrumbo y resucito (o resucito y me derrumbo), muevo montañas con esta fe aparentemente inquebrantable que hoy apenas me sirve más que para mantener la mente llena de pajaros de tamaño descomunal. Mientras, anhelo unas patatas fritas en algún bar de carretera.

y así, enfangao en este curro alimenticio de dudosa reputación, paso esta tarde, como si fuera la misma que la de ayer. Rutina, ¡vete a la mierda!

“La gente sólo debería dejarse conocer cuando estuviese presentable”

Clasificado como bostezo

Bostezo en Radio3

2010 Enero 19th
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¡Nos van a oír! Este lunes 25 de enero de 14 a 15 horas, la revista Bostezo estará en directo en el programa CARNE CRUDA, de Radio 3 (95.1), también se puede escuchar por internet: http://www.rtve.es/radio/radio3/

Héctor y Paco procurarán acertar a explicar qué es esto del Bostezo. ¡Nos van a oír!

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Tarifas de Mudanzas Bostezo

2010 Enero 16th
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Este martes empezamos a currar con lo de la mudanza, todavía no sé qué pasará, pero ya hemos puesto tarifa mínima. de momento Mudanzas Bostezo cobra por horas: 30 euros/hora (incluye transporte, gasolina, chófer, portes, buen trato y servicio). Máximo: 25 kilómetros a la redonda y 5 objetos (en caso de mayor kilometraje o más objetos, pueden consultar tarifas). Si conocéis de alguien ya nos decís. El dinero de la mudanza va para financiar la revista. Interesados: mudanzas@revistabostezo.com. Se agradece difusión. Abstenerse curiosos.

Clasificado como bostezo

Vaivenes reflexivos

2010 Enero 14th
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Estaba esta mañana sentado pensando en qué pasaría si me pillara un avión a Haití (me acabo de enterar que un amigo se va para allá). Luego me dio pereza, me levanté del sofá y le puse comida a Frida (la gata con la que convivo). No sé, es extraño. Ahora lloverán millones de euros, dolares, dinares, libras a un país en ruinas (con o sin terremoto) que necesita que pase una hecatombe para que le llueva ayuda supuestamente desinteresada. Un país que, por norma general, nos trae sin cuidado y que, de repente, se convertirá en unas semanas en el foco de nuestras condolencias y nuestros buenos sentimientos. Y no tengo derecho a denunciar nada: si esa gente necesita ayuda, hay que dársela, sólo que resulta preocupante que tengan que desaparecer del mapa para situarlos en el mismo.

Al mediodía me estremecía con unas declaraciones de Estebán González Pons: “hay que brindar ayuda a Haití, para que puedan recuperar no sólo sus condiciones de vida anteriores al terremoto, sino incluso para mejorar su situación anterior al terremoto”. ¡Coño, Estebán!, ¿y tiene qué pasarles una desgracia mayúscula para pensar en eso?

También lo pensaba el otro día. Tienen que tirotear un autobús de futbolistas africanos (aunque si hubiesen sido blanquitos europeos, pues ya sabemos) para suponer que en África se meten tiros a diario. El mundo no es lo que pasa, sino lo que echan por la tele.

Por cierto, ¿qué pensará Aminatu Haidar de todo esto? ¿Estará bien? ¿Ya comerá? ¿Ya le han arreglado el pasaporte? ¿Sufrirá el vengativo hostigamiento de las autoridades marroquís?

No importa. Los focos ya están en otro lado.

Os dejo con un texto de Arturo Pérez Reverte que publicó el domingo en un suplemento dominical (hacia tiempo que no disfrutaba leyéndolo, pero éste no tiene desperdicio):

“Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario Pueblo los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse.
Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto. Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.
Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá –de sirios y troyanos, oí decir el otro día–. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.
Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí –imagínense cómo se agobian éstas– y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.
Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa”.

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Pequeños apuntes para una biografía colectiva (I)

2010 Enero 8th
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Había que estar, enfrentarse a eso. ¡Qué mejor escenario para presentar el Bostezo dedicado a las fronteras mentales que una residencia psiquátrica! ¿Dónde aplicar todo lo aprendido en este ligero paseo por la locura? (Bostezo no nace con voluntad enciclopédica sino como divertimento reflexivo sobre temas que nos conmueven de alguna manera).

Nos invitaron a esa fiesta navideña en aquel centro psiquiátrico moderno, adaptado -en el fondo y en la forma- para que la locura no inflinga un castigo superior al necesario (un centro acogedor diseñado por la mente despierta de una pareja de gays biblícamente aconsejados por el mismísimo Vicente Ferrer en un viaje místico por la India). Aceptamos la invitación, como casi siempre, con voluntad positiva y entusiasmo inquebrantable. Sería una nueva tarde donde regalaríamos cuatro bostezos, venderíamos uno y nos robarían otro (y así fue, es tranquilizador acudir a los sitios sin falsas expectativas). Otra tarde donde tampoco saldríamos a hombros, alejados de los focos donde nacen las GRANDES propuestas culturales (esa manía casi vicio de caminar por los márgenes con la cabeza alta, sin quejarse y sin perder la compostura, y siempre agradecidos de estar vivos para seguir contándolo).

La nutrida familia Bostezo así lo entendió. Estuvimos casi todos. Había un plan. Paco presentaría la revista, David declamaría  en cuerpo y alma su performance, Sergio grabaría y haría las fotos, Montse maquillaría a Torrebruno, y Torrebruno (¡ay Torrebruno!) cantaría su afamado Tigres y Leones que tanto éxito obtuvo en plazas más próclives al reconocimiento social (después de esta, Torrebruno está preparado para actuar en medio de un bombardeo, en un desguace o en el Teatro Real, faltas no le tablan). Por esta vez (por una vez) Héctor -el hombre escenario- se dedicó a observar desde abajo con mirada tan atenta como turbia.

Empezó el show navideño, se sucedieron las actuaciones de los alumnos de los diferentes talleres del centro psiquiátrico. Hubo teatro, yoga, poesía, pase de diapositivas y videos. Una entrañable puesta en escena ante la aparente indiferencia de gran parte de los espectadores (como si no fuera con ellos, como si no quisieran estar ahí, como si la locura de los otros les enfrentara a las nociones de lo que entienden por su propia normalidad). Subió al estrado el padre militante de hija con enfermedad mental. Con voz envalentonada -y micro distorsionado- reclamó mayor implicación en la causa de los locos, en salir del armario, en abandonar esa resignación ante el dolor familiar y sacarlo hacia fuera con fuerza y sin temor al qué dirán. Recibió timoratos aplausos, alguien propuso ahorcarlo en el ágora pública, la mayoría no supo cómo reaccionar, algunos intentaron desaparecer en sus butacas, unos cuantos abandonaron sus asientos (más tarde, el padre militante se suscribiría a Bostezo -el único que lo hizo; seguramente empatizaría con la soledad del auto-héroe-villano-para-los-demás).

Como postre final (como elefantes en cacharrería), como apocalípsis y declive del espectáculo, la presentación del número 3 de Bostezo. Nosotros que tanto habíamos pensado en ese momento, que tanto habíamos dicho -en foros más próclives al desvarío filosófico y la paja mental- que la locura, la normalidad y el bla-bla-bla, ahí arriba en el estrado sometidos al juicio de familiares quemados, especialistas sabidos y locos inquietos. Es de agradecer que éstos al menos quisieran interactuar, mostraran una actitud juguetona ante nuestra asustadiza pose de seres socialmente normativizados inquiridos por el supremo desdén del respetable (tengo la sensación de que más de uno llegaría a casa pensando que formábamos parte de algún taller del centro psiquiátrico -el taller de las revistas-, no me extrañaría (y hasta me conmueve pensar que pudiese ser cierto). Para mayor escarnio, a Torrebruno vino con el CD estropeado, y tuvo que interpretar su Tigres y Leones a capella, sin música, sin aclamación colectiva, sin miradas cómplices más que la de los propios trastornados que en esos momentos, ya intuían que nosotros -aunque tratáramos de disimularlo, aunque no estuviésemos diagnosticados- también formábamos parte de su propia visión distorsionada de la realidad (la alimentábamos, se la sugeríamos como razón ineludible de que estaban en lo cierto: los locos siempre son los otros). Mientras los normales (asustados -o puede que hastiados-) abandonaban en masa la sala, los locos se arremolinaban ante Torrebruno, como si quisiesen abrazarlo con fiereza o machacarlo con ternura.  Ellos -los únicos que parecieron entender el divertimento reflexivo de Bostezo- agitaban con ambas manos sus globos blancos de tigres y los rojos de leones. Torrebruno -¡qué campeón!!- finalizó su actuación en una sala parecida a un banquete de bodas en Beirut después de un bombardeo israelita. Difícil de explicar. ¿Fue bien o fue mal? Fue, y esto era -y sigue siendo- lo realmente importante. Porque había que estar, enfrentarse a eso. Gracias a los que compartieron ese momento y a los que me dejaron contárselo.

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Tertulia literaria

2010 Enero 8th
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Y se pasaron la noche hablando de los fichajes de invierno del Real Valladolid y la última sensación blanca del Racing de Santander (ese chaval de la cantera cuyo nombre nadie acertó a recordar); jugaron a imaginar cómo serían los apocalípticos de la rueda (aquellos señores prístinos que advirtieron del final del humanismo por la invención de la rueda, como ahora otros lo advierten con el advenimiento de la era digital). Jugaron al monopoly sobre la ciudad real; buscaron en el facebook a un profesor boliviano a punto de palmarla (sino la palmó ya) por un cáncer de garganta (desde antes de navidad no contesta a los mensajes de sus amigos en el muro, lo cual les hizo sospechar). Y hablaron de cómo nos inventamos ante la imagen que inventamos de los demás (resultado: seres escondidos, nadie conoce a nadie). Escrutaron la definición de algún concepto como escaramuza o blandir (¿sólo se blanden las armas como si el único arciprestre fuese el de Hita y la única comisura fuera la de los labios?). Alguien, sin saber por qué (o quizás por eso) habló de la tienda de muebles que abrió su padre, de peleas por herencias y de algo más. No se quién propuso subirse al Miguelete y lanzar mil euros al viento (como forma de presentación del Bostezo dedicado a la economía).

Y luego, luego, hablaron de lo difícil que resulta renunciar a lo que los demás esperaban de ti y, peor aún, a lo que uno mismo piensa que los demás esperan de él y, ¡oh dios mío!, a lo que uno mismo esperaba de sí mismo. Cada uno habló de lo que hubiese querido ser. Resignarse no es lo mismo que aceptar. Y entonces callaron en un lánguido silencio. Al rato, alguien se lanzó un sonoro pedo. Aquello les relajó bastante. Volvieron a reir, hablar, fumar, brindar…

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Confusión

2010 Enero 7th
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Esto de las nuevas tecnologías da para equívocos juegos de palabras, creo que ya había escrito sobre que aquella frase infantil del “no te ajunto” se ha sustituido por el “no te adjunto”. Ayer me pasó algo más divertido: tengo un amigo cooperante que trabaja en el Africa subsahariana y antes de Navidad hablamos por teléfono; me dijo que venía para España a pasar las vacaciones navideñas acompañada de su novia: “La he conocido en el chat”,… ayer lo vi en Madrid, iba acompañado de Windy, una negra de sonrisa perenne, muy elegante ella,… ¿y dices que os conocistéis por el chat?, le pregunté al colega. “No, no, te dije en el Chad”, me respondió. Y, claro, que no es lo mismo.

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entre el estupor y el desenfado

© 2008-2010 (Revista Bostezo) - Actualizado: 07/07/2012