Walter Buscarini

Blog en ruina

2012 Febrero 16th
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¡Qué sensación tan rara entrar en este blog, mi antigua casa digital! La sensación es parecida a la de visitar un departamento en ruinas tras el paso de un terremoto (en Tegucigalpa).

Bueno, que no sé qué hago aquí. Ya no escribo, he sido absorvido por ese modelo de vida “haztelo tú mismo”, me gestiono pero hay un exceso de burocracia. Me sobran albaranes y consulados. Eso sí, sigo escogiendo el lugar donde quiero estar, con quién y mi calendario. Y eso me convierte en un privilegiado.

Y mientras tanto, van pasando cosas… os dejo con este diario atropellado y me salgo de aquí, no sea que se me caiga un plugin en la cabeza.

VAN PASANDO COSAS

(Diario atropellado del 6 de diciembre del 2011 al 29 de enero del 2012)

Los Reyes Magos desembarcan en Ametla de Mar. A esa misma hora un músico kabyle puntea su guitarra en una plaza parisina, mientras Héctor destapa su tarro de las esencias en un museo tarraconense sobrepasado de postmodernidad y abatimiento, donde un soldado español de ascendencia persa y acento catalán se creerá homenajeado (la otredad, según el otro) en un proyecto que critica la privatización de la guerra al servicio del nefando capital. A esa hora digo, en ese mismo instante, Olga me regala un beso justo cuando el Levante recibe el tercer gol en la portería de la grada sur de San Mamés. Mientras, Montse regresa a su casa caminando tranquilamente por la Cité Univeristarie, pasando justo ahora frente a la Casa de México, donde llueve, chispea más bien, como en la plaza de Unamuno (esa que nos lleva arriba en 270 escalones o 45 céntimos de ascensor, donde nuestros amigos vasco-clown-salvadoreños). Chispeaba también en Donosti, en el estrecho balcón de la pensión Larrea, en el casco viejo, a doscientos metros de La Concha, fiesta de dj´s en el Bukowsky, cánticos etílicos en el Bar Egia, recuerdos de partidas de pelota eusko-valenciana en pasos subterráneos de estaciones ferroviarias. Llamada furtiva a mi casa en la Egia kalea (con la emoción de ser yo mismo el que la abriera), siete años hace ya de aquello (y el camarero del bar de enfrente ha permanecido allí todo este tiempo), cuando buscaba un lugar en el mundo (Orendain, Zarautz, carnavales de Soria, San Froilán, Logroño), o al menos eso creía entonces. Ahora ya sé que no.

Compro el cuarto número de Panenka en Dadá, repongo Bostezos en Futurama, hoy tampoco pasaré por el Slaughter, placentero solaz en la casa-nido en Russafa, todavía nos dará tiempo a pasarnos por el Instituto Cervantes de París donde una bibliotecaria alérgica al papel nos recomendará que nos dejemos de quijotadas y subamos Bostezo al e-pod, que eso de las publicaciones analógicas ya son reminiscencias del pasado o al menos objetos exóticos predestinados a ser enviados a vertederos culturales de lugares menos civilizados. Lo que me recuerda la exposición de la invención de lo salvaje (o lo salvaje de la invención), la mirada autocomplaciente del uno disculpándose con el otro por haberlo representado a lo largo de la historia sucio, mala bestia de carga o malos modales sin refinarse con las sanas costumbres occidentales. Y pasa todo eso, y el reencuentro con Kike en La Paciencia, precisamente donde cada uno perdemos la nuestra, en la Rambla del Raval, y nos hacemos la última en La Penúltima, un bar gay que cierra por dentro. Subo la calle, llueve, me pierdo, fumo opio en la casa de un colega pelirrojo cerca de la madrileña puerta de Toledo, esa noche acabo comprando el periódico a las siete de la mañana con elegante pose, la misma que pondría el que madruga. Y avanzo con Olga (presente en todo el proceso, sus caricias, sus ausencias, sus afectos), y cogemos ese avión rumbo a Bilbao, y todavía me dará tiempo a merendar con Andrés para rediseñar Bostezo (el séptimo será de otra forma) y a desayunar con Marieta en la cafetería que hay frente a mi casa (al otro lado donde un puñado de hindús juegan a criquet los domingos) y cenar con mis padres, ese domingo de invierno y tazitas de eucalipto. En medio de tan innecesaria vorágine, todavía recuerdo en preguntarle a Inés por el título de aquellos libros en francés, que me trasladan a la imagen de los ensayos con el Jipi, días antes de suplantarnos en la Casa Encendida (qué papelón, fingir que él también estuvo allí, en Galicia este verano, mientras yo dormía la siesta en el hotel que hay frente a la estación de Atocha). Y el AVE que me lleva a Madrid y el avión que me devuelve de París y el autobús que nos saca de Donosti (cargados de Bostezos devueltos), y la exposición de Antonio López (esas figuras que saltan del cuadro, esos espacios abiertos intensos) y ese parque, y el proyecto de las estatuas (la del menhir gallego, la del torero valenciano, el bienhechor bilbaíno, la cabina donostiarra en el barrio de Gros, frente a la playa) y la mala racha del Racing Bostezo (cinco derrotas en este tiempo) y el desayuno con viandantes en un refugio republicano, y el barça-madrid y el madrid-barça y los libros, que no nos falten los libros, esa lectura engullida apenas tastada: manifiesto contrasexual de Beatriz Preciado, por el culo (políticas anales), las sonatas de Vake Inclán, la Nausea de Camús, ciudades con forma de vagina y representación de falos en la imagen pictórica de Jesucristo y presentación de Artista a la deriva (31 ejemplares) y el prólogo de Pasto Verde, la novela de Parmenides, y la Hinteligencia Militar (Tona, buenas noticias desde México), y una cervecita con Inma –la suscriptora que vino del frío- en esa cafetería que hace esquina, y con la maquetadora francesa del libro psicogeográfico en ese bar de rockero argentino que siempre estuvo allí, frente al Candela, y la casa donde Madrid se Vacía con Antonio y la Paloma (aquel cuadro homenaje a la televisión, aquellos mensajes entusiastas en poziks para desatascar la desazón que producen las legañas), y en Torrevieja –ciudad violenta- con Dani en aquel bar que es un pasillo, viendo fútbol sin parar en un bar con africanos merengues y un imbécil de Pamplona. Y la barra de CATACUMBA y la Nochevieja fracasada y esas pelis de vampiros o de Otto (el zombie alemán), y aquellos llantos sordos por la muerte de un padre y la casa del Rulo (todavía deben estar allí dentro celebrando el año nuevo), y Salami Gourmet y su menú con sabor mexicano y con Héctor en La Mutante, presentando el sexto Bostezo, y con Sergio en la segunda planta de la Torre Eiffel, y con Paqui esquivando fealdad en la provinciana plaza de San Blas, y con David en La Caverna (el futuro peatón tiene cuerpo de mujer y cara de torturador) y Ana Elena con Gilberto al piano (estupendos ambos) e implorando el visado a una burócrata con aspecto humanoide en el consulado de Ecuador. Y Ricardo Calvo, aquel señor de Alcoi que dejó inacabada su enciclopedia de ajedrez y la Gatazka, esa librería del Botxo que cierra ante nuestras narices un lunes de enero después de permanecer abierta un cuarto de siglo. A nuestro paso vamos preveyendo la hecatombe: bibliotecas sin libros, libreros apáticos, distribuidoras que devuelven albaranes enteros, revistas sin subvenciones, el barco se hunde, pero seguimos a flote, remando hacia algún lugar que se pierde en nuestra entusiasta desidia. Todo esto va pasando mientras sueño con ese día, no muy tarde, quizás mañana, en el que grite: ¡corten, corten! Diré que no a todo, tiraré el móvil al mar y observaré, en la barra de un bar, con las prisas del vago, las urgencias póstumas, esas que pueden esperar. Mientras tanto, van pasando cosas. En esas seguimos, aunque febrero, espero, se presenta más pausado. De momento, me he dado de baja del facebook. Para buscar novedades, como antes, al otro lado de esta pantalla que aprisiona mi mirada demasiado tiempo. Mis rejas, ahora, se miden en bytes o cómo le quieran llamar a esa cosa. Pero la vida, como siempre, sigue allí fuera. Para el que quiera jugar con ella…

Clasificado como bostezo
entre el estupor y el desenfado

© 2008-2010 (Revista Bostezo) - Actualizado: 07/07/2012