2010 Junio 30th
Algo raro está sucediendo con el tema de las narraciones de las relaciones sexuales. Si las cuentan ellas, son mujeres liberadas (y cuanto más liberadas, más detalles y viceversa); si las contamos nosotros, somos unos cerdos salidos. Oye, pues yo os quiero contar esto (me la juego):
Hubo un tiempo en que estuve saliendo con una chica que tenía cara de actriz porno. Estuvimos poco tiempo, cinco o seis meses (aunque nos costó casi el doble dejarlo del todo, reconvertidos en irregulares amantes beodos). Nunca se lo confesé, pero me la imaginaba practicando cualquier tipo de fantasía sexual frente a la cámara, lo cual aumentaba considerablemente mi excitación cuando me acostaba con ella. Nos comprenetrábamos en la cama (mucho mejor que fuera); congeniábamos en el plano sexual, no tanto en el afectivo o en el mental (con lo cual tuvimos que dejarlo: los genitales no siempre salen ganando, menos mal, aunque por culpa de ellos tardamos bastante más de lo sanamente recomendable). Fuera de la cama, hablábamos por hablar, paseábamos por pasear, quedábamos por quedar; el sexo pasó a ser un recurso para disimular la incompatibilidad de nuestras almas. Pero en la cama, todo cambiaba: el guión de nuestras citas se repetía una y otra vez, como sucede en las pelis en las que yo te imaginaba.
Cuando amanecías (pasado el mediodía), me hablabas de emociones y sentimientos. Tenías esa doble cara: te acostabas como una perra jadeante que rogaba ser jodida; te levantabas como un blandito peluche pidiendo que te acurrucara). Pero, ni siquera con legañas, podía dejar de ver el porno en tu mirada: ese gesto de mujer fatal, esa cara de mujer deseosa y deseada, esa cara que yo veía en las pelis guarras de mi aletargada adolescencia. Te fantaseaba des-vestida de policía, de presa, de pirata, de lo que fuera y disfrutando con cada polvo, con cada lamida, con cada mamada. Mientras -agarrada a mi torso- me hablabas de futuro, de niños, de compartir casa, de cursos de bailes de salón, de un viaje a Senegal. Pero, al final de nuestra relación, nuestro único trayecto era del sofá a la cama (con excitantes paradas en el largo pasillo de tu casa, donde nos recreábamos en ridículas posturas imposibles, como esforzados actores pornográficos esperando que el director les gritara: ¡corten!). Sólo podía imaginarte en escenas porno: bragas destrozadas, tacones altos, cara desencajada, dejándose el sexo-alma en cada embestida; ofreciendo tu cuerpo a dos negros de rabo enorme o al niñato que repara el aire acondicionado; con gemidos en inglés mal doblado y música chill-out de fondo.
Estuve unos meses obsesionado con tu cara (sólo con ella, tu cuerpo se me olvidó antes). Incluso creí encontrármela en una de esas pelis: montada a caballo se te aparecía un tipo en medio de bosque, y os poniáis a follar sin preámbulos (con esa desquiciante facilidad que muestran las pelis porno para entablar relaciones sexuales, ¡con lo que cuestan en el mundo real!). Hace un par de años, un amigo me comentó que una de las chicas que posaba el mes de noviembre del calendario 2008 que tenían colgado en el baño de su taller de motocicletas le recordaba mucho a aquella chica con la estuve saliendo un tiempo. Cuando acabó el año, el colega me regaló noviembre (durante un tiempo fue recurso masturbatorio, luego se traspapelaría en alguna de mis interminables mudanzas o igual se iría a la basura junto al álbum de cromos de la Liga 87/88).
Después de varios años sin saber nada de ti, te vi el otro día; paseabas cogida de la mano con un tipo en la calle comercial de un pueblo periférico. Mirabáis un escaparate de bolsos. A pesar del tiempo (tu rostro se me presentó desdibujado: eras tú pero no lo eras), cuando focalicé mi mirada sobre la tuya, volví a adivinar esa cara. No me viste o fingiste no hacerlo. Cuando llegué a casa, volví a buscar el video de la chica montada a caballo que se encuentra, sin venir a cuento, con un hombre que paseaba por allí con ganas de follársela. Por un momento, creí ver la cara del tipo con el que te había visto cogida de la mano esa misma tarde.
Después de limpiarme con un calcetín, me entró bajón (casi siempre me pasa). Y recordé cuando me hablabas de futuro, de niños, de compartir casa, de cursos de bailes de salón, de viajes a Senegal. Pero, ¡ay!, esa cara…
2010 Junio 18th
Estimados Cerillín, Picci y amigos que me aguantáis en silencio y soportáis el mío (si es que todavía lo hacéis), qué onda! Perdonar por no escribiros antes (este blog se está tornando carta postal)
oye, pues eso, que llevo varios días perdido por carreteras secundarias. Estoy inmerso en un viaje-mudanza con la ruta Madrid (capital)-Gatova (montaña)-Valencia (ciudad)-Denia (playa)-Torrevieja (enclave ruso)-Orihuela (descampado con vistas)-Denia-Godella (periferia),… ¿y luego?
Salí hace siete días de Madrid con la misión de trasladar unos bultos hasta Torrevieja, con desvío hacia Gatova (tenía un compromiso insoslayable: el cumple de una buena amiga). Me acompañaba el señor Daniel Martín, el cliente que había contratado los servicios de Bostezo para la mudanza Madrid-Torrevieja, y que quiso subirse en la furgona para conocer de primera mano lo que implica una Mudanza Tour. En Gátova nos quedamos dos días en el chalet amablemente cedido por la cumpleañera. Luego bajamos dos jornadas a Valencia para unos trámites burocráticos tan grisáceos como el gesto de la señorita que trataba de resolvérmelos; a mi paso por Valencia, en el anonimato de una gasolinera poco dada al lirismo y la cara amable de una madre que añadía algo de esperanza al estupor subyaciente en esta zona donde la ciudad del Turia (río sin agua) se desdibuja por completo, ya no sabes si estás en un parque temático del horror urbanístico o en un asentamiento humano (y encima llovía), recogí un paquetito de forma ovalada para llevárselo a una amiga que vive en Denia; ya en Denia (donde estuvimos otros dos días en un acogedor apartamento), mi amiga y las suyas me pidieron que, ya que iba para Torrevieja, si podía comprarles leña (la quieren usar para la fogata del día de San Juan) y traerla de vuelta a Denia camino a Valencia. Casualmente, ya en Torrevieja (donde pernocté la última noche, en casa de los padres del cliente), una vez vaciada la furgona de trastos que traía desde Madrid, resulta que una restauradora que trabaja en Orihuela quería traerse a Valencia unas virgencitas del siglo XVII que está restaurando. Así que los cargué junto a la leña que tenía que transportar hasta Denia, con sumo cuidado: procurando que las aristas de los troncos no dañaran las virgencitas.
En el camino: emperador en Gátova (pueblo sin prensa), almuerzo en Olocau (donde unas señoras nos confundieron por vendedores ambulantes del Corte Inglés), paella en Sueca, farmacia en Oliva para comprar Ibopruceno que destrozará mi estómago, paradita en un bar de carretera para ver la segunda parte del excitante Nigeria-Grecia, merienda en casa de amables octogenarios (por lo general, ex guardias civiles extremeños en el País Vasco y sus futuras viudas viviendo un merecido y endolorido descanso en la abigarrada costa alicantina)… bares de empresarias chinas; gambas rojas (el plato típico de Denia se pesca en Argelia); seleccionadores nacionales ensayando corners contra Honduras (”lo mejor es que Capdevila se quede fuera del área”) con sus traseros aposentados sobre mediterráneos taburetes de tabernas andaluzas; poetas colombianos que, después de pedirte tu último cigarro, encima te venden a precio de best-seller sus descatalogados épicos poemarios publicados por desaparecidas editoriales onubenses; mujeres aburridas de sus inacabables relaciones conyúgales desatascando por una noche sus oxidados dotes de seducción,… y, para más inri (ay! las virgencitas) el mundo virtual que entra como una ventolera por el interné: en plena mudanza, una amiga con cara de mapa de país eslavo me pide que le envíe urgentemente (y en inglés) unas improvisadas sentences sobre la muerte para incluirlas en su tesis sobre la cuestión que debe presentar en la facultad de Bellas Artes de Vilnus. Las incluyo aquí como testimonio (no me tengan en cuenta la ausencia de puntos en las íes: están escritas en un ordenador con sotware turco en un cyber-café que encontré en el barrio pesquero de Denia, propiedad de un otomano moderno que, mientras trataba de acabar con un mosquito, me juraba con vehemencia (sin que yo le preguntara) que jamás había matado a nadie; le dije que le creía, por si acaso):
{Ahora que las releo parecen extraídas de una carpeta adolescente de un estudiante gótico con instintos suicidas de Bristol o Seefeld (¿existe Seefeld o me lo estoy inventando?)]
- The death ıs lıke revolutıon: freedom and equalıty
- Dont worry about lıfe, you wont can escape alıve of that
- The lıfe ıs a parenthesıs between two deaths
- The lıfe ıs a hoolıdays of death (or the death ıs a hoolıdays of lıve?)
- Everybody ıs dıe, lıfe ıs a short tıme after death meanwhıle we are waıtıng for the next one
- They are few people as us and they are death
- Cowards dıe before tıme… brave ones dıed before yesterday
Me quedó pendiente acercarme a Murcia a recoger un sofá que una amiga me había pedido que, si pasaba por allí, le comprara en el IKEA, y de allí me hubiera ido a Almería a recoger cualquier cosa para llevarla a Málaga o cercanías. De momento, regresaré a casa (me duelen los dientes). Pero os lo digo en serio: estoy pensando en convertir mi vida en una eterna mudanza. ¿Alguien tiene que ir a Bilbao a comprar chistorra o a Grozni a recoger unos kalavnikovs?