El tal Snorri
Definitivamente, mi inglés (me) causa estragos,… Paso mi último día en Islandia (¿cuánto tardaré en regresar?) interesado en la figura de Snorri Sturluson, el escritor islandés más conocido (¿alguien lo conoce?). Leo en una guía de viajes (que estaba en el guesthostel donde pasé la noche) que reside en Reykholt, una pequeña localidad de 200 habitantes allá arriba, en medio de la nada. Estoy a unos 50 kilómetros y tengo a mi daihatsu blanco esperándome en la puerta. ¿Por qué no acercarme para conocer al escritor más importante en lengua islandesa? Si vive en una localidad de 200 habitantes y se dedica a escribir, seguro que tiene tiempo de sobra (incluso para malgastarlo conmigo). Seguramente me habrá estado esperando todo este tiempo. Me desafano de una austriaca (¿por qué hay tanto austriaco aquí?) que me invita a dar una vuelta y me piro para arriba. Antes me cercioro de que no hay manchitas marrones en el mapa de Islandia (no lo olviden: son glaciares). Y allá que vamos, mi colega el daihatsu y yo.
Cuando llego me sorprende que, debajo de la Iglesia mastodóntica (dos veces el tamaño del pueblo), haya un museo a la figura del tal Snorri. Sí, claro, con tal de invocar turistas, lo que sea. Jo, Snorri, como te lo montas, con museo y todo. El pueblo, como esperaba, es tranquilo, hace un viento de la hostia, un hotel de cuatro estrellas (cerrado), un… un… nada más (bueno, un par de granjas y algunas casas). Está rodeado de montañas, en Islandia es díficil no estar rodeado de ellas (Reykholt, un no-lugar, es el lugar de partida para muchos otros lugares).
Y así que aquí vive el tal Snorri, ¿qué pensará? ¿de qué se nutrirá? ¿cómo se inspirará? ¿cómo se lo monta un escritor en un pueblo sin bares? ¿dónde beberá licor islandés? ¿cómo será su vida? y sobre todo, ¿sobre qué escribe en un ambiente tan desolador? Está bien que el ejercicio de la escritura requiera de cierta sensación de abatimiento pero, disculpenme, Reykholt es demasiado.
Abducido por tanta duda (y tanta curiosidad) entro en el Museo del Snorri, pago las 700 coronas de entrada. Me atiende en la entrada un señor que se comporta de forma extremadamente amable conmigo (soy el único visitante del museo, quizás en las últimas tres o seis semanas). Por un momento incluso pienso que igual sea él, que me encuentre enfrente del mismísimo Snorri. Me excito un poquito. Aprovecho su predisposición para la conversación:
- Excuseme, i want to talk with Snorri Sturluson, is he living here?
- Sorry?
- Snorri Sturluson (trato de remarcar las consonantes), is he living in Reykhotl? i would like to be a interview (como elefante en cacharrería) with him
- With Snorri Sturluson? ¡he is dying in 1243!…
- Cómo? Qué la palmó en 1243? (trato de mantener la compostura), so, i can´t talk with him
- I think so
Me molesta que el tipo no se parta en ojal. !A ver, tío, me acabo de hacer un viaje de Godella a Reykhotl para entrevistarme con el tal Snorri y me dices que lleva más de ocho siglos muerto! ¿No piensas partirte el culo? Su cara se mantiene tensa, sin emitir ningún gesto reseñable. Mantiene excelsa su amabilidad nórdica, seguramente obligado por mi condición de cliente que acaba de pagar 700 coronas por visitar su mierda de museo. He comprado también su pleitesía (y seguro que por unas 100.000 coronas me saca al tal Snorri de donde sea). Salgo al coche, repaso la guía de viajes y, en efecto, Snorri liveD in Reykholt. Debería dejar de leer en inglés como si todo fuese en presente. Regreso el camino andado como si nada de esto hubiese sucedido. Decido interrumpir bruscamente mis nunca iniciadas “crónicas islandesas”.
Paso la última tarde a remojo en The Blue Lagoon, un lago de aguas termales, rodeado de tierra volcánica, un lugar de naturaleza sensorial (se te mete en el gusto, en el tacto, en el olfato) convertido en referente turístico para extranjeros que visitan Islandia. Incluso la fábrica de aluminio que contamina con malos humos el paisaje volcánico le da un toque especial al lugar. Los voceros de la renta básica (dinero para todos) deberían añadir en sus peticiones que “todo ser humano tuviese derecho a pasar al menos un lunes de su vida en el interior del Blue Lagoon con la cara pringada de barro mientras contempla a macizas nórdicas chapoteando tímidamente el agua”. Eso sí, a ser posible, sin pagar los 23 euros que cuesta la entrada.

